Matthew Le Tissier, recibirá mañana el galardón ‘One club men’
Matthew Le tissier, que militó toda su carrera deportiva en el southampton, recibirá mañana en san mamés el novedoso galardón ‘one club men’.BLOG: ME VOY DE COPAS: Amor a los colores
sOUTHAMPTON, la ciudad que vio partir al Titanic el 10 de abril de 1910 hacia un desgraciado destino, recibe a sus visitantes con carteles tan curiosos como el siguiente: “Welcome to Southampton, you’re entering the country from Le God” (Bienvenido a Southampton, está usted entrando en el país del Dios). El fútbol es una religión en las islas y la población del sur de Inglaterra no iba a ser menos. El adorado, sobre quien recaen los honores, es Matthew Le Tissier (Guernsey, Inglaterra, 14-X-1964), que será premiado mañana por el Athletic y recibirá el novedoso galardón One Club Men. Su nombre no figura entre los mejores jugadores de la historia, ni si quiera copó las portadas de los diarios deportivos en su momento álgido, tampoco ha coleccionado títulos, pero su calidad y su facilidad para superar a los porteros rivales dejaron una huella imborrable entre los aficionados del Southampton, el equipo de los santos que en la década de los 90 encontró a su Dios.
Le Tissier, cuyo nombre coreaban los aficionados que se daban cita cada dos semanas en The Dell, haciendo famoso el cántico: “He is God, Matt Le God”, se convirtió en santo en 1985 y solo un año después debutó con el primer equipo, que por entonces militaba en la Segunda División inglesa. Aquel delantero corpachón, de 1,87 metros de altura y silueta redondeada, no era un atleta en el campo, ni mucho menos. Apenas se le veía correr, pero cuando lo hacía, temblaban los rivales. Lo suyo era un don para jugar al fútbol. Regateaba con suma facilidad, manejaba con soltura ambas piernas y sus cañonazos desde fuera del área resultaban casi siempre imparables. Fue un futbolista atípico. Un rara avis. Capaz de desesperar al aficionado más enérgico por su desidia en el terreno de juego y ganárselo tan solo un instante después con un disparo a la escuadra o una vaselina imposible.
A pesar de que marcaba diferencias en el terreno de juego, siempre huyó de los halagos. La humildad le caracterizaba; también la sinceridad. Conocía sus limitaciones. Pero por encima de todo, sus vicios. Nunca los escondió. “Me llamaban Le God, pero podría haber sido Matt The Fat (el gordo). Bebía tanta cerveza antes de los partidos que a veces me pesaba el culo. También me pasaba con las hamburguesas y el chili. Cuando me llamaban Dios, no sabía qué decir, sobre todo si me cruzaba con un cura. Yo no era Dios, claro”, ha reconocido en más de una ocasión.
En la temporada 1991-92, en la que no anduvo muy afortunado de cara a gol, pues únicamente firmó 15 dianas en 51 partidos, devolvió al Southampton a Primera División. El siguiente fue un curso histórico, pues el conjunto del sur de Inglaterra pudo participar en la primera edición de la Premier League. Le llegó el turno de medirse a los clubes más destacados del país.
un hombre con principios Esos mismos equipos se lo rifaban. Manchester United, Liverpool, Arsenal, Tottenham... Pero también fuera de las islas, pues en distintos momentos Lazio, Olympique de Marsella o Atlético de Madrid se plantearon ficharle. Nunca hubo respuesta. Matt Le Tissier no devolvía las llamadas. Estaba satisfecho con lo que tenía. No se vendió a la fama, a los títulos o a los millones. Juró amor eterno por la elástica rojiblanca del Southampton. Pero no todos en aquel vestuario pensaban igual. Tentado por aquello a lo que su compañero de equipo renunció, Alan Shearer, que fue santo antes que urraca, dejó la calidez del sur por el frío del norte. El Blackburn Rovers, al que llegó en 1992, primero, y el Newcastle, después, engrandecieron su leyenda. Dos mitos del fútbol inglés, cada uno a su manera.
Al acecho anduvo también el Chelsea, aunque la respuesta fue la misma: el silencio. Cuenta Ronnie Ekelund, su mejor amigo y compañero de equipo, cómo fue aquel intento de los blues por ficharle: “Antes de un partido en casa, Matt me comentó que el Chelsea le había hecho una oferta de tanto, tanto dinero, que la vida de los hijos de sus hijos estaría resuelta. Luego se calzó la botas, se puso la camiseta con el siete a la espalda y me dijo que no valía todo ese dinero. Aquel día ganamos, Matt marcó un golazo, se duchó y se fue a casa. Nunca devolvió la llamada al Chelsea”. Un hombre con principios.
Disfrutaba más que nadie ganando a los grandes. “Es fácil jugar en el Manchester United o en el Liverpool. Yo prefiero jugar al borde del abismo, con presión, sacando a un equipo de bajar a Segunda. Jugar en los mejores clubes es un reto bonito, pero hay un reto mucho más difícil: jugar contra los grandes y ganarles. Yo me dedico a eso”. Palabra de Dios.
El que fuera ídolo de Xavi Hernández, como así ha admitido el centrocampista del Barça -“solía ver mucho fútbol inglés. Recuerdo a Matt Le Tissier. Solían poner las mejores jugadas y él marcaba algunos goles espectaculares”, dijo en una entrevista en la BBC-, se retiró del fútbol en 2002 lastrado por las lesiones. Lo había dado todo por su amado Southampton, de quien ahora es embajador, pero le quedaron dos espinas clavadas. La primera, que solo pudo jugar ocho partidos con Inglaterra; la segunda, que de los 50 lanzamientos de penalti que realizó, falló uno. “Él era un seguro de vida, pero la pegó mal y lo paré. Después del partido se me acercó y me dijo que algún día tenía que fallar”, recuerda Mark Crossley, el único guardameta capaz de detenerle un penalti a Le Tissier. Fue en 1993, en un choque entre el Southampton y el Nottingham Forest. Un dios terrenal que mañana será homenajeado en San Mamés.