VICENTE Ameztoy ha regresado a un lugar muy familiar, la sala Ganbara del Koldo Mitxelena de Donostia (KM), que hasta el 23 de marzo acogerá la exposición Etxe-Ondotik. La muestra ya ha pasado por Villabona, localidad en la que el donostiarra vivió desde los años 70 hasta su muerte en 2001, pero ahora incluye tres piezas nuevas. El conjunto permite deleitarse con la singular obra de uno de los creadores más deslumbrantes del siglo XX, por su esencia surrealista, por su satírico humor y también por el compromiso político y social.

Su viuda, Virginia López Montenegro, y Virginia Ameztoy, hija de ambos, presentaron la exposición junto a la diputada de Cultura, Ikerne Badiola, que destacó el fuerte "vínculo" que unió al artista con la Diputación, especialmente con Arteleku y la Ganbara. Montenegro recordó que su marido expuso allí varias veces, en algunas muestras colectivas como el homenaje a Barandiaran, y también cuando enseñó sus pinturas para la ermita de Remelluri en el año 2000. "Se sentía muy querido en el Koldo Mitxelena y siempre le dejaban un espacio para terminar las obras porque hasta dos horas antes de inaugurar seguía retocándolas", afirmó su esposa, "emocionada" por regresar a la sala con una exposición "muy íntima" de obras inéditas y objetos personales que guardaban en casa.

El título de la muestra alude a su casa de Villabona, Etxe-Ondo, en la que alumbró muchas de las obras expuestas. Ameztoy consideraba aquel lugar como su "hábitat". "Gran parte de mi discurso artístico está condicionado por este lugar unas veces mágico, otras maldito, pero siempre amado", escribió.

Desde el pasado jueves, la Ganbara presenta medio centenar de piezas procedentes de colecciones particulares y de la familia Ameztoy, salvo los óleos aportados por la Diputación. Las obras abarcan 30 años (de 1976 a 2000) y proponen, según indicó Virginia Ameztoy, "un repaso a las diferentes disciplinas artísticas" que cultivó: hay obras sobre papel en técnicas como litografía, serigrafía, acuarela, sanguina, pastel o témpera; y pequeñas cajas escultóricas en las que habitan todo tipo de personajes -destaca una con una sirenita que fue en realidad un juguete erótico-. También hay abundante obra gráfica y carteles, como los que diseñó para el Zinemaldia de 1991, para un homenaje a Gabriel Celaya, para el 150º aniversario de Goethe y para la Quincena Musical del 2000, el último trabajo que realizó de ese tipo.

Las tres obras que no se mostraron en Villabona son un gran óleo con uno de sus habituales personajes surrealistas creado a partir de motivos vegetales, un cartel original del Maiatza Dantzan de 1988 y la caja Ostias XXL de hachís (1977), que contiene dos grandes obleas de costo con motivos religiosos grabados. Además, en la planta baja del KM, antes de subir a la sala de exposiciones, el irreverente cuadro Inri-tridi muestra la imagen de un Cristo tridimensional que recibe al visitante a modo de "homenaje a Luis Buñuel".

Ateo confeso, Ameztoy abordaba los temas religiosos con una mezcla de provocación y humor, una constante en su obra junto a ese surrealismo edificado a partir de paisajes imposibles y de inquietantes criaturas en constante metamorfosis.

Íntimo y comprometido El director del KM, Frantxis Lopez Landatxe, subrayó que aunque Ameztoy y otros artistas cercanos desplegaron un imaginario más bien surrealista, fueron testigos de los avatares políticos y sociales más importantes de su época. "Vivían en un mundo onírico, sí, pero siempre estuvieron pegados a la realidad y mostraron una gran implicación con la sociedad de su tiempo", aseguró.

Prueba de ello es el gran lienzo Vizcaya, una pintura fantástica protagonizada por seres de paja que comparten espacio con una máquina de discos de vinilo (jukebox) y un pequeño detalle de un control de la Guardia Civil. Pero sobre todo, el compromiso de Ameztoy se plasma en los combativos y críticos diseños que realizó en 1978 para las portadas de revistas como Zeruko Argia o Euskadi Sioux y para libros como Que se vayan o Rebelión en las cárceles.

La exposición brinda la oportunidad de acercarse al Ameztoy más "íntimo" mediante sus objetos personales. Una vitrina contiene algunas de las cosas que él "llevaba siempre en los bolsillos", según recordaba su mujer: un pequeño estuche de acuarelas, azucarillos -era diabético-, hierbas diversas, mecheros, pipas de fumar, gafas de sol... También hay libretas con bocetos, cuadernos de viaje y alguna fotografía, como la polaroid del inolvidable segalari con guadaña que creó para Vacas (1992), la película de Julio Medem en cuya dirección artística participó. En la sala, además, se proyecta un vídeo con imágenes que muestra cómo se expresaba, cuál era su entorno y cómo trabajaba.

Etxe-Ondotik, en definitiva, es una ocasión inmejorable para conocer a un artista cuyas obras no están al alcance de todo el mundo. Como decía ayer Montenegro, "Ameztoy no hizo muchas exposiciones porque las galerías le agobiaban: nunca cumplía con las fechas, pues no sabía cuando había terminado un cuadro". Por ello, su trabajo está repartido entre colecciones particulares y unas pocas instituciones.