Dudas más que razonables
Cuesta confiar en que en adelante el Athletic será capaz de ofrecer un rendimiento convincente y sostenido
Bilbao - A un espectador que hubiese presenciado el encuentro de Moscú le costaría entender que el equipo al que vio ganar holgadamente venía de ofrecer un rendimiento pésimo en sus tres compromisos anteriores. Tras ser informado de que su afición le dedicó sendas broncas en los dos que jugó en casa, la perplejidad de ese espectador se duplicaría si se le añadiese el siguiente dato: el Athletic solo ha perdido uno de los trece últimos partidos. Es probable que sin saber la identidad de los rivales, pero sí que salvo dos todos militan en la Liga española, le importaría menos que siete acabaran en empate y las victorias fuesen solo cinco. En cualquier caso, conociendo la citada estadística y con lo que vio en el Otkrytie Arena seguramente llegaría a la conclusión de que se trata de un conjunto muy competitivo.
Es imposible deducir hasta qué punto sería distinta la idea de esta persona sobre el Athletic si hubiese tenido la oportunidad de seguir cada uno de los doce partidos que antecedieron al del Spartak. Ahora, si además fuese seguidor de toda la vida del club rojiblanco, entonces sí que se sentiría descolocado y, sobre todo, defraudado, a pesar de la alegría recibida el jueves. Basta con fijarse en los recientes veredictos de San Mamés para apostar por ello.
La percepción que existe en el entorno del equipo no admite dudas. Se impone la convicción de que el Athletic no está dando la talla ante la evidencia de que entre su potencial teórico y el juego que despliega o los resultados que cosecha no existe una correspondencia. Básicamente se detecta un déficit de confianza, reflejado con nitidez en la calidad de su propuesta con el balón. El reproche se centra en el poco o mal fútbol que hace. En este sentido no es casual que el equipo alcance sus mejores prestaciones cuando le toca viajar, mientras que en Bilbao anda corto de recursos para gobernar los partidos y, lógicamente, no ve portería.
Cuatro de los cinco triunfos que aparecen en esta serie de trece citas han tenido lugar a domicilio: Zorya, Levante, Betis y Spartak fueron las víctimas. El único que cayó en San Mamés es el pujante Alavés, al que superó con cierta facilidad por cierto. En casa, el Athletic ha cedido empates con el Madrid, lo que casi equivale a una victoria, Real Sociedad, Eibar y Las Palmas.
El rendimiento contra armeros y canarios marca un punto de inflexión negativo, trae a la memoria el adiós a la Copa de noviembre. Sin juego y, lo que es más grave, sin iniciativa ni arrojo, el Athletic dio un perfil en las antípodas de que lo que siempre se espera de él, máxime en casa. Ese par de desastres, pese a que se saldaron con empate, y en medio el caos de Girona, un día nefasto de Ziganda que sus jugadores no supieron enmendar, han propiciado que cunda el desánimo y el cabreo de la afición se manifieste con crudeza.
La responsabilidad de una dinámica que todavía tiene en vilo al personal, pues no hay manera de intuir hacia dónde tirará el equipo, es compartida. La figura del entrenador ha quedado muy tocada. Es normal porque está al mando y con más de media temporada consumida no se ha vislumbrado una reacción de fuste, una estabilización en el proceder del equipo, más allá de que sea capaz de evitar derrotas. Y el discurso inicial de Ziganda, que muchos no olvidan, poco tiene que ver con lo que el Athletic practica.
los jugadores No obstante, hubo momentos en que el Athletic apuntaba una mejoría. El arranque de la racha de imbatibilidad que siguió al fiasco con el Formentera, por ejemplo, resultó esperanzador. Ahí, Ziganda movió hilos, acometió una reforma del once y se notó. El desengaño se fue abriendo paso cuando el equipo dejó de avanzar para abonarse al empate funcionarial, coincidiendo con el tramo de calendario más amable. Con un partido a la semana y ante rivales de la zona media y baja era la oportunidad idónea para desprenderse de la mediocridad y empezar a gestionar la competición con un talante diferente, pero la irregularidad de los protagonistas ha sido norma.
El Athletic ha repetido de salida la media y la delantera en seis de los ocho últimos partidos. En Getafe, Sabin suplió a Aduriz y en Girona, aparte de otras cuestiones, faltaron Aduriz y Susaeta. Este grupo lo mismo gana bien que se desdibuja. Pese a que goza de continuidad no acaba de asentarse. Hoy fallan unos y lucen otros, mañana es al revés y pasado se contagian todos, para bien o para mal. Así están funcionando Iturraspe, Rico, Williams, Raúl García, Susaeta y Aduriz. Es atrás donde hay variaciones cada día, auténticas transformaciones incluso, y sin embargo el balance defensivo supera con creces al ofensivo. Siendo más fácil contener que crear, hay algo de paradójico en la respuesta del equipo.
Ahora, con tanto vaivén, a ver quién es el guapo que sostiene que la demostración de eficacia de Moscú será el resorte que impulse definitivamente al Athletic hacia una versión convincente y sostenible. Ziganda declaró: “Juguemos bien o mal no somos fáciles” para los contrarios. En efecto, si no perderían más a menudo. Pero hay un salto pendiente. No es lo mismo ser competitivo como lo está siendo el Athletic y ser competitivo para aspirar a meterse en Europa el próximo año y agradar un poco.