Barcelona - Hace años que Bruce Springsteen no edita un disco nuevo a la altura de su leyenda, pero el rockero, en forma a sus 66 años, se redime casi siempre sobre el escenario. Lo hizo el sábado, en un maratoniano concierto que ofreció en el Camp Nou, en el arranque del tramo europeo de The River Tour 2016, que mañana recalará en el estadio de Anoeta, en Donostia, con entradas todavía a la venta. Con buena voz, una entrega absoluta y apoyado en una banda rejuvenecida y conectada, volvió a ser El Jefe durante tres horas y media en las que intercaló sus éxitos con un maravilloso repaso (baladas incluidas) del disco que grabó hace 35 años.

La excusa de la nueva gira es el 35 aniversario de The river, uno de los discos claves de la historia del rock, que celebró el año pasado con el lanzamiento de una caja con inéditos, directos y documentales. Un disco que, tal y como presentaba en los conciertos estadounidenses, donde lo interpretó íntegro y en orden, fue “un despertar a la vida con lágrimas, risas e historias de amor y fiesta”. De todo ello hubo (y habrá en Donostia) en el Camp Nou, ante unas 65.000 personas, en una Barcelona que celebraba en sus calles la consecución de la Liga BBVA y dentro del estadio, el triunfo del rock y de la idea de comunidad.

Springsteen volvió a convertir en cercano, festivo y altamente emotivo otra nueva sesión de rock de estadio, difuminando distancias y barreras a base de toneladas de entrega e intensidad a sus 66 años. Ya no se sube al piano o a los bafles, pero no ahorra una gota de sudor, se pasea y corre entre el público, mantiene una voz encomiable y es capaz de aguantar más de tres horas y media de concierto sin apenas jadeos. Fue tensar el bíceps, arañar su guitarra y escupir la rabia vocal del mítico Badlands (no sonó Meet me in the city, habitual inicio en USA), para apabullar a 65.000 fans.

Sin alarde escenográfico alguno (lo importante son él y sus canciones), con un bien utilizado juego de luces, dominador de un escenario amplio y limpio presidido por una bandera catalana y otra estadounidense, y con un sonido poderoso aunque con acoples, encadenó otro tema ganador e icónico, No surrender, y lo enlazó con My love will no let you down. Con Max Weimberg propulsando al grupo, Bruce estampó 15 minutos de rock directo, eléctrico y sudoroso que parecía un bis en lugar de un arranque.

Tras saludar en catalán, zambulló sus pies en The river (tocó una docena de sus 20 canciones) con otra sesión de rock vertiginoso, jovial y festivo que incluyó The ties that bind, Sherry Darling, Jackson Cage y Two hearts. Así, intercalados y a bocajarro ¿Alguien duda que dos corazones son mejor que uno? Pues imaginen 65.000 bombeando al unísono y celebrando la comunidad del rock´n´roll, con el profesor Roy Bittan saliéndose al piano, Steve Van Zandt estelar a los coros y el papel protagonista de Jake Clemons (cada vez se acerca más a su tío Clarence). 33 minutos incuestionables.

La petición de un fan en un cartel del rockabilly I´m going down nos hurtó disfrutar de Independence day, que podría sonar en Donostia mañana, pero la fiesta con The river como motivo siguió con Hungry heart (la primera estrofa fue para el público y Bruce se dio un baño de masas fundiéndose con él) y Out in the street, con el rockero cantando “entre la multitud me siento en casa” y sus músicos haciendo piña en los coros.

momento especial Ya eran 45 los minutos inolvidables y se impuso un descanso. Maracas en mano y tras dar la enhorabuena al Barça por el título, Bruce fundió la inédita Here she comes con I wanna marry you como anticipo a The river, con la introducción de armónica original, un mar de móviles en la grada y otro de brazos oscilantes en pista. La emoción llegó a aumentar con la inhabitual Point blank, una balada intensa y dramática que se unió después a The price you pay (dulzura country eléctrica) y, sobre todo, a Drive all night para crear el triángulo especial de la noche.

Mojándose en The river y secándose con el folk eléctrico de Atlantic City, llegó la celebración festiva de la velada con Glory days, I wanna be with you (pedida por otro cartel) y la circense Ramrod, con la banda contoneando el trasero ante los fans. Inteligente, solo cantó dos temas (las sinfónicas y olvidables Lonesome day y The rising) del siglo XXI y convirtió el Camp Nou en la tierra prometida con las aceradas Prove it all night y The promised land. Bittan hacia saltar fuego de su piano (como Jerry L. Lewis) y los solos furiosos se sucedían, con Nils Lofgren a la cabeza, tocando y dando vueltas sobre sí mismo, en Because the night.

La recta final resultó apoteósica, saltando de la dulzura de Brilliant disguise (con Patti y él compartiendo micrófono) a los tributos a Prince en Purple rain, con el escenario bañado en color púrpura y los móviles inundando la grada, y a los colegas fallecidos cuando sonó Tenth Avenue freeze-out, con imágenes emotivas de Clarence Clemons y Danny Federici en las pantallas. Entre ambos, Born in the USA, con Bruce medio asfixiado ya y puño en alto, Thunder road, el obligado Born to run?

Con el estadio a plena luz, mirándose todos a los ojos y estableciendo una comunión musical y emocional absoluta, Bruce y su banda (segunda familia, segunda piel) se fueron con una sesión de baile con Dancing in the dark, esa oda a la amistad que es Bobby Jean y sus versiones de Shout y Twist and shout. Jugando con el reloj gritó “soy un prisionero del rock´n´roll”. Resultó imparable, redimido sobre la tarima del escenario tras zambullirse en sus clásicos, que, empiezan a ser ya, los de todos.