El número uno es un impulso hecho ciclista
Joaquim Rodríguez acabará su mejor año al frente del ranking de la UCI
bilbao. Es julio de 2009. El Tour corre por Andorra atenazado. Los Pirineos avergüenzan a Goddet y soliviantan a Desgrange. Se estremecen los viejos creadores en sus sepulcros. ¿Es que no hay montañas? ¿Es que no hay escaladores? Está el Tourmalet, símbolo entre los símbolos de la épica ciclista, pero la organización lo ha humillado aislándolo a decenas de kilómetros de llano de la meta; está Contador, el chico alado, pero éste vive bajo el yugo censor de Armstrong. ¿Y Sastre, el defensor del trono? Corre cansado, hastiado, triste. ¿Y Andy Schleck? Ese sí, surgirá, pero aún es joven. ¿Nadie más? No. O casi. Cuando cae el día en el que el Tour trepa lánguido y desesperante hasta Arcalís, en un hotel de Andorra están Andrei Tchmil -manager del Katusha, moldavo, ruso, belga, quién sabe, magno ex ciclista en todo caso, emperador de Roubaix, Flandes, San Remo y Tours en los 90- y Dimitri Konyshev, cazador certero en la misma década y director del equipo ruso ahora. Esperan a Joaquim Rodríguez, el gregario de Valverde, 30 años, nueve de profesional en los que nunca, ese año tampoco, ha pisado el Tour. Quizás porque para Purito, pequeño, 1,69, y liviano, 58 kilos, explosivo, un impulso hecho ciclista, la fama de rompemuros, el kilómetro de oro, el Tour parece algo inabarcable. No es un ciclista de aliento largo, dicen. No es un fondista, teorizan. Le falta motor, alegan. Tchmil y Konyshev piensan de otra manera. Tienen planes extraordinarios para el catalán. Se los cuentan.
"Cuando me dijeron lo que tenían pensado, me asustaron", reconoce Joaquim Rodríguez, que más de un año después de aquel encuentro en Andorra está a punto de cerrar la más sobresaliente de sus temporadas como profesional -una etapa y octavo en el Tour; etapa y cuarto en la Vuelta; etapa y cuarto en la Vuelta al País Vasco; la general de la Volta a Catalunya y el G.P. Indurain- como número uno del mundo. Lidera el ranking de la UCI con la ventaja suficiente sobre Contador, que hace tiempo que ha echado la persiana al año, y Luis León Sánchez, demasiado alejado aunque con posibilidades matemáticas de desbancarle, como para saberse vencedor -"la victoria más importante de mi vida", la califica- pese a renunciar al Mundial de Australia y tomarse con calma su caminar hacia el descanso otoñal que llegará tras el Giro de Lombardía.
La clave de la catarsis es aquella tarde andorrana. Tchmil y Konyshev le contaron a Purito, simplemente, lo que necesitaba escuchar. "Fue quizás el impulso que me hacía falta para despegar. Me dijeron claramente: "Vales para esto, éste es tu sitio; en este terreno eres matador". Quizás fueron ellos los únicos que se dieron cuenta de hasta dónde podía llegar", reflexiona el ciclista catalán, quien, sin embargo, repele con resquemor la teoría de un Big Bang que catapultase su carrera como si ello supusiese un menosprecio a su trayectoria. "No hay cambio. Soy el mismo. He trabajado igual. Ni siquiera creo que haya andado muchísimo más que otros años", espeta mientras enumera los logros, el Tour y la Vuelta, y alaba una regularidad que no es nueva. "Siempre lo he sido. Siempre fui regular y fondista. ¿Qué pasó? La clave es la libertad. Así es más fácil ganar y es más fácil fallar. Arriesgar es vital. Esa valentía me ha dado más victorias. Pero otros años también he ganado. Y he sido gregario y he acabado octavo en una Vuelta, por ejemplo. No soy una sorpresa. No, al menos para mí y el que haya seguido un poco mi carrera", traza. Y se rebela cuando escucha el estigma que persigue a los ciclistas pequeños, los escaladores de bolsillo que recuerdan a Jean Robic, su rostro de gárgola, 1,61 de altura, el coraje por motor, y por motor... "nada que sea la leche, pero algo bueno tendré para ser el número uno". "Yo nunca dudé de que tuviese motor. Jamás me lo cuestioné. Desde que estaba en el Iberdrola -de aficionado corrió en Euskadi- supe que valía para esto".
Sucede que la biografía ciclista de Purito siempre estuvo a la sombra de alguna figura. Beloki y Galdeano en la Once; Valverde en el Caisse d"Epargne. "Pero tenía que ser así, y quizás porque ha sido de esta forma he llegado ahora hasta aquí. Quiero decir que no me arrepiento de no haber buscado antes algo de libertad porque aquello me sirvió. Aprendí mucho a la sombra". De Valverde, por ejemplo, absorbió la frialdad, la comprensión definitiva de que el ciclismo es un deporte apasionado que se corre con la cabeza y no con el corazón. "Con Alejandro aprendí de las derrotas precipitadas". El resto, el instinto rematador, ya lo tenía. "Vivo el momento. Soy culo de mal asiento. Soy inquieto. Soy nervioso. Soy explosivo. Soy impulsivo. Y, sobre todo, corro como soy". Un impulso hecho ciclista.