Gentes de mar

Las cofradías de mareantes y pescadores vascas en la Edad Media

No todas las villas costeras tuvieron cofradías de mareantes entre los siglos XIV y XVI, pero allí donde se instauraron, jugaron un papel fundamental para las gentes de la mar

31.10.2020 | 01:15

LAS cofradías de mareantes y pescadores de la costa vasca son organizaciones sociales integradas por profesionales dedicados a actividades económicas efectuadas o relacionadas directa o indirectamente con la mar. Maestres de nao, capitanes, marineros, mercaderes, comerciantes, pescadores, propietarios de astilleros y grumetes fueron algunos de sus miembros. Un pilar central del poder de la cofradía fue su capacidad jurisdiccional. Los conflictos internos de los cofrades normalmente se resolvían en primera instancia ante los mayordomos de la cofradía, aunque a veces se recurrió al nombramiento de jueces árbitros.

Todas las villas costeras vascas no tuvieron este tipo cofradías entre los siglos XIV y XVI. Las de Bermeo, Bilbao, Lekeitio, Hondarribia, Deba, San Sebastián y quizá Plentzia se fundaron en la Edad Media; las de Ondarroa, Mutriku, Getaria y Orio, en el XVI. Los Fueros locales, el Fuero del Señorío de Vizcaya, las Ordenanzas de las Hermandades guipuzcoanas y las municipales incluyen apartados referentes al mundo marítimo. Su articulado dejaba enormes vacíos en este campo. Las cofradías de mareantes completaron la legislación en vigor dotándose de ordenanzas con capítulos para pescadores, navegantes o mercaderes. Los poderes superiores casi siempre las reconocieron.

Organización

Desde una perspectiva jurídico-institucional el cargo principal de las cofradías fue el de mayordomo, abad en la de San Pedro (Hondarribia), mayoral en la de Santa María de Itziar (Deba) y fiel en la de Santiago (Bilbao). Estos fueron los máximos responsables del cumplimiento de las ordenanzas y de la gestión económica. Los mayordomos, uno o dos, el abad, mayoral y fiel administraron las cofradías con examinadores de cuentas, guardas, mayorales, señeros, atalayeros que avistaban las ballenas, ventadores, diputados, bedeles o guardavelas, según las características de cada cofradía.

Los cargos dirigentes se elegían cada año en sus reuniones generales. Las formas de elección variaron. Hubo cofradías donde los mayordomos salientes proponían a los entrantes o la mitad. En Bermeo la asamblea designaba una comisión electoral. La cofradía de Santa Catalina (San Sebastián) a mediados del XV seguía un sistema de insaculación abierto. Cada cofrade introducía su nombre en una bolsa. Luego, un niño sacaba las papeletas con los nombres de los nuevos cargos. A fines del XV se restringió el acceso a los oficios. Treinta nombres sacados de la bolsa por la mano de un niño ocuparían los cargos de mayordomo y examinadores de cuentas durante diez años, a razón de tres por año y mediante sorteo entre los que restaban por salir. En Bilbao entre los dos mareantes más votados para fiel de la cofradía de Santiago se echaba a sorteo para saber quién se quedaba con el cargo.

Las discrepancias entre cofrades podían expresarse públicamente. Los mayordomos tan solo intervenían si eran airadas, violentas o levantaban ruidos. El impago de multas podía suponer la expulsión de la cofradía. Se prohibía participar o apoyar Juntas contra los oficiales. La colaboración con ellos era imperativa. Había que obedecer al señero cuando señalaba el momento de dejar de pescar, dejaba la entrada al puerto a las pinazas según el orden de llegada, permitía salir a la mar, o marcaba el comienzo o el final de la pesca.

Defensa de la corporación

Las misiones de las cofradías eran múltiples: de seguridad marítima, económicas, sociales y religiosas. Preocupación esencial de las cofradías fue la defensa de la corporación ante otras instancias jurídico-institucionales o privadas. Hubo muchos proyectos en que concejos y cofradías coincidieron (mejora y gestión de puertos, de infraestructuras viarias, etc.). La cofradía y corporación de Santiago de Bilbao, por ejemplo, apoyó la nación de Vizcaya en Brujas y en 1511 la creación del Consulado de Bilbao (Universidad de capitanes, maestres de nao, mercaderes y tratantes), con jurisdicción sobre Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. No desaparecieron los choques de las cofradías con los concejos de Bilbao, San Sebastián, Hondarribia, Bermeo o Lekeitio por asuntos de jurisdicción, sociales o económicos. Las cofradías abogaban en sus ordenanzas por acrecentar el bien público y el del pueblo (Santa María de Itziar) y se posicionaron en las disputas políticas locales. En San Sebastián se prohibieron temporalmente a fines del XV.

En Lekeitio la cofradía de San Pedro influía en 1514 en la designación de la mitad del concejo. Su pulso con el poder local se manifestó en su oposición a los bandos políticos. La fiesta de San Pedro, el 29 de junio, prueba su influencia social. Había corridas de toros y un ágape especial. La elección de los dos mayordomos se hacía el 30 de junio a la mañana. A la tarde, varios mozos portaban una imagen de San Pedro sobre el arca de la cofradía, que contenía sus bienes y privilegios. Iban de la casa del mayordomo saliente mayor hasta la del mayordomo entrante con más años. Detrás venían tres mozos disfrazados de San Pedro, San Andrés y San Juan, y los mayordomos. Antes de 1607 se sustituyó la imagen del santo por el mareante enmascarado de San Pedro. Esta fiesta, en su origen de la cofradía, se extendió a todos los vecinos de la villa.

Búsqueda de seguridad Cometidos de las cofradías fueron la colocación de balizas en la mar para marcar zonas de peligro, el mantenimiento de lumbre en los faros y la limpieza de zonas navegables. Atendieron las reformas de puertos y muelles, y miraron por el buen funcionamiento de las lonjas. Desde una óptica económica bregaron por conseguir la prioridad de venta de mercancías o capturas pesqueras en los puertos, lonjas o mercados y quisieron fijar el precio de los productos vendidos en las villas. También regularon actividades pesqueras, de arrastre, transporte, comerciales y atendieron las labores de atoaje con los barcos procedentes de otros puertos para garantizar sin riesgo la entrada de sus mercancías en las villas. Los trabajos de arrastre, remolque, atraque y desatraque generaban ingresos suculentos a los marineros de pinaza. Esta actividad se reglamentó con detalle para evitar conflictos en su desarrollo (Bermeo y Plentzia). Por otra parte, hostigaron a quienes usaban aparejos de pesca susceptibles de esquilmar las aguas de peces. Además, es preciso destacar que los mareantes vascos conformaron las flotas militares vizcaina y guipuzcoana, tan apreciadas en la armada castellana y española.

Relaciones laborales En el plano socio-laboral propiciaron la armonía entre cofrades. La competencia desigual o fraudulenta de los maestres de naves por hacerse con los fletes fue prohibida en las ordenanzas de San Pedro de Bermeo. En esta cofradía y en la de Plentzia se exigía, so pena de sanciones, el cumplimiento de los contratos verbales entre maestres, marineros y grumetes, y se ordenaba a los maestres no expulsar a los marineros entre San Martín y Pascua Florida, salvo graves sin razones. Los contratos debían llevarse a efecto y las deudas saldarse. El derecho fue desbordado por la realidad social. Los conflictos entre maestres de naos o mercaderes con pilotos y marineros por motivos salariales fueron frecuentes. Los pleitos ante los mayordomos u otros jueces árbitros, luego incoados ante los tribunales municipales o regios, sacan a la palestra las irregularidades de maestres de nao y mercaderes con pilotos y marineros a fines de la Edad Media. En Bermeo los asalariados debían dirigir sus quejas personalmente al mayordomo. Estaba prohibido secundar las protestas para evitar que se organizaran sindicalmente. Y hubo mayordomos que no gozaron de la confianza de muchos cofrades por su falta de imparcialidad.

fraternidad y religiosidad

Las cofradías cumplieron un papel notable en los ámbitos social y religioso. La fraternidad fue uno de sus fines. La asistencia a los funerales, la celebración de misas por sus difuntos, la ayuda a los cofrades necesitados y sus familias, la compensación a las naves que socorrían a otras en riesgo de naufragio (Bermeo y Plentzia), el sustento de lámparas encendidas en las iglesias en honor del santo patrón (San Pedro, Santa María, Santiago o Santa Catalina), la comida confraternal anual o la organización de procesiones para rogar el amparo divino sobre todo en caso de tormentas y tempestades resaltan sus funciones de protección social y de búsqueda de favor espiritual. Las cofradías recaudaban dinero para socorrer a los marineros que no habían salido a la mar por enfermedad o minusvalía y pedían al maestre lo que les hubieran pagado si hubieran ido a trabajar. Las cofradías de Santiago (Bilbao), San Pedro (Bermeo) y Santa Catalina (San Sebastián) ejercieron competencias fiscalizadoras. Con sus ingresos financiaban costes de naufragios, reformas portuarias, la administración diaria o donaciones a las iglesias. Todos los cofrades no aplaudieron las decisiones de sus dirigentes, pero los principios de solidaridad de las cofradías reforzaron los lazos de amistad y favorecieron la cohesión e integración social entre individuos de condiciones económicas diferenciadas.

En fin, tiene su lógica calificar como asociaciones gremiales a las cofradías de mareantes y pescadores medievales.