LA localidad costera de Muskiz atesora en su término municipal algunos de los botones que permiten anudar la camisa con la que se viste la historia del hierro encartado. Tal vez no tuvo los mejores cotos mineros de los montes de Triano o de Galdames de donde fluían la vena de Somorrostro, el mineral rubio o las sideritas que sentaron las bases del desarrollo industrial del que hoy somos directos herederos. Ni siquiera tuvo un puerto como el de Bilbao para la carga del mineral extraído en la zona o cargaderos a pie de ría como el baracaldés de Lutxana, pero Muskiz puede presumir de haber contado con nombres propios de la historia ferrona e ingenios tecnológicos de primer nivel europeo en los siglos XIX y XX, nombres que vieron la luz a orillas del cantábrico, en los cotos mineros de Kobaron.
Un legado que ayer fue puesto en franquicia por los responsables de la ferrería del Pobal -otro de los botones del parque tecnológico monumental de Muskiz- quienes prepararon una ruta que incluyó el castillo de Muñatones, morada del banderizo Lope de Salazar, dueño de la ferrería del Pobal y promotor del desarrollo preindustrial del hierro.
Maratón monumental En esta ruta de poco más de dos horas, incluido el traslado en autobús entre Muñatones y Kobaron, los 50 visitantes que participaron en este maratón monumental -planteado para celebrar el Día Mundial de los Monumentos y los sitios históricos- pudieron comprobar como el hierro es el hilo conductor de buena parte de la historia de Muskiz y la comarca. "El hierro es el común denominador en esta zona desde la baja Edad media con Lope de Salazar, el señor del hierro, hasta el cierre de las minas a mediados del pasado siglo" reseñaba la directora de la ferrería, Marta Zabala.
La novedosa ruta del coto minero empezó en el barrio del Kobaron donde apenas a 100 metros de las casas -en la senda que lleva al paseo Itxaslur- se encuentran, a mano derecha y cubiertos por la maleza, los únicos hornos de calcinación hechos en piedra que se encuentran en pie.
Monte arriba por la misma senda se llega al lavadero de Campomar, un enorme complejo de lavado que costó 3,7 millones de pesetas en 1909 y que contó con 8 kilómetros de línea de baldes para llevar el mineral. Debajo aún permanece el castillete sobre el que estaba situado el primer cargadero de costa: el de Pobeña.