Antón, el campeón trágico
SOLARES. Ni una. Antón no derramó ni una lágrima. Ni un lamento. Ni un berrido por donde escupir la rabia. Impasible, hacía inventario de las heridas. El brazo, la pierna, la sangre desperdigada… Y no decía nada. Qué iba a decir. Sólo que qué se le iba a hacer, que si tampoco ha sido a la segunda será a la tercera, que era una pena, una pena, que volverá más fuerte.
"Estoy convencido de que era suya", lloraba Igor González de Galdeano, que se había incorporado a la Vuelta junto a Miguel Madariaga, un hombre tremendamente triste, abatido, inconsolable, para ver de cerca a un equipo que por la mañana, en la reunión privada del autobús, era una muchachada eufórica y contagiada de la felicidad celestial de un líder maduro y tranquilo, fuerte y seguro, y que por la tarde llegaba a Peña Cabarga, mirador privilegiado sobre Santander, el telón del Cantábrico al fondo, descompuesta, como piezas sueltas de un puzle incompleto.
Y todo porque faltaban Antón y Egoi Martínez, que compartían habitación, dicha y destino en la Vuelta. Un destino fatal, trágico, tan inopinado y sorpresivo que fue como un disparo de hielo. Se congeló la Vuelta que mantenía viva un líder joven e ilusionante Antón, que tenía razón cuando decía temer únicamente a una situación extraña de carrera.
Tan extraño como una caída indescifrable, algo habitual, por otra parte, en el ciclismo. Extraño por el lugar, una carretera amplia y limpia, una recta, un pequeño descenso antes de enfilar la primera rampa de Peña Cabarga. Habitual porque ha ocurrido mil veces. "Íbamos a mil", creía recordar Antón ayer, camino del hospital de Cruces, donde le operaron de urgencia de una fractura del codo derecho. Concretamente, a 74 kilómetros por hora. Eso, a mil. La tensión, un bandazo de Danilo Hondo, que colocaba a Kashechkin, las yemas de los dedos en el gatillo del freno, más nervios y, de repente, el estruendo. Ezequiel Mosquera, que es miedoso y, por tanto, precavido, corría por una esquina, y desde la periferia de la histeria, la visión limitada, la escena confusa, creyó ver volar a Gorka Verdugo barriéndolo todo a su paso, entre ese todo a Antón, cuando lo que realmente ocurrió fue que el líder, en el colmo del infortunio, tropezó con algo, un bache, un botellín, un palo, ni siquiera él lo sabe, y sus manos se despegaron del manillar. "Lo siguiente que recuerdo es que estaba en el suelo". Sentado. Inmóvil. Abrasado por el asfalto. Diez metros más adelante, Egoi Martínez. La misma postura. También inmóvil. También abrasado. Y quebrado. Rompió a llorar. Por segunda vez en su carrera. La primera, cuando perdió aquella etapa italiana del Tour 2008. Entonces lo hizo de pie. Ayer, desde el suelo, maldijo su desdicha. "No nos merecíamos tanto infortunio. Esto es demasiado duro", dijo el navarro, que no se movió.
No pudo. Tenía una luxación en la clavícula derecha y las cervicales y las costillas golpeadas. Antón, puro reflejo, soy el líder y un líder no puede rendirse jamás, se levantó de un bote, se repasó las heridas y con gesto serio, sin dramatizar, se subió sobre la bicicleta. Sintió entonces un mordisco en el codo. Y con el mismo gesto serio, tranquilo, se bajó, se acercó al coche, habló con Gerrikagoitia, el director que de manera tan magistral le guiaba hacia el triunfo en la Vuelta, con Galdeano, que le veía ganador, y se metió en el coche. Luego miró por la ventanilla, vio una cámara de televisión, improvisó una sonrisa tenue, se encogió de hombros como diciendo qué se le va a hacer y enseñó el pulgar, que señalaba hacia arriba. Digno en la derrota. Una entereza suprema.
el recuerdo de 2008 "Estaba tranquilísimo, tanto o más que cuando ganaba e iba de líder", suspiraba Galdeano, al que le costaba recordar un trago tan amargo desde que llegara a Euskaltel-Euskadi en 2006 y que al rebuscar en la caja de la melancolía se encontró de nuevo con Igor, esta vez apoyado en el guardarraíl de una curva de El Cordal que se cerraba a la izquierda, un nudo que atrapó a Antón en la Vuelta de 2008. "Entonces el podio era suyo", recordó ayer el manager de Euskaltel-Euskadi, tremendamente afectado, la voz encogida, el deseo contenido de llorar que no pudo reprimir Miguel Madariaga. "Hoy, se le ha escapado la Vuelta", lamentó el alavés. No es el primer campeón que la pierde.
En 1971, Luis Ocaña, loco ciclista bello, domaba al salvaje Merckx en el Tour cuando el diluvio se precipitó sobre los Pirineos. 'El caníbal' no se rendía. Al ataque. Y el conquense a su rueda. En el descenso del col de Menté, un barrizal, el belga descarriló en una curva. Y Ocaña con él. Se levantaron raudos. Merckx el primero. Y luego Ocaña, que se subía a la bicicleta cuando llegó Zoetemelk sin frenos y lo arrolló. Se quedó allí. Sin amarillo. Sin Tour. Merckx, en señal de respeto, no subió a recogerlo cuando llegó a Luchón. Al día siguiente le obligaron a ponérselo. Ocaña fue un ciclista trágico. Hubo más en el Tour. Hinault, lesionado en una rodilla tras las etapas del pavés, se bajó siendo líder del Tour del 83. Y Sorensen en el del 91, cuando se partió la clavícula. Como Heulot. Como Simon. Como Sean Kelly en la Vuelta del 87. Era líder y un forúnculo le bajó de la bicicleta. La Vuelta se la llevó el colombiano Lucho Herrera. Pero le habría ganado el irlandés. Seguro. Casi tanto como que ésta era la Vuelta de Antón.
"Era el más fuerte" Su amarillo, que era rojo, voló de sus espaldas seguras hasta las de Nibali, nuevo líder tras una ataque calculadísimo a kilómetro y medio de meta que sólo encontró respuesta en Purito, resurgido ganador de etapa tras rematar al italiano a 800 metros de la cima de Peña Cabarga, adonde no llegó Antón, que estuvo en boca de todos. En boca de Purito, con su pena y su halago. "Era el más fuerte". De Mosquera, que coincidió en el poderío del vizcaino. "Realmente lo era, pero parece que está gafado". De la afición vasca, legión, cariacontecida. De los chicos de Euskaltel-Euskadi, almas errantes en la subida, ciclistas abatidos, rotos, desanimados, el rostro pétreo, la mirada perdida. En shock aún, Mikel Nieve. "¡Buah! La caída ha sido impresionante. ¡Impresionante! ¡Buah! ¡Qué pena! Todo el trabajo, lo bien que nos iba… Y ahora, nada", balbuceaba descorazonado, la voz del velorio que rodeaba a Antón, el aroma de campeón trágico de Ocaña, que tranquilo como cuando ganó en Valdepeñas, como cuando se vistió de líder en Xorret y como cuando hizo ambas cosas en Pal, etapa y liderato, volvió a decir: "Que nos quiten lo bailado".