Bilbao. Bajo a la atenta mirada de los transeúntes y de los indignados que acampan frente al Teatro Arriaga, Ángel Pavlovsky prepara su creación como invitado al concurso BilbaoJardín. Un jardín de manos, setenta y cinco para ser exactos; "un jardín de ensueño", como define él.

¿Por qué manos?

Admiro a las personas que tienen manos bellas. Me gustan las caricias, dar la mano. Me gusta ayudar y que me ayuden. Soy muy tocón. Me parece que este mundo estaría mejor si lo viviéramos de la mano. Me parece muy bien ayudar cuando hay catástrofes, pero no solo hay que hacerlo en esas situaciones. Hay que ayudar hasta donde llegamos con nuestra mano y eso no lo hacemos. También en el trabajo siempre faltan manos para llegar a terminar algo y por eso se me ocurrió hacer un jardín de manos.

¿Y la configuración?

Me pareció que las manos, de alguna manera, si te las imaginas como flores naciendo en un jardín, tendrían que nacer como una flor ¿no? Y no hay más.

Pero no son manos estáticas, tienen movimiento, interactúan...

En este jardín, las manos se van encontrando, se van acariciando, se van protegiendo. Se acarician, se tocan, pero tiene que haber lugar para el diferente.

Y ¿quién es?

El diferente es el pie. Esto no es un gueto de manos. En cualquier jardín se debe aceptar lo diferente si de pronto nace algo que en principio no corresponde.

¿Cómo llegó a esa idea?

Pensé muchas posibilidades. De entrada había una historia con manos que tenían objetos. Tenían abanicos, gafas, pañuelos, libros. Todo lo que puede tener una mano. Y había una con un cigarrillo fuera del jardín. Lo había mandado afuera, pero no se podían utilizar el afuera según las condiciones del concurso. Entonces, dije: "¿Ah no? Tiene que ser adentro, pues será un pie el diferente".

Y la vegetación...

Un manto verde de donde surgen las manos.

¿Es un paisaje subrealista?

No tengo una pretensión. A mí las etiquetas nunca me sirven. Incluso yo como persona, en mi trabajo y en mi vida estoy acostumbrándome a no definirme totalmente y dar a entender que yo soy así, así y asá. Primero, porque es muy difícil reconocer lo que somos, y, segundo, que me permito a esta altura de mi vida cambiar de ruta, de actividad y de todo lo que tenga ganas de cambiar en el momento que lo considere necesario.

El ser humano no está acabado, siempre está en evolución.

Los dioses no terminaron de crearnos.

Volviendo a lo terrenal. ¿Cómo se metió en este jardín?

Estuve en Bilbao en febrero, vine a trabajar con el mismo espectáculo que estoy haciendo ahora y surgió la invitación. Me gustó y dije que sí. Incluso tuve que suspender dos funciones en Barcelona, pero no hubo problema.

¿Alguna vez había creado un jardín?

No. Tengo una terraza con plantas, me gustan, pero de plantas no sé mucho, solo las cuido. Mi padre tenía jardines, generalmente, con rosas y yo los admiraba, hacía injertos y sabía mucho. También mi hermana tiene, como se dice, mucha mano.

Como invitado y parte del jurado, ¿en qué se va a fijar?

Soy un amante de la belleza y creo que la forma de ser más justo calificando es descalificar a los que no les encuentro la belleza necesaria. Algo que no es cosa fácil, porque los jardines tienen mucha belleza. Descalificaré a los que menos me transmitan. Puedo explicar por qué no me gusta algo, pero no por qué me gusta. Hay una magia que sin saber por qué hace que te atraiga.

Y lo de ser jurado, ¿le atrae?

No. Me gusta más hacer el jardín. Ser jurado es una forma de poder que a veces te toca. Acepté porque se trataba de belleza de jardines y yo no conozco a los autores, solo voy a decir cuál es el jardín que me gusta más.