Positivos en Coronavirus

Diario de un teletrabajador

19.03.2020 | 00:23
'Urtain', a la izquierda, y 'Frida', a la derecha, observan el puesto de trabajo improvisado en la cocina.

Un redactor de DEIA relata en primera persona cómo ha vivido los primeros días encerrado en su domicilio por el coronavirus y cómo afronta el reto de realizar su trabajo sin moverse de su propia casa y rodeado de su familia

LA puerta de casa se cerró el viernes a la noche, cuando volví de la redacción. Mi mujer y mis dos hijos, Malen y Lur, de 5 y 2 años, respectivamente, llevaban ya sin salir desde el jueves. La verdad es que el futuro a corto y medio plazo lo aceptamos con resignación. Con la posibilidad del teletrabajo ya confirmada desde el lunes, todos estábamos concienciados de que la paciencia iba a ser nuestra mejor aliada.

El fin de semana no fue nada del otro mundo. El lunes, cuando la rutina debería habernos absorbido a los cuatro, fue cuando la realidad nos obligó a ir a contrapié. Los niños asumieron bien lo de no tener que ir al colegio, pero nadie ni nada ha conseguido hacerles entender que a las 7.30 de la mañana pueden seguir dormidos en sus camas. Así pues, estos días seguimos una rutina de postureo puro y duro: desayunos, ducha y a vestirse. Esa es la primera norma de la cuarentena: nada de pasar el día en pijama. Y la segunda norma, y por ahora última: recoger. "Batu, batu". Cada vez que se juega con algo hay que recogerlo. Si vamos a estar encerrados no podemos dejar que el salón se convierta en territorio comanche.

Estamos valorando la idea de hacer un horario con tareas y juegos para lidiar mejor con el encierro, ya que hasta ahora hemos regateado el aburrimiento a salto de mata. No nos faltan juguetes ni imaginación, pero con dos niños tan pequeños los juegos y pasatiempos nos duran muy poco. Demasiado poco. Y eso, para los adultos, resulta agotador. En una sola tarde te da tiempo a jugar a Cazafantasmas, echar un partido de fútbol en el pasillo, hacer manualidades, ver una película y vuelta a jugar al fútbol. Uno intenta meter el gusanillo de la competitividad, para que la cosa no decaiga, pero no sé si ha sido buena idea. Anoche, por ejemplo, casi llegamos a las manos en una final épica jugando al Tozudo en la que, para dirimir el vencedor, hubo que colgarle al burro hasta el chupete de mi hijo. Gané yo, por cierto.

He de confesar que nosotros tenemos la suerte de vivir con un pequeño jardín, por lo que los días que no ha llovido hemos podido estirar las piernas para que nos dé el aire. Y eso ayuda mucho, la verdad. El martes por la tarde, que ya no llovía, salimos los cuatro al jardín y nos sentimos como el oso que sale de la cueva después de hibernar.

Desde la entrada del jardín vimos que tres niños estaban aburridos en un balcón de un piso a unos 200 metros y les gritamos: "¡Hola, don Pepito!". Al tercer intento escuchamos un tímido "hola, don José!". Mis hijos se vinieron arriba enseguida: "¿Pasó usted por mi casa?". Se hizo el silencio y al de tres o cuatro segundos se escuchó una confesión: "Es que no nos la sabemos bien". Mi mujer estuvo rápida y de la decepción supo sacar un estímulo motivador. Les gritó que se la aprendieran para el día siguiente, por lo que durante 24 horas tuvimos el gusanillo de comprobar si los vecinos anónimos habían hecho los deberes o no. El destino se rió ayer de nosotros y no coincidimos con los niños del balcón. Así que tenemos una canción pendiente.

Lo de trabajar en casa suena muy bien, pero tiene sus trampas. Es fácil acondicionar un rincón para el ordenador, pero generar una burbuja en la que poder aislarte del tsunami doméstico es imposible. Es complicado mantener la cabeza en la pantalla veinte minutos sin oír a los niños gritar, correr o llorar. Cerrar la puerta de una habitación parece que es una invitación a que algún loco bajito se asome a ver qué haces. En cuanto la cierras, la manilla empieza a subir y bajar como en las películas de terror, cuando un fantasma, o vete a saber qué, quiere entrar al último refugio de la casa.

En el caso de los periodistas, tecnológicamente lo de trabajar en casa está superado. Al poder conectarte de forma remota con tu ordenador de la redacción, con videollamadas y aplicaciones de mensajería, te montas un puesto de operaciones en un periquete. Por lo demás, es imposible estar aislados del exterior. En casa hemos evitado ver los informativos de la televisión, pero el goteo de información a través de redes sociales e Internet es continuo, casi al minuto.

Ayer fui a hacer la compra. Era la primera vez que salía de casa desde el viernes. Fui a la carnicería, a un supermercado y a casa de mis padres, para llevarles unos víveres. Me alivió comprobar que pude conseguir absolutamente todo lo que tenía en la lista de la compra, aunque he de confesar que si hubiese necesitado papel higiénico, habría tenido que adentrarme en el mercado negro. De la compra saqué una conclusión: si salimos de esta, la sociedad va a ganar en civismo. Me sorprendió la amabilidad de la gente, tal vez porque al estar recluidos todos teníamos más ganas de contacto humano. ¡Y la gente hacía cola manteniendo metro y medio de distancia! Eso hay que mantenerlo para cuando no haya coronavirus.

Por cierto, hay un nuevo drama a superar en la cuarentena. A Malen se le mueve un diente por primera vez. ¿También hará teletrabajo Maritxu Teilatuko?

 

Consejos. Ser disciplinado en los horarios y en la planificación son dos de los principales consejos que ofrece el experto del área de Psicología Social de la Universidad Miguel Hernández de Elche, Ángel Solanes, para trabajar desde casa. Es importante tomar conciencia de que realmente se "va a trabajar" y que, para ello, "se establezca una hora de inicio y otra de fin". También que se "organicen y planifiquen las tareas que se van a desarrollar y establecer periodos de descanso en los que poder levantarse y despejarse", en los que sugiere aprovechar para hacer pequeños ejercicios físicos.

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