Judith Jáuregui está considerada una de las pianistas màs reconocidas de nuestro tiempo. La intérprete donostiarra regresa a Musika-Música, donde tiene una doble cita eta edición: este 7 de marzo con la BOS y el domingo, 8 de marzo,, en un recital con entradas ya agotadas en el que interpretará obras de Chopin, Grieg y Debussy.
Ha definido ‘Musika-Música’ como el festival de su vida.
Debuté en él en 2008, fueron los primeros que creyeron en mí. Estaba recién aterrizada de Alemania para emprender mi carrera en el Estado, y aquí tuve mi primera oportunidad profesional, por eso es tan importante para mí este festival. Tenía 22 años.
Desde entonces, hasta ahora ha habido solo tres ediciones en las que no ha participado.
Hago todo lo posible por venir, pero ha habido tres años en los que no he podido. Uno, porque el repertorio era de música antigua y no me encajaba y las dos últimas, en 2024 y en 2025, porque acababa de dar a luz, tuve a mis dos hijos seguidos. Había planeado venir pero tuve que anularlo. Este año, los niños se han quedado en Madrid con mi marido y estoy en el festival. Es cuestión de organización, toqué hasta casi dar a luz y 8 semanas después ya estaba en el auditorio nacional. He intentado cancelar lo mínimo, evidentemente los dos primeros meses de los bebés quería estar con ellos y coincidió con Musika-Música.
¿Recuerda qué tocó en su primer concierto en el festival?
No se me olvidará en la vida. Acababa de llegar de Alemania y a las poquitas semanas me llamó Jordi Roch, que en ese momento fue una persona fundamental para mis inicios. Era el presidente de Juventudes Musicales de España; acaba de fallecer muy recientemente. Y durante varios años él me presentó en muchos festivales, pero el primero para el que me llamó fue para el de Bilbao. Recuerdo que interpreté Wanderer-Fantasie, de Schubert, que además no había tocado nunca, es una obra dificilísima, de las más complicadas para piano. De hecho, Schubert dijo que solo el diablo podría tocarla. Desde entonces, no he tenido ninguna relación con ninguna otra entidad tan estrecha. Aquí me reencuentro con todo lo que he vivido en los últimos 18 años, porque desde aquel primer concierto todo empezó a suceder, fui encadenando proyectos y me he podido dedicar a la música y hacer de esto mi vida. Me ha pasado de todo, es decir, aquí he tenido momentos de plenitud, de caídas, me he vuelto a levantar, he preparado para este festival repertorio que nunca había tocado... ha sido retador, muy enriquecedor.
Es un festival único para los espectadores, pero por lo que comenta también para los intérpretes.
Sí, también es importante para nosotros el modo de convivencia con el público. Es único en este sentido, es decir, que público y artistas convivimos en los mismos espacios. Hay un festival también de puertas para dentro, en el backstage, en los camerinos, ascensores, ensayos... Es un entramado enorme y bastante complejo que, al final, funciona. Este año somos 1.700 intérpretes que convivimos entre nosotros, con el público... Nos encontramos en los foyers, en la cafetería, yendo a un concierto de otros compañeros.. Esa es esa unión tan natural, tan espontánea que consigue que la música respire también de otra forma, que es la forma natural de la música, porque en ningún momento está alejada de la gente. Son emociones profundas, el reflejo de la vida; entonces, todos somos uno.
¿Algo está cambiando en la forma de acercarnos a la música clásica?
Creo que está evolucionando, que hay una manera de comunicar la música ahora también mucho más cercana, se ha quitado un poco esa distancia con el público, pero sigue habiendo unos protocolos a veces muy estrictos. No hablo de protocolo en cuanto al silencio, que es absolutamente necesario para que la música pueda existir; dentro de la sala tiene que haber silencio, pero hay veces que está todo tan estructurado que la gente no se atreve a acercarse al artista. Muchas veces me encuentro de viaje, termino el concierto y pienso que después de todo lo que hemos compartido, estoy sola. No viene nadie a verme. Y a mí me encanta cuando alguien viene, cuando estudiantes o espectadores se acercan y compartimos. Y hablamos de las obras, del compositor... Durante el concierto debe existir el silencio. Hay gente que le gusta hablar, que le gusta comentar, que le gusta hacer un concierto comentado. A mí me gusta que las emociones fluyan por sí solas y permitir que la gente vaya donde quiera, no guiarla desde un inicio.
Este año va a interpretar en Bilbao obras de Chopin, Grieg y Debussy. ¿Ha elegido usted el programa?
Para el concierto con la BOS propuse alguna obra y, como al final es un programa de celebración del 25 aniversario, propuse para mi recital las que me parecían apropiadas para ello. Además me pidieron que si podía incluir Claro de Luna, de Debussy, y lo hice con muchísimo gusto porque está en mi vida desde niña y a mis niños les he cantado Claro de Luna para dormir muchísimas veces, pero nunca la había tocado.
Las entradas para sus recitales son las primeras que se agotan.
¡Qué ilusión! El cariño es mutuo con el público de Musika-Música.
Empezó a tocar el violín con 4 años. ¿Cuándo decidió que el piano iba a ser su compañero de vida?
Mis padres siempre quisieron que tuviéramos una educación espiritual, emocional y cultural, además de la del colegio. Y mis hermanas tocaban el piano, pero yo, aparentemente, lloraba con el sonido del violín, así que mi madre pensó: bueno, a esta niña lo que le emociona muchísimo es el violín. Entonces empecé con el violín, pero tuve una profesora que me decía que si tocaba mal, me iba a cortar los dedos de las manos. Fue bastante esclarecedor. Hay vídeos en mi casa tocando y llorando, así que tiré el violín literalmente por las escaleras. El piano siempre estuvo ahí y tuve la enorme suerte de tener unos primeros profesores estupendos. A los 8 años comencé con Laurentino Gómez, siempre lo digo, pero si estoy aquí es gracias a él. Teníamos un grupo precioso de niños que íbamos tocando por la ciudad, por diferentes pueblos, veníamos a Bilbao también, algunos de esos niños son todavía amigos míos muy cercanos. A los 14 años, fue todo muy rápido, terminé la carrera con 17 años. Después de Laurentino me fui con Cristina Navajas, que también es fundamental en mi vida. Asistí a cursos con profesores que estaban en Estados Unidos, en Alemania.., conocí a músicos más o menos de mi edad y decidí que me quería dedicar a la música.
¿En qué momento se encuentra?
Estoy viviendo un buen momento en el que me siento a gusto, pero tengo la certeza de que voy a seguir creciendo, Tengo muchos retos profesionales, además de repertorios que voy a hacer nuevos, quiero seguir creciendo en el sonido. Hay todavía autores a los que quiero acercarme más como el mundo barroco. Tengo ganas de refrescarme con Mozart porque hace tiempo que no lo toco. Nuestra vida no es sólo el escenario, que también, es un momento muy fugaz y por ello también mágico. Pero la vida real de un músico ocurre en su estudio y yo lo disfruto mucho.