Su historia ha tocado el corazón de un sinfín de gentes que lo miran –lo admiran, diría yo...– con asombro. Se trata de Jesús Sánchez Etxaniz, un hombre firme en el alambre de que quienes trabajan codo con codo con la muerte. Jesús Sánchez Etxaniz, junto con el equipo que le acompaña, formado por Laura Gómez, Julio López Bayón y Leticia Sainz-Ezquerra, llegan a casa cuando la mayoría ya está pensando en irse. Trae en los bolsillos la prisa domesticada y en los hombros un cansancio que no se ve, porque hay cansancios que no pesan, solo acompañan. Trabajan en el Servicio de Pediatría del Hospital de Cruces, especializado en cuidados paliativos pediátricos. Pero, sobre todo, han decidido quedarse un poco más cada día. Quedarse cuando el horario se acaba. Quedarse cuando la urgencia ya no paga horas extra. Quedarse cuando lo único que queda por hacer es estar.

Llevan años prolongando su jornada laboral para atender en sus casas a niños y niñas en fase terminal y a sus familias. Lo hacen de forma desinteresada, que es una manera elegante de decir que lo hacen porque no saben hacerlo de otra forma. Porque hay profesiones que no terminan en la puerta del hospital. Porque hay trabajos que no se cuelgan en una percha al llegar. Porque hay personas que entienden la vida con las manos metidas hasta los codos en la intemperie del otro.

En esas casas hay pasillos estrechos, habitaciones con dibujos pegados en las paredes, peluches que miran desde la estantería y padres que han aprendido a respirar en voz baja. Allí se habla despacio, se camina con cuidado y se escucha con todo el cuerpo. Jesús entra sin hacer ruido, como quien pide permiso a la vida. Ajusta una medicación, calma un dolor, explica lo inexplicable, sostiene silencios. Lo ve tan lógico, tan sencillo, que ayer confesó sentirse víctima de una broma de la cuadrilla cuando supo de la concesión del premio.

No hay épica en su gesto, aunque lo parezca. Hay constancia. Hay humanidad. Hay una fidelidad obstinada al sufrimiento ajeno. Y hay, también, un equipo que entiende que cuidar no es solo curar, que aliviar es una forma mayor de sanar y que acompañar hasta el final es una de las tareas más nobles que existen.

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Por todo eso, la Konpartsa Moskotarrak que preside Gloria Prieto acaba de reconocerle en la 12ª edición del premio El más dulce del año. Un galardón con nombre de caramelo para un hombre que trabaja en el territorio áspero de la despedida. Un premio que no mide éxitos, sino gestos. Que no aplaude triunfos, sino presencias. Que no celebra victorias, sino dignidades.

Ayer se entregó el galardón, una tarta de toffe, caramelo y café que imita la baldosa de Bilbao en el obrador de Manuel Angulo, Don Manuel, en el Hotel Ilunion de Rodríguez Arias que gobierna Álvaro Díaz-Munio, junto a su equipo, involucrados también en el premio. Les acompañaron los Zipi y Zape de Moskotarrak (o lo que es lo mismo, José Mari Amantes y Luis Ángel Castresana...) y un puñado de gente cercana a la que les corrió un escalofrío por la espalda cuando le oyeron decir aquello de “la muerte no tiene horario”. Junto a ello acudieron gente sensible como el viejo león Andoni Goikoetxea, José Antonio Nielfa La Otxoa, Ane Camarena, Javier Marín, Juan Alonso, Edurne Pereda, Iñigo Burgos, Asun Muñoz; los integrantes de cerámicas Loitz (Alex González y Ángela Azkona al aparato en los tornos y ayer presentes en la celebración...), los concejales Paula Garagalza y Esteban Goti; Roberto Cámara, Yolanda Goikoetxea, Iñaki Pastora, Izaskun Esteban, Txema Soria, Josune Unda, Jon Torres-Unda, Pau Torres, Carmen Unda, Juan Carlos Sánchez Etxaniz, Naiara González, Anton Sansebastián y un puñadito de gentes que se chuparon los dedos en el cóctel posterior donde, por cierto y por supuesto, no faltó el azúcar.