EL mejor legado que puede dejar un alcalde es una ciudad querida por todos, donde se desee vivir y, porqué no, también la envidia de otras urbes que la rodean. Todo eso lo ha dejado Iñaki Azkuna con una gestión constante y clara durante varios lustros. Si dejamos aparte al alcalde franquista Joaquín Zuzagoitia, que ejerció el cargo 17 años (1942-1959), Iñaki Azkuna ha sido el regidor que más tiempo ha dirigido de forma democrática los designios de la villa en toda su historia moderna. Desde que tomara la makila como alcalde aquel lejano julio de 1999, ha sido el principal adalid de Bilbao. Enseguida entendió el viaje de revitalización que la ciudad había empezado con su predecesor en el cargo, Josu Ortuondo, y, apoyado por una década de bonanza económica e instrumentos de gestión inéditos como las sociedades Ría 2000 o Metrópoli 30, supo catapultar a la capital vizcaina hacia lo más alto y colocarla en la pomada de las urbes de futuro.

En ese empeño, el urbanismo y la arquitectura han sido una marca de la casa y la zona de Abandoibarra su máxima expresión. Su culminación el pasado año fue otro de los sueños cumplidos por Azkuna. Abandoibarra ha sido la operación urbana más destacada de la transformación de Bilbao, desarrollada sobre un espacio portuario obsoleto y degradado. Donde había grúas, tinglados y playas de vías hoy se levantan el Museo Guggenheim de Frank O. Gehry y el Palacio Euskalduna, ambos enlazados por un encantador paseo. Una pastilla urbanística de poco menos de 350.000 metros cuadrados que alberga parques, hoteles, un centro comercial y viviendas. La Torre Iberdrola, de César Pelli; la Biblioteca de la Universidad de Deusto, de Rafael Moneo, y el Paraninfo de la Universidad, de Álvaro Siza, completan esta operación singular para la transformación de Bilbao.

Y en todas estas intervenciones ha estado presente el alcalde, incluso con enfrentamientos serios como el que sostuvo con el diputado general, José Luis Bilbao, cuando, nada más jurar su cargo foral, decidió que la Diputación no iba a ocupar el rascacielos, emblema de la operación urbanística, poniendo así en riesgo la iniciativa.

Sin olvidar las raíces Abandoibarra, un espacio de uso preferentemente peatonal con un tirón inevitable para todo el que lo contempla desde sus diferentes atalayas. Una zona moderna pero conectada con lo que el alcalde denominaba "el corazón medieval del Casco Viejo". Así lo define en el saludo que ha ofrecido a todos los que han llegado a la villa en los últimos años y que aún tiene colgado el Ayuntamiento en su página web.

Azkuna nunca olvidó las raíces de las que procede la ciudad. Asegura en ese mismo escrito que "es bueno conocer la historia para saber de dónde venimos y a dónde vamos. En el caso de Bilbao, la historia demuestra que el secreto de su éxito radica en apostar siempre por nuevos horizontes que nos permiten avanzar como ciudad y como sociedad".

En ese reconocimiento de la recuperación de la vieja ciudad se posicionan una renovada Plaza Nueva, el edificio de la antigua Bolsa -Palacio John-, el mercado de La Ribera, el Teatro Arriaga, el Campos Elíseos y la Alhóndiga, la última joya arquitectónica que inauguró el alcalde.

El viejo almacén de vinos, por su coste en tiempo y dinero, pero también por el servicio tan multidisciplinar que ofrece, se ha convertido en otro polo de atracción arquitectónica. Ha sabido mezclar con gran acierto una fachada modernista, proyectada a principios del siglo XX por Ricardo Bastida, y un interior con el sello de Philippe Starck, el 'enfant' terrible del diseño europeo.

Urbanismo, arquitectura, diseño, imagen de cara al exterior, a esos miles de turistas que cada año vienen a conocer la capital vizcaina. Pero esa preocupación externa no significa que la gestión de Azkuna se olvidara de lo cercano, de los problemas de los barrios. Es quizás una de las bases para generar ese sentimiento de pertenencia común que tienen todos los bilbainos.

Un ojo puesto en los barrios La apuesta por pequeños proyectos periféricos se ha plasmado, legislatura tras legislatura, con la complicidad de los propios vecinos, una de las claves de su éxito. Allá donde iba el alcalde para inaugurar una acera o poner la primera piedra de un nuevo parque era siempre bien recibido. Los barrios altos, las zonas más cercanas a los montes, como Otxarkoaga, Altamira, Masustegi, Kobeta o Uretamendi han protagonizado iniciativas dirigidas a mejorar la accesibilidad y movilidad, favorecer su conexión con el centro y potenciar la vida en esos entornos. Allí se han generado lugares de ocio y disfrute, como zonas de juegos infantiles y de mayores, áreas deportivas o paseos.

A esta labor, financiada en solitario por las arcas municipales, se unió la mano izquierda del viejo médico para buscar la colaboración de otras instituciones ajenas al Ayuntamiento y también de empresas privadas que han permitido completar el mapa de un Bilbao redondo.

Ejemplos son el saneamiento de la ría, la construcción del metro firmado por Norma Foster y el tranvía. Las torres de viviendas del arquitecto Arata Isozaki, la operación urbanística de Basurto con el nuevo San Mamés y el polo tecnológico universitario o varios de los puentes que unen más Bilbao. Todo ello tras duras negociaciones con los diferentes representantes de los gobiernos vasco y central, la Diputación de Bizkaia, el Puerto o la UPV.

Un proceso de transformación urbana en conjunto que ha sido reconocido por todo el mundo con galardones tan prestigiosos como la Città d'Acqua de La Biennale de Venezia de 2004, el premio a la excelencia ISoCaRP en 2006 o la presencia de Bilbao en la Exposición Universal Shanghai de 2010.

Un listado de reconocimientos que su sucesor tendrá que aumentar en base a continuar con lo que Azkuna bautizó como "segunda fase de la transformación urbana de Bilbao". El próximo alcalde deberá terminar la operación urbanística de Basurto con los edificios universitarios que restan por construir y la nueva terminal de autobuses subterránea bajo el viejo campo de Garellano.

En el Ensanche, se deberá dar una solución adecuada para retirar de la superficie la estación de Abando aprovechando la futura llegada del tren de alta velocidad.

Pero el gran encargo, el legado final de Azkuna, es llevar a buen puerto la futura isla de Zorrotzaurre, la última extensión urbana firmada también por otra arquitecta de altura, la anglo-británica Zaha Hadid. Un desarrollo a ejecutar por lo menos durante las dos próximas décadas, el cual creará un moderno barrio con usos residenciales y nuevas empresas reunidas en un amplio parque tecnológico urbano. A Azkuna, seguro, le hubiera gustado conocerlo culminado.