Las montañas bellas, de aspecto marciano y rojizas rocas que evocan al cañón del colorado, al desierto y al western observan con la ceja levantada el espectáculo que recorría las carreteras vacías, prensadas por océanos de arena.
Los planos evocaban la poética perturbadora de David Lynch y sus extraños mundos que dibujó en Dune. O la mirada de John Ford sobre el cambio de los tiempos y la inadaptación de Ethan en Centauros del desierto.
En el AlUla Tour, todo resulta desconcertante, como la visión de un velocista como Jonathan Milan, que esprinta a cabezazos, a golpes de martillo, como si sufriera sacudidas. Un esprint que mezcla el espasmo con la brutalidad.
El italiano se hizo con la primera etapa y es el líder de la competición. Derrotó a Milan Fretin y a Matteo Moschetti.
Milan fue el representante más veloz de esa turba de ciclistas que rodó por avenidas solitarias en un territorio absolutamente hostil, desértico.
Solo los deportistas, los integrantes del staff y los medios desplazados parecen interesados en la competición en los paisajes saudíes. No hubo público. Es un sinsentido correr en el desierto.
Solo el dinero, el maná que recibe A.S.O., propietaria del Tour y otras grandes carreras y organizadora del Dakar, sostiene el disparate de correr en un lugar inhóspito, de nula tradición y menor seguimiento. Sucede que los petrodólares asfaltan las carreteras para darse un capricho más.
Esos son los antecedentes de una competición que este martes abrió la puertas de las citas con el desierto. Con criterio, la prueba se inició en el recinto que acoge la Camel Cup Track, e irremediablemente, la imaginación se traslada a las carreras de camellos de los días de feria.
Una competición en la que el espectáculo estaba en el narrador, en el speaker, que entendió de inmediato, al igual que el binguero, que el relato es lo fundamental.
Los participantes que, lanzando bolas y metiéndolas en los agujeros, hacían avanzar a los camellos, aunque en realidad fueran dromedarios de una sola joroba montados por jinetes, eran parte de la decoración de un espectáculo sublime por su simpleza. Arrebatadoramente apasionante en su mecanismo.
Esas carreras sin arena pero con pulsión y pálpito reunían a más público que el AlUla Tour. La organización de la prueba dispuso una competición entre hábiles jinetes de dromedarios que corrían en paralelo al pelotón, al que nadie hacia demasiado caso. Las bicis no son para el desierto. Sí lo son las carreras de dromedarios.
Solo el viento se adentró en la jornada inaugural de la carrera saudí. Sin parapetos con los que protegerse, en medio de la nada, entre una llanura de arena sin más horizonte que más arena, los abanicos generaron la incertidumbre de siempre entre los ciclistas, que recorrían un etapa llana, sin más coordenadas que la arena.
Las largas rectas en vías anchas y expuestas convergieron en un esprint, que era lo que se esperaba. Nada se interpuso a la lógica en una prueba que no la tiene, que es una distopía, un mundo irracional. Entre las visiones que provocó, emergió el colosal Jonathan Milan. Un gigante entre camellos. O dromedarios.