bilbao. En 1998 partió de Australia la opinión, no contrastable, claro, de que las nadadoras chinas, que habían irrumpido en la natación provocando un maremoto similar al que generaron recientemente los bañadores modernos, habían dejado de lado los esteroides anabolizantes, sustancia relativamente fácil de detectar, para usar algo mucho más poderoso e invisible a los controles. A la hormona de crecimiento, afiliada a la lista de productos dopantes desde 1989, se la conocía entonces como la "droga de los campeones", básicamente, por su elevado coste en el mercado que la hacía sólo accesible a los deportistas más laureados, los más pudientes. En 1998 se miraban con sospecha las mandíbulas prominentes, uno de los efectos secundarios del abuso de la HGH (sus siglas en inglés, Human Growth Hormone). En julio de 1998, durante el Tour de Francia, la Policía Francesa registraba en la frontera belga el coche de Willy Boet, médico del Festina, y hallaba, entre otras cosas, la dichosa hormona. Pero no fue hasta el pasado viernes, 12 años después, 21 desde su prohibición, cuando por primera vez un deportista fue advertido de que había dado positivo por una sustancia cuyo método de detección traía de cabeza a la comunidad científica. El primero en caer es el jugador de rugby inglés Terry Newton, que ni siquiera ha solicitado el análisis de la muestra B, cazado en un control sorpresa realizado el pasado 24 de noviembre.

El muro de la hormona de crecimiento lo ha derribado un nuevo método que han desarrollado los científicos alemanes Christian Strasburger y Martin Birglinmayer en colaboración con la AMA y un grupo de expertos entre los que se encuentra Ricardo Gutiérrez, doctor del Laboratorio de Barcelona, el centro donde se han verificado a fondo la especifidad de los anticuerpos que se utilizan en el proceso de detección. El método, que lleva meses activo en varios laboratorios homologados por la AMA, entre ellos los de Barcelona y Madrid, es de una fiabilidad inapelable, pero su verdadero inconveniente reside en que la ventana de tiempo en la cual se puede detectar la hormona es reducida: de apenas unas 36 horas después de la administración. Lo cual quiere decir que si la muestra de sangre no se obtiene en este periodo, la detección se hace imposible. La recogida por sorpresa de las muestras, como en el caso de Newton, resulta, por tanto, esencial para desenmascarar a los deportistas que recurren a la HGH para mejorar su rendimiento -su gran atractivo es su efecto anabólico, ya que es capaz de reducir el peso corporal del atleta manteniendo su masa muscular y haciendo más eficaz el trabajo físico-.

El jugador de rugby inglés es el primero de una relación de atletas que aún no ha sido desvelada, como aseguró ayer Eduardo de Rose, médico brasileño e integrante de la Comisión Médica del COI. "Hay más casos además del rugbier. Tenemos otros positivos detectados", advirtió De Rose, quien negó, sin embargo, que ninguno de ellos correspondiese a alguno de los deportistas que participan en los Juegos de Vancouver. Advierte, sin embargo, la AMA, de boca de David Howman, su director general, que el código antidopaje "posibilita abrir una investigación contra atletas por dopaje hasta ocho años después. Estamos congelando las muetras tomadas por ocho años. Si hay nuevos métodos de análisis se volverá a examinarlas". El cerco al dopaje, se estrecha.