#diariodeunteletrabajador

Mal número si no crece

26.03.2020 | 00:21

TRECE días como trece soles. Ayer se cumplió mi decimotercer día de encierro. Ya casi ni pienso en que si todo el mundo se hubiese encerrado como Dios manda, en estas primeras dos semanas de confinamiento, el virus habría doblado el lomo. Pero bueno. Se nos ha olvidado que en los primeros días muchos se pasaron las órdenes de las autoridades por el forro y ahora estamos pagando las consecuencias. Tal vez no hubiese venido mal tener aquí un crimen organizado medianamente digno para que pusiese orden, como en Brasil, donde se dice que han sido los jefazos de la mafia local los que han mandado comunicados a la gente ordenando que se quede en su casa. Si no obedeces a la policía, nos obedeces a nosotros. Pero claro. Los de aquí, muy flojos. ¿Dónde están los criminales cuando se les necesita?

La compra que hice el martes nos ha dejado sin objetivos vitales para las próximas dos semanas. Ya solo nos queda ver pasar las horas y los días. Trece días. Lo que daría yo por estar trece días en casa haciendo lo que yo quisiese. Tumbarme en el sofá, leer, ver películas y series, dormir€ Pero todas estas actividades son incompatibles con dos niños de 5 y 2 años. Hay que estar cada segundo a su servicio. Diría que si veo un capítulo más de La patrulla canina me va a estallar la cabeza, pero no es así, porque me quedan muchos días y semanas, me temo, viendo a esos malditos perros. Lo que más me pone de los nervios es que siempre están poniéndose en peligro salvando a la gallina de la alcaldesa. ¿Pero en qué esta pensando esa mujer llevando siempre una gallina en el bolso? Para acabar con esta dictadura canina ayer rescaté los DVD de Oliver y Benji, ¡y les han gustado! Así que ahora tengo culebrón futbolero para días.

Es curioso cómo funciona la mente estos días. Ahora tenemos la despensa a rebosar. Creo, sinceramente, que tenemos todo lo necesario para no tener que salir de casa en diez días. Pues bien, no me quito de la cabeza que no tenemos lo único que se quedó sin tachar de la lista de la compra: croquetas. Estaría mucho más tranquilo si tuviese croquetas en la nevera, aunque no las coma.

Por contra, el martes conseguí traer del supermercado algo con lo que no contaba y que nos va a venir de perlas: un paquete de 500 folios. ¿Desde cuándo venden folios en el supermercado? Yo me temo que lo han traído como sustitutivo del papel higiénico, pero nosotros, en un principio, lo vamos a utilizar para que los críos pinten. Tantas jornadas de manualidades nos están dejando sin materia prima. Ahora hay que cruzar los dedos para que no se acaben el pegamento, los rotuladores y las pinturas.

Desde hace tres días he renunciado a mi mesa de trabajo, porque Lur se presenta cada cinco minutos pidiendo que juegue con él. Así que cuando entro en horario de trabajar cojo el ordenador y la chaqueta, le digo a Lur que me voy a Bilbao a trabajar y me subo al camarote, donde por cierto hace un frío que pela. El primer día, al bajar de nuevo a casa, Lur me preguntó extrañado si había ido a Bilbao en zapatillas de andar por casa. Dos años tiene, pero es todo un Sherlock Holmes.

Ayer, mientras estuve dándole a la tecla, Malen hizo madalenas. Así que no terminé tan mal el día. ¡Vamos a por el decimocuarto!