Infancia en suspenso

21.06.2020 | 08:07
El cierre de escuelas y parques, y la imposibilidad de esparcimiento al aire libre en compañía de amigos ha hecho mella en la infancia.

Dificultad de concentración, desinterés, irritabilidad, agitación, nerviosismo, sentimientos de soledad, inquietud y preocupación son los principales síntomas que se han detectado a niños y adolescentes desde el estado de alarma

Desde el confinamiento, noto que está nerviosa. A veces, incluso me dice que le duele la tripa. Y no ha parado quieta, nos ha vuelto locos en casa. No ha escalado las paredes porque no podía, pero lo ha intentado. Y luego, cuando empezamos a salir, andaba unos metros y decía que estaba cansada, que quería volver a casa. Ahora, solo quiere salir si sabe que va a ver a alguna amiga de su gela en la calle. Echa mucho de menos la ikastola y su rutina. Salta a la mínima, está desafiante, irritable, nos contesta mal, y encima ahora empieza el verano, cuando vuelvan en septiembre a clase, si es que lo hacen, estará totalmente salvaje". Este es el testimonio de Ainhoa, madre de una niña de cinco años, pero podría ser el de cualquiera de sus amigas con hijos pequeños.

Y es que el 88,9% de los padres y madres ha notado cambios en el estado emocional y comportamiento de sus hijos e hijas durante el confinamiento, según un informe reciente de Unicef. Los principales síntomas que ha detectado la investigación Salud mental e infancia en el escenario de la COVID-19 son la dificultad de concentración, desinterés, irritabilidad, agitación, nerviosismo, sentimientos de soledad, inquietud y preocupación.

Las restricciones de movimiento impuestas a los niños y adolescentes durante el estado de alarma han sido particularmente rígidas con ellos y eso ha hecho mella en su salud emocional y mental. El cierre de escuelas, la falta de la rutina habitual, la imposibilidad de esparcimiento al aire libre en compañía de amigos, el distanciamiento físico de los seres queridos, la pérdida de familiares, el desempleo y las penurias económicas familiares, la incertidumbre generalizada sobre el futuro, la exposición excesiva a noticias inquietantes y pantallas, la falta de información adaptada, la interrupción de terapias y tratamientos específicos, así como la violencia y el abuso en el ámbito doméstico son algunas de las situaciones que se han producido con mayor frecuencia durante estos últimos meses.

"¿Cuándo puedo ir al parque? ¿Por qué no puedo ir a la ikastola? ¿Por qué tú sí sales a la calle y yo no? ¿Por qué está solita amama? ¿Por qué estás siempre en el ordenador y no me haces caso?". Estas son preguntas comunes a los que muchos padres y madres se han enfrentado durante este tiempo y que evidencian la preocupación, el desconcierto y la angustia de muchos niños y niñas. Las situaciones han sido muy diferentes en cada hogar, como también lo ha sido la respuesta de los menores. No es lo mismo vivir en un piso pequeño sin entrada de luz natural que hacerlo en una casa con terreno para poder jugar y correr. Tampoco es lo mismo vivir en un hogar estable que en uno con conflictos familiares. Como tampoco es lo mismo que tus padres estén preocupados por su futuro laboral o que se hayan quedado sin trabajo a que tengan estabilidad económica y laboral.

La situación ha sido difícil para todos y aquellos que han continuado trabajando se han encontrado con otros síntomas en sus hijos e hijas. El sentimiento de soledad y la frustración han sido algunos. "Yo tenía que salir a trabajar y mi mujer teletrabaja, así que el niño se ha pasado horas delante de la televisión" cuenta Iñaki, padre de un niño de dos años y medio. "Antes del confinamiento, mi hijo hablaba sin parar y de forma muy clara, y de pronto dejó de hacerlo, balbuceaba incluso. Le preguntábamos cómo se sentía y solo decía que estaba triste. Lo hemos pasado muy mal. Ahora que sale a la calle y que se relaciona con sus amigos del cole ha empezado a hablar otra vez y está avanzando".

Durante la infancia y adolescencia, el desarrollo cognitivo, social y emocional atraviesa sus fases más cruciales y las experiencias que se viven en estas etapas ocupan un lugar crítico en la conformación de la salud mental de una persona. "Lo que no se puede obviar es que, en España, las restricciones de movimiento impuestas a los niños, niñas y adolescentes han sido particularmente rígidas y, por ello, es muy importante actuar de forma urgente en los ámbitos de promoción y prevención, así como en la detección de las necesidades que hayan podido surgir o que se hayan agravado", apunta Unicef en su investigación.

"Puede ser una buena idea antes de decidir qué hacer, pararnos a hablar con ellos e intentar preguntarles. A los niños más pequeños, podemos pedirles que hagan un dibujo en el que nos cuenten cómo ha sido su confinamiento, lo que más les asusta del virus... También es importante que los niños, niñas y adolescentes tengan cierta dosis de actividad física y que los adultos tengamos más flexibilidad. Estamos ante una situación nueva en la que no podemos aplicar las normas de siempre. Desde luego que las normas siguen siendo necesarias, pero podemos dotarlas de mayor flexibilidad", recomienda la psicóloga Iratxe López.

"Una vez que hemos podido empezar a movernos con libertad por nuestra provincia, muchos padres y madres se han puesto en contacto con nosotras para iniciar la terapia. Estoy bastante segura de que la mayoría de ellos hubiese acabado igualmente en consulta. Pero sí es cierto que el confinamiento ha precipitado la situación", explica.

Terapias 

El encierro, desde luego, ha agravado la situación de muchos menores que ya seguían terapias en su consulta. De hecho, en muchos casos han tenido que paralizar las sesiones porque "los niños y niñas más pequeños no son capaces de llevar a cabo la sesiones de manera on line". "El confinamiento ha afectado de forma especial a aquellos niños, niñas y adolescentes que ya tenían dificultades previas, y si hablamos de enfermedades mentales este efecto ha sido mucho mayor. Pensemos, por ejemplo, en un niño que ya padecía niveles elevados de ansiedad antes del confinamiento. Este niño no ha podido jugar en el parque con sus amigos, que era algo que le permitía aliviar una parte de esa ansiedad. Por lo tanto, en muchos de estos niños y niñas ha habido un empeoramiento" apunta la psicóloga, que tiene su consulta en Bilbao.

Rober, un chico de 17 años, explica su caso en el informe de Unicef: "Yo tenía las citas con mi psicóloga y no he podido seguir durante estos dos meses, aunque hay que sobreponerse. Se puede hacer terapia on line, pero a mí no me convence. Tampoco es que yo esté muy bien, no llevo una buena racha con las amistades y la familia. Por problemas familiares, al inicio del confinamiento he tenido que cambiarme de casa y lo que estoy intentando hacer es no pensar, intento llevarlo de la mejor manera posible".

Cómo él, otros menores han dado su testimonio. "Lo que más me ha preocupado es la salud de mi familia y porque mis padres no tienen trabajo. Al Gobierno le diría que ayude a la gente. Ahora que se puede salir un poco más, lo veo bien, pero tengo miedo de que haya más contagiados", expresa Naiara, de 12 años. "Todo el mundo, por introvertido que sea, necesita salir. Y, ahora, estar solo con tu mente da miedo porque tienes mucho tiempo para pensar con tantas cosas, que te agobias tú mismo. Necesitas algo con lo que estar entretenido porque cuesta mucho desconectar de la situación actual", apunta, por su parte, Anuar, de 17 años.

"Yo me he sentido como en una montaña rusa; al principio pensaba que lo llevaría bien, pero no ha sido así, he estado fatal. Me di cuenta que esto iba más para largo y convivir con tu familia 24 horas es duro, los deberes, ya no tienes rutina, te empiezas a acostar de madrugada€ acabé súper estresado y súper mal. Y ahora voy tirando, anímicamente un poco mejor", sostiene Noah Josué, de 15 años. Por todo ello, Unicef urge a la elaboración de una estrategia que refuerce el papel de la atención primaria y escuche a los niños y adolescentes


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