Lo que el aeropuerto de Bilbao se llevó

Un libro y un documental rememoran el impacto urbanístico y sentimental que supuso la creación del aeródromo en los años 40 y sus sucesivas ampliaciones en el siglo pasado para los vecinos y municipios del Txorierri

15.05.2022 | 00:51
El libro incluye un mapa con la ubicación de los baserris y edificios desaparecidos y su posición con respecto a las pistas y las terminales.

"A nosotros nos echaron, pero nuestras raíces siguen ahí". Toda una declaración de intenciones, un recuerdo muy vívido de la octogenaria Pilar Gastañaga que puede ser perfectamente el resumen de Antzinako pasaia biziberritzen (Reviviendo el antiguo paisaje).

Es el título del libro, que junto con un documental de casi hora y media, recoge la memoria histórica de los vecinos de varios municipios del valle de Txorierri que se vieron afectados por la construcción del aeropuerto en los años 40 del siglo pasado y sus posteriores ampliaciones a lo largo del pasado siglo XX.

Un trabajo etnográfico hecho desde el corazón cuya alma mater es Itziar Mateos Olabarrieta, miembro de una familia arraigada en el barrio de Larrondo de Loiu, un núcleo rural que ya fue aislado del centro del pueblo con las obras iniciales del aeropuerto. Una separación que permanece indeleble en el ADN de muchos de sus vecinos actuales.

"Mi idea era hacer un listado simple de los baserris que fueron derribados por las expropiaciones que precedieron a las obras de ampliación", recuerda esta funcionaria que estudió Empresariales y se ha dado cuenta de lo difícil que es bucear en archivos y documentos históricos para recopilar información.

"Lo que quedaba después de múltiples consultas era hablar con los protagonistas de los derribos, y ahí me di cuenta de que había mucho más", rememora. "La gente te hablaba del caserío y su expropiación, pero también te contaba sus vivencias, sus recuerdos, cómo padecían y disfrutaban también de la presencia del aeropuerto... Era un material muy bueno que no se podía perder. por ello decidí grabarlo en un documental".

La autora, que ha contado con la ayuda desinteresada de decenas de colaboradores, explica que ambas obras "no tienen un espíritu reivindicativo". Asegura que "lo hecho, hecho está; los perdedores han sido los expropiados y tras tantos años ya tienen amortizadas sus pérdidas, pero al darles un altavoz para contarlo te das cuenta de que la expropiación fue un gran drama".

La historia del Txorierri con el aeropuerto tiene tres fechas marcadas en la memoria de sus habitantes. Tras la Guerra Civil se decide construir el aeropuerto. "Son los años 40 e incluso los municipios del valle se postulaban. Lo querían porque en los planes iniciales la afección no iba a ser tanta", relata la autora. Pero sí lo fue. El peaje más grave fue la desaparición del núcleo principal de Sondika, conocida como La Campa. Ahí estaban la iglesia, las escuelas municipales, el Ayuntamiento, San Juan –donde se hacía la romería–, el cementerio... "Todo en un pequeño alto que se explanó para crear la pista principal", apunta la autora del documento.

De izquierda a derecha, los vecinos Juan Ignacio Orue, de los caseríos Kamiruaga y Santimami; Ana Rosa Torre, de casa Bidondo; Pilar Gastañaga, del Agarre Beiti; Jesús Astobieta, del caserío Antzuribarri y Ángel Iruretagoiena, del Maurike Bekoa.

las cosas buenas que se perdieron

En el trabajo se destaca "lo bueno que había en esa zona y se perdió", indica la autora. El Sondika desaparecido era el medio agrícola y ganadero donde la mujer baserritarra era esencial, se quedaba a trabajar el caserío mientras el hombre iba a la fábrica a trabajar. Existían unas relaciones vecinales muy buenas, las cuales suponían unas fiestas fantásticas en los municipios e Itziar recuerda "la cantera Lurtegi de donde se extraía material para hacer tejas y ladrillo, así como los tres campos de fútbol que fueron desapareciendo".

Tras la inauguración de la infraestructura en 1950 transcurrió década y media hasta que en Madrid se decidió ampliar la pista principal de kilómetro y medio de longitud a dos kilómetros. Es el segundo gran hito en 1965. "Supuso derribar unos cuantos caseríos, la parte trasera del cementerio británico y el desvío del trazado ferroviario existente eliminando una estación y creando una variante de varios kilómetros que se mantuvo solo unos años hasta la desaparición de la línea a Mungia en 1975", aclara.

Esas décadas no se caracterizaban precisamente por una gran tráfico aéreo. Las instalaciones aeroportuarias eran muy modestas, ni tan siquiera estaban valladas y se podía entrar en el campo aeronáutico sin problemas. Un escenario que reaviva "recuerdos gratos y positivos que a muchos vecinos les han marcado sus vidas", asegura la autora. Así, muchos adultos ahora rememoran cómo de críos jugaban a ver a quién tiraba antes el aire que generaban los motores de los aviones cuando calentaban antes de despegar o cómo aprendían a andar en bici aprovechando el buen asfalto y su carácter plano.

Sin obstáculos que impidieran el paso, los caseros de Loiu atravesaban las pistas con sus burros cargados con cántaras de leche que iban a vender en Sondika, evitando así dar la vuelta a todo el perímetro de las instalaciones. Sí había guardas que vigilaban las pistas, pero cuando les recriminaban el atajo que tomaban, había vecinos que utilizaban las amplias tuberías de desagües que se construyen por debajo de las pistas para evitar ser pillados.

Otro ejemplo de lo integrado que estaba el aeropuerto en la vida diaria del valle eran las monjas de la Veracruz, con un colegio que lindaba con las instalaciones, y que tenían la costumbre de pasear. Ni cortas ni perezosas, entraban en el campo de operaciones y desde la torre de control les tenían que pedir por megafonía que se retiraran por favor de la pista ya que iba a aterrizar un avión. Increíble.

Tras la primera extensión, muchas de los vecinos expropiados decidieron hacerse otra casa en las inmediaciones del nuevo perímetro aeroportuario donde también tenían tierras en propiedad "porque creían que las instalaciones no iban a crecer más". Craso error. Fue cuando llegó el segundo impulso ampliatorio que se materializó en cuatro actuaciones en 1972, 1973, 1974 y 1976 lo que supuso a varias familias perder sus nuevas casas en una segunda expropiación.

En esta tanda alrededor de 80 construcciones fueron demolidas. En este paquete también se derribaron dos centros educativos que, junto a otros colegios, encontraron en el Txorierri el espacio del que carecían en el centro de Bilbao, que en aquellos años incluyó al valle en su término municipal. Fueros los colegios de las Mercedarias de la Veracruz, un colegio femenino de élite, en Larrakoetxe, cuyos cuatro grandes edificios fueron demolidos, y el centro de formación profesional gestionado por los Hijos del Amor Misericordioso, en Gaztañaga, que incluía un internado y seminario. "Once años después de construirse se tuvieron que derribar", sentencia Itziar, que recuerda cómo entonces "no había planificación y sí muchas contradicciones porque no era lógico expropiar para ampliar la pista y dejaban construir en las cabeceras de Derio y Sondika".

Tampoco se tenía ninguna consideración con los afectados. Un ejemplo es cómo se enteró de la expropiación un casero de Loiu. La autora relata que "tomó el tren para ir al matadero de Zorrotza, donde iba a comprar un novillo, y en el viaje, un empleado del aeropuerto que conocía le recomendó que no comprara nada, que en breve le iban a tirar el caserío. Imagínate lo que le supuso".

Para muchas familias el justiprecio pagado por el ministerio franquista fue exiguo, "sobre todo por que muchos caseríos eran el medio de vida. Supuso que algunos tuvieran muchas dificultades para instalarse, y no en una nueva casa, sino en un piso", desvela.

A modo de conclusión, la autora reconoce que "hoy en día tenemos una infraestructura de transporte esencial pero el peaje que ha supuesto es este, todo lo que se ha perdido y ya nunca volverá". l

Una cita que nadie se quiso perder

Estreno del documental

lll Acto social. El salón de actos de la Sala Ondare estuvo el jueves a rebosar. Doscientos asistentes con invitación previa disfrutaron del audiovisual donde vecinos de Sondika, la zona de Caldaso, de Gastañaga o de las escuelas de barriada, todos ellos veteranos entre los 65 y 90 años, varios de ellos presentes, exponían sus recuerdos más queridos y odiados. Se vieron muchas lágrimas por ello. También ha participado Juanjo Olaizola, el director del Museo Vasco del Ferrocarril, que desveló cómo desapareció el tren que circulaba por el valle, además de la historiadora Amaia Gezuruaga, la cual empastó el documental aportando el contexto de los acontecimientos que iba sucediendo a nivel político, social y económico.

El libro incluye un mapa con la ubicación de los baserris y edificios desaparecidos y su posición con respecto a las pistas y las terminales.

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