Virado a sepia

Un incendio con olor a vino en Bilbao

El fuego que devoró la alhóndiga hace más de un siglo nos demuestra que los edificios simbólicos también lo son por permanecer en el tiempo

01.05.2022 | 00:36
Esta foto fue tomada el 21 de mayo de 1919, cuando un voraz incendio arrasó una alhóndiga con huertas en sus aledaños.

Fue uno de los sucesos que más huella dejó entre los bilbainos de la época. El trágico incendio que destruyó la alhóndiga ocurrió el 21 de mayo de 1919 y sus consecuencias, además de cobrarse la vida de un bombero –el cabo Alejandro Arechavala– fueron catastróficas. El edificio quedó muy dañado tras más de cuatro días de incendio continuado y las pérdidas económicas se cifraron en millones de pesetas entre los bodegueros y empresarios que almacenaban sus vinos y barricas en el especial inmueble. Las llamas surgieron de madrugada en la segunda planta donde el almacenista Demetrio Montejo tenía un depósito de drogas. Sí, así, como suena. Porque el gran edificio diseñado por el arquitecto Ricardo Bastida, que ocupó una de las primeras manzanas completas del Ensanche, no solo acumulaba líquidos del dios Baco. También albergaba por aquel entonces, una década después de su inauguración en 1909, aguardientes, productos de droguería y otros materiales inflamables. Vamos, casi un polvorín que los bomberos de Bilbao tuvieron que extinguir empleando todo el material antiincendios que tenían a su alcance.

Además debieron bregar con las pretensiones de los propietarios del material almacenado en las zonas no afectadas por el siniestro, los cuales querían recuperar a toda costa sus pertenencias empresariales. Y lo consiguieron. De hecho el segundo día de incendio se dio permiso para la retirada de barricas, toneles, fardos y cajas que quedaron esparcidas por la alameda de Recalde y Fernández de Campo.

Ello obligó a que efectivos de la guardia municipal, agentes de vigilancia y hasta soldados del cuartel de Garellano tuvieran que montar cordones de seguridad para evitar la rapiña de los materiales salvados de las llamas, así como impedir que se acercaran al perímetro de seguridad cientos de bilbainos que no querían perderse el espectáculo de una gran humareda incesante que ennegrecía el cielo de la villa.

Buena muestra del interés ciudadano que suscitó el grave suceso es esta instantánea tomada desde la calle Fernández del Campo. Probablemente, para tener una imagen más amplia de ubicación del trágico suceso, el fotógrafo se subió a la estructura del edificio –entonces en construcción– del antiguo Centro Farmacéutico Vizcaíno, que después de permanecer varios años en desuso fue adquirido por la compañía energética EDP en 2014.

Desde tan privilegiada atalaya se comprueba cómo en ese 1919 la arteria urbana estaba a medio completar. Las huertas y descampados eran la norma general en su lado izquierdo en dirección al almacén de vinos aunque aquí ya se observa un vallado bien trabajado y plantado que implicaba, casi seguro, cómo el propietario de esos terrenos esperaba que pronto fueran ocupados por bloques residenciales, en concreto todos los que hoy se erigen entre los números 25 y 33.

En el lado derecho de la imagen se aprecia la parte final del bloque que acoge desde finales de 1896 las conocidas popularmente como Escuelas de Concha, el primer edificio educativo que el Ayuntamiento construyó en el Ensanche de la mano del arquitecto Edesio de Garamendi para atender la creciente demanda infantil. A continuación, es bien visible la parcela que acogió durante décadas el famoso edificio industrial del RAG, un bloque de estilo racionalista inaugurado en 1933 y que siempre fue muy querido por los arquitectos locales. Tanto que cuando el Ayuntamiento cambió el uso terciario por residencial que implicaba el derribo del inmueble pusieron el grito en el cielo. Tras su demolición en diciembre de 2011, el solar de nuevo vacío permitió construir viviendas de alto standing que empezaron a ser ocupadas en 2014. Hoy, ese bloque se enfrenta a una alhóndiga que nada tiene que ver, ni en servicios ni en usuarios, con aquel almacén de vinos que padeció el espectacular incendio. Muchos cambios y vicisitudes que avalan cómo, a pesar de todo, también los edificios con solera pueden ser simbólicos de una ciudad.

 

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