Bilbao- Idoia Gil murió a manos de su novio en San Ignacio cuando ella quiso acabar con la relación. Virgina Acebes volvía a casa tras una noche de fiesta en el Casco Viejo cuando un depredador sexual se cruzó en su camino. Henar Escudero, una niña de 12 años de La Peña, fue agredida sexualmente y asesinada por su primo. Sus tres muertes ocurrieron hace más de una década, pero para sus familias el tiempo se detuvo el día en que las tres fueron asesinadas. DEIA ha juntado a María Fernández, madre de Idoia; Leonor de la Huerta, madre de Virginia, y Gaizka Escudero, hermano de Henar. Arropados por la Asociación Clara Campoamor, las tres familias ponen sobre la mesa la realidad de las víctimas de la violencia contra las mujeres, sus años de lucha buscando justicia y los temores a encontrarse cara a cara con qui-en mató a sus seres queridos. Los asesinos de Idoia y Henar están en libertad; ninguno de ellos ha cumplido la condena completa impuesta por el juez. Al de Virginia le cayeron 30 años, lleva 13 entre rejas.
Encontrarse con el asesino de una hija o de un hermano es duro.
-MARÍA FERNÁNDEZ: Sí, pero yo he deseado encontrármelo.
¿Para qué?
-M. F: Para preguntarle: ¿José, por qué? Aunque, ya sé... sé mucho.
-LEONOR DE LA HUERTA: Eso no te lo va a decir. Esas respuestas jamás las vamos a tener. En el caso de Virginia, su asesino ni siquiera la conocía. Todavía sigue preso; si lo viese delante no sé lo que le haría.
-GAIZKA ESCUDERO: Yo también he querido sentarme para que me diera una explicación, pero... ¿qué te va a decir un asesino que primero intentó violar a otra prima y a su propia madre? Ni piden perdón, ni se arrepienten. (Silencio).
Gaizka, ¿se lo ha encontrado?
-G. E.: Muchas veces. Y he ido a donde estaba. Una vez le toqué el timbre y él llamó a la Ertzaintza porque, según les dijo a los agentes, le estaba acosando. Solo le toqué el timbre. Quería mirarle de frente.
¿Y decirle qué?
-Muchas cosas. Un amigo me dijo que tuviera cuidado con tocarle un pelo porque me puede buscar la ruina. A veces, tengo miedo.
¿De él?
-No, de mí. Si no fuera por mi mujer y por mi hija yo estaría en el talego. La jueza Ruth Alonso le quitó de un plumazo 16 años de cárcel al asesino de mi hermana. Y por si fuera poco, le asignaron un piso a 150 metros de donde vive mi madre.
-M. F.: Encima que no tienes consuelo tienes que seguir adelante sabiendo que el asesino de tu hija no le ha costado nada matarla.
Por lo que cuentan, ninguno ha cumplido la condena completa.
-M. F.: ¿Cumplir la condena? Matar aquí les sale gratis. El asesino de mi hija en un año ya estaba en la calle con permisos del psiquiátrico. Y eso que estaba enfermo.
María, ¿cuántos años le cayeron al asesino de Idoia?
-Diecisiete años de internamiento en un centro psiquiátrico, pero al de un año mi hija pequeña ya se lo encontró en la calle; por poco le da algo. Mi hija pequeña se parece a Idoia y, encima, dice que se le quedó mirando.
Una situación muy violenta.
-Otro de mis hijos también se lo encontró y, menos mal, que se desplomó por el impacto que le supuso tener delante al asesino de Idoia.
¿Por qué dice menos mal?
-M. F: Porque durante muchos años he tenido miedo de que alguno de mis hijos terminase en la cárcel. Pensar que el asesino está en la calle, con un sueldazo... Vive con una chica que sabe lo que hizo, pero como debe estar enamorada, no le importa; justifica lo que hizo diciendo que un mal día lo tiene cualquiera. ¡A 41 puñaladas le llama un mal día! Menos mal. Y porque los padres llegaron a casa un poco antes, si no el asesino se habría deshecho del cuerpo y quizá hoy estaríamos buscándola.
-L. D. L. H.: Es una vergüenza. Y encima nos dicen que solo nos movemos por el odio que sentimos. Es muy duro tener que enfrentarse a eso.
El vínculo con el asesino es como una losa que pesa sobre los familiares. ¿Saben de ellos, dónde están y qué hacen?
-M. F.: Siempre he sabido dónde está.
-L. D. L. H: En nuestro caso, el asesino de Virginia sigue en la cárcel, bien protegido para que no le ocurra nada. El día que salga, no sé... (Se queda pensativa).
-G.E.: Sí, yo también le he seguido la pista en todo momento.
Dicen que con los años las heridas se van cicatrizando, pero...
-M. F.: ...pero mis heridas no se curarán jamás y las cicatrices se siguen abriendo una y otra vez.
-L. D. L. H.: Todo duele igual. Parece que ha pasado mucho tiempo, pero para nosotros, no es tanto. A Virginia la mataron hace trece años. Y hay días, momentos, que parece que todo se revive. Sigues sintiendo ese dolor que te come por dentro y que intentas controlar, pero no puedes.
-G. E.: Las heridas sangran y, aunque pase el tiempo, las familias seguimos sufriendo muchísimo. No hay consuelo. En nuestro caso, mi madre no ha logrado superarlo, sigue anclada en el pasado. Durante años visitó a mi hermana todos los días en el cementerio. Yo no podía ir. Un día le dije: Ama, eso no te hace bien. Cogí los restos de mi hermana y los incineramos.
-L. D. L. H.: Yo también sigo yendo una vez por semana a visitar a Virgi al cementerio. Mi marido me espera en el coche. Entiendo a tu madre, Gaizka. Cuando entro, voy rápido; cuando salgo, lo hago más despacio, más tranquila. La he sentido más cerca y eso me reconforta. ¡Fíjate con lo que me conformo!
¿Cómo han intentado superar esta pérdida tan traumática?
-M. F.: Yo dejé el negocio familiar que tenía. Bajar a la recepción del hotel donde estaba Idoia y no verla allí... eso era muy duro. Cambié de vida.
-L. D. L. H.: Nosotros cambiamos de casa, en la otra había muchos más recuerdos.
-G. E.: También yo cambié de casa. El asesinato de Henar dejó en mí secuelas que no se curan.
-M. F.: No puedes curarte porque siempre descubres cosas nuevas. Yo pedí en el juzgado el informe y ahí me encontré con un montón de cosas que desconocía. Me habían dicho que Idoia tenía tres puñaladas. De eso nada; su asesino le asestó 41 sin piedad. No pude seguir leyendo. Lo dejé. Algún día lo retomaré.
-L. D. L. H: En nuestro caso nunca será igual, tampoco. Hay fechas que no se olvidan... su cumpleaños, aniversarios... Desde que Virginia no está, no celebramos la Navidad y en casa no ponemos el árbol.
-G. E.: A mí y a mi familia nos marcó para siempre. Me ha hecho tanto daño que no lo superaré jamás. Te afecta en todo. Te marca de por vida. Yo no quería tener hijos y, al final, lo tuve. Es una niña preciosa.
-M. F.: No sé si os ha pasado a vosotros. Mi dolor ha ido atravesando diferentes etapas. Al principio no eres consciente y poco a poco ves que Idoia no está. La intentas buscar, pero... Hoy en día estoy sentada viendo la televisión y oigo cómo mi hija me llama: “¡Ama!”. Salto del sofá, cojo el mando a distancia y bajo el volumen de la tele para oírla mejor. Pero... no, Idoia no volverá.
-L. D. L. H.: Muchas noches sueño con ella. Me toca la puerta con el pelo suelto y mojado (el día que mataron a Virginia había nevado). Yo quiero ayudarla, pero ella se esfuma.
-G. E.: Todos los 10 de febrero, la fecha de cumpleaños de Henar, me los cojo libre. Me voy al monte. Necesito estar solo, con mi pena y mi sentido de la culpabilidad.
Dice sentido de culpabilidad, ¿acaso se sienten culpables?
-G. E.: En mi caso, mucho. Moriré con esa culpa porque no la cuidé. Muchas veces pienso: ¿Por qué te fuiste voluntario a la mili?. Tenías que haber esperado a que te llamasen. Esto no habría pasado. Cuando murió mi padre me dijo: “Gaizka: cuida de tu hermana y de tu madre”. No lo hice. Eso es algo que me pesa. Por eso intento superarlo, dejar que Henar se vaya, porque no puedo hacer sufrir a mi mujer y a mi hija; no se lo merecen.
-M. F.: Pero no puedes vivir con esa sensación. Tú la cuidaste. Lo que pasó es que un mal nacido la mató. En mi caso, qué iba hacer, ¿prohibir a mi hija de 25 años que fuera adonde su novio? Ella le quería dejar, y a mí no me gustaba nada. Las madres tenemos un sexto sentido. Sabía que Idoia en el fondo estaba coladita por él. Por eso, aquella tarde acudió a su invitación...
-L. D. L. H.: Virginia no conocía al tío. Fue mala suerte, la cogió a ella porque aquella noche estaba allí. La obligó a meterse en el coche y se la llevó a Artxanda...
-M. F.: (interrrumpe) ¿Es cierto que volvió para rematarla?
-L. D. L. H: Sí, volvió. Y también la acribilló a acuchilladas como a tu hija. Virginia le pidió auxilio, le dijo que no le iba a denunciar, pero él regresó y la mató. Durante un tiempo pedí un muñeco para simular las 51 puñaladas que el asesino le había asestado a mi pobre hija.
-G. E.: Yo durante años estuve buscando el modelo de cuchillo con el que mató a Idoia.
¿El modelo de cuchillo? ¿Para qué?
-M. F.: Quería ver cómo era el filo del cuchillo con el que la mató. Recorrí ni sé cuántos centros comerciales y tiendas para dar con uno igual. No me preguntes por qué... lo necesitaba.
-G. E.: Yo intento no obsesionarme. Quiero cerrar página y seguir adelante.
¿Se han sentido solos en este camino?
-M. F.: Muchísimo. Solo he tenido ayuda de la Asociación Clara Campoamor, de su presidenta, Blanca Estrella Ruiz, y, de todo su equipo; ayuda jurídica y moral. Nosotros no tenemos derechos, los asesinos, sí.
-L. D. L. H.: Nuestros derechos se quedaron bajo las lápidas. Estoy harta de oír que queremos venganza. ¡Que paguen todos los años que les corresponde y que no salgan de la cárcel!
-G. E.: Lo que tienen que hacer es pagar la pena completa. No es posible que en 16 años estén fuera, con piso y sueldo. Ellos tienen derechos, pero a las familias, que somos también víctimas en vida, no nos queda nada. Entierran a nuestros familiares y ahí se pierde todo. Quedamos en el olvido con nuestra pena. El duelo, según los psicólogos, dura nueve meses... A partir de ahí parece que todo se cura... No se cura.
A pesar de todo, ¿a qué se aferran para seguir?
-M. F.: A la familia. Es lo que me ayuda. Yo era una mujer muy alegre; hoy es el día que cuando me voy por ahí me siento culpable.
-L. D. L. H.: Yo también en mi familia. Intento ocupar lo máximo el tiempo para no pensar y hacerme daño.
-M. F.: Idoia no se ha ido. No la dejo marchar. Delante de mi cama tengo una foto enorme de ella.
-L. D. L. H.: Tampoco Virginia se ha ido. Me resisto a que se vaya. Estará siempre con nosotros.
-G. E.: Pues yo, después de mucho tiempo, he decidido dejar que Henar se marche. Estaba demasiado aferrado a ella y eso me hacia daño. Necesitábamos descansar todos.