HACE unos días estuve visitándole en su casa. Dentro de lo mucho que hablamos, nos hicimos un compromiso, que fue citarnos dentro de un año en el convento de Churubusco, en México, que es donde él se casó, para después ir a tomar una cerveza y un tequila a la Plaza de Coyoacán. Un lugar que quería y recordaba muchísimo su mujer, Anabella. Iñaki me decía: Bueno, de acuerdo, quedamos dentro de un año, pero la cerveza y el tequila te los tomas tú y yo, como mucho, me tomaré una Coca cola porque no me dejarán tomar otra cosa. Me decía: Me tomaré una Inca kola, porque lo último que he leído de Vargas Llosa habla de la Inca kola y no de la Coca cola. Yo creo que esto transmite, primero, el sentido del humor de Iñaki, su tranquilidad y, de alguna manera, el reposo para afrontar los retos y dificultades que se ha podido encontrar. Decir: Mira, me lo anoto, el día tal de marzo del año que viene nos vemos en Churubusco... Al final eres consciente de que tienes delante nada más y nada menos que un desafío de este tipo, que no depende de ti, y, sin embargo, tener un mínimo sentido del humor y de esperanza y de decir: Yo, por lo menos, haré lo que pueda para poder vernos". El emplazamiento, con sabor a despedida, lo recordaba ayer Jon Azua para dejar constancia, entre otras cosas, de que Azkuna era "una persona que podía parecer brusca, que iba por libre y que era de rompe y rasga, pero que en el fondo tenía un corazón tremendo y una fuerza extraordinaria que compartía. Aunque a veces no lo transmitía públicamente, era una persona tremendamente entrañable y sentimental. Yo tengo la suerte de poder decir que éramos unos grandes amigos"
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