La torre vigila desde lo alto del Cerro del Castillo de Balmaseda
La Cátedra UNESCO de Paisajes Culturales y Patrimonio de la EHU concluye su sexto verano de excavación arqueológica en la fortaleza de origen medieval remozada durante las guerras carlistas
Espacio angosto, claustrofóbico. Las piedras que lo delimitan no cubren el techo. Al alzar la mirada el sol pugna por abrirse paso en el cielo todavía nublado de Balmaseda, igual que a se libraron batallas en el Cerro del Castillo. El sexto verano de excavación a cargo del equipo liderado por José Luis Solaun Bustinza, doctor en Arqueología e investigador de la Cátedra UNESCO de Paisajes Culturales y Patrimonio de la EHU, ha vuelto a alterar significativamente la fisonomía de la fortaleza de origen medieval, remodelada durante las guerras carlistas a una velocidad asombrosa, al salir a la luz “dos terceras partes” de la superficie de su torre rectangular.
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Sin alcanzar todavía las estratigrafías medievales que aguardan a cotas más profundas, en un mes de campaña han hallado “algo que no esperábamos para nada: una serie de estancias con compartimentos, algunos fuertemente protegidos, que nos indican lo mucho que varió este conjunto defensivo en tres o cuatro años”, explica Urtzi Llano Castresana, doctor en Arquitectura e investigador de la cátedra. Una de ellas, en el que arranca este reportaje, pudo haber servido a modo de “almacén de pólvora o calabozo”.
Pero, por recapitular. Ya el primer año de trabajo en 2021 las pruebas de carbono-14 revelaron que a mediados del siglo X ya se erigía una fortaleza en la colina, tres antes de lo que se creía. Según se lee en uno de los paneles distribuidos por el recinto, de manera progresiva, a partir del siglo XVIII la notoriedad de la villa se vio mermada, debido, en parte, al auge de otras zonas de tránsito comercial como Orduña. Arrastrado en un efecto dominó, el castillo sufrió también las consecuencias.
Permaneció abandonado hasta que la que históricamente ha abierto la “puerta de Bizkaia” o hacia Castilla, se convirtió en una plaza estratégica cuando estalló el conflicto armado por la sucesión de Fernando VII. El plano del capitán de ingenieros liberal Rafael de Lara refleja con meticulosidad y precisión el fuerte neomedieval de 1835 que desmochó la torre, rebajándola en unos ocho metros, lo que resultó en una altura de aproximadamente diez. Los carlistas sitiaron Balmaseda en 1836. Cuando apenas un mes más tarde los liberales recuperaron posiciones. comprendieron que había adaptar la fortaleza a un contexto bélico en constante evolución. La torre fue destruida y se acondicionó un cuartel desenterrado por los arqueólogos en años anteriores. La entrada medieval a la plataforma superior y “la que utilizaron inicialmente los liberales viene definida con una subida prácticamente al centro simétrico del rectángulo”. Sin embargo, “se anuló en la fase en la que aquí se gastaron ingentes recursos humanos y materiales”.
El reto para comprender las dinámicas en este “castillo dentro de otro castillo” reside en “indagar sobre las funcionalidades de cada una de las dependencias. Sobre todo, en el conjunto del piso superior en el que se han focalizado en los últimos dos años, “con el objetivo de poder transmitirlo en paseos didácticos”. Para ello, ahora afrontan la “fase de análisis principalmente a cargo de expertos arqueólogos, historiadores, arquitectos, etc.”, conscientes de que “no trabajamos con certezas absolutas”.
“Sorpresa a cada paso”
Y es que a cada paso que dan, “nos topamos con una sorpresa”. “Afortunadamente, insisto en la idea de que nos vamos a encontrar una Pompeya carlista” referente a nivel estatal y europeo que da pie a rescatar “parte de un relato de unas guerras completamente olvidadas”.
Como quien dice acaban de levantar el campamento y ya planifican la labor de 2027. Se debaten entre “una excavación a mano en la que avanzaríamos poco y podríamos llegar a la parte medieval” o adentrarse en “lo que nos aparece en los planos de Rafael de Lara como un foso previo medieval que dispone de acceso mediante pontón sobre foso a la plataforma superior y definir qué entrada se utilizó una vez que los liberales decidieron invertir para hacer la fortaleza inexpugnable”.
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Después de 1836 no sería conquistada otra vez. En 1838 las tropas liberales volaron la estructura y el bando contrario lo hizo también al año siguiente. A partir de ahí se utilizó como cantera mientras la maleza la envolvía, engullendo los ecos de las escaramuzas en la colina.
Hasta que el empeño de la asociación Orexinal de Balmaseda, que vela por la preservación del patrimonio de la villa, por estudiar el Cerro del Castillo desembocó la pasada legislatura en un convenio de colaboración entre el Ayuntamiento y la Cátedra UNESCO de Paisajes Culturales y Patrimonio de la EHU. Fruto del mismo se está acometiendo, además, una puesta en valor que ha incorporado pasarelas, plataformas y carteles informativos. Para finales de febrero “deberíamos tener habilitado un acceso digno y adecuado para todas las personas que quieran acercarse al yacimiento y que arrancará desde la parte trasera del ayuntamiento aprovechando parcialmente el camino de infantería que nos marca el magnífico plano de 1835 de Rafael de Lara”.
También finalizará el balcón panorámico sobre los viñedos plantados por el viticultor encartado Alfredo Egia que pretenden sembrar la cepa que reviva el txakoli autóctono. A principios de marzo Orexinal de Balmaseda y la agrupación agroecológica Mutur Beltz de Karrantza unieron fuerzas para proteger parte de las vides con una manta elaborada a base de lana de oveja del valle que nutre cultivos y regenera el suelo.
Representan “simientes que articulan sinergias también en cuanto a las inquietudes a las que nos empuja la ciudadanía, que desde el inicio nos ha acogido de manera espectacular”. Una rama, los expertos. Otra, el enraizado movimiento asociativo. Más, vecinos y vecinas que consultan una web en proceso de actualización y muestran su interés en las charlas anuales de balance del ejercicio arqueológico. Ahí se escribirá el próximo capítulo de un Cerro del Castillo, que esconde “más del 50% de la ciudadela” en el subsuelo. Y, pese a la relevancia de los descubrimientos, “sigue siendo una gran desconocida en Bizkaia, una joya a reivindicar”.