Las otras pateras

13.09.2020 | 01:16

SI a las costas meridionales europeas van llegando pateras de diversos países africanos, a las norteamericanas se dirigen balsas con cubanos que se enfrentan a las peligrosas corrientes de los estrechos de Florida. Quienes no pierden la vida en la travesía, corren el riesgo de que las autoridades de inmigración norteamericanas los devuelvan sin piedad a la isla que querían dejar atrás.

A diferencia de lo que ocurre en Europa, donde las muertes de los migrantes provocan debates y llamados a la solidaridad y expediciones de salvamento, en Estados Unidos la suerte de estos náufragos o inmigrantes frustrados ni siquiera se comenta en los medios informativos.

Es un cambio radical frente a lo que ocurrió durante el siglo XX desde la toma de poder en Cuba por Fidel Castro: millares de cubanos emigraron legalmente a Estados Unidos y, cuando ya no pudieron hacerlo, se lanzaron al mar en pequeñas embarcaciones para hacer la travesía desde su isla a la parte meridional de Florida.

Fue un goteo constante hasta el punto de que hoy viven en Estados Unidos cerca de 2,5 millones de cubanos, entre emigrados y descendientes de quienes huyeron del sistema castrista. En Miami reside nada menos que medio millón de cubanos

Durante décadas, su llegada a EE.UU. fue muy distinta a la de los inmigrantes indocumentados de otros países, a quienes generalmente la policía devolvía sin contemplaciones al otro lado de la frontera mexicana. Los cubanos, en cambio, eran recibidos con los brazos abiertos, se beneficiaban de programas de acogida e integración, o incluso los rescataban en el mar funcionarios del servicio de guardacostas y organizaciones de cubanos residentes en Estados Unidos.

El motivo de la diferencia era la Guerra Fría, que convertía a los cubanos de inmigrantes ilegales en exiliados políticos que huían de un régimen comunista aliado y financiado por la Unión Soviética, el gran rival de Estados Unidos. Gracias a ello, se beneficiaban de la Ley de Ajuste Cubano, que les permitía vivir en "libertad provisional" durante un año y un día, al cabo del cual se convertían en residentes legales. Tenían además todo tipo de beneficios para promover su integración en la sociedad norteamericana.

La situación empezó a cambiar en la última década del siglo pasado: con el fin de la Guerra Fría, acabó la justificación para acoger a refugiados de países comunistas y Bill Clinton (presidente de 1991 a 1999) inició una política de acercamiento a Cuba con intentos de restablecer relaciones diplomáticas. Con esto, los privilegios para la inmigración cubana empezaron a desaparecer, pero no el deseo de los ciudadanos cubanos de abandonar la pobreza de su isla y disfrutar de las posibilidades económicas que veían en EE.UU.

Al cerrarse otras vías legales, las salidas de la isla en pequeñas embarcaciones se intensificaron y, aunque el gobierno cubano dejó de perseguirlos, la travesía era extraordinariamente peligrosa. Muchos morían en su intento y el único testimonio de su tragedia eran quedaban las balsas vacías que a veces llegaban a las costas florideñas.

Un grupo de exiliados cubanos organizó las expediciones de "Hermanos al Rescate", cuyos helicópteros patrullaban las 90 millas que separan la isla de los cayos de Florida para localizar a las balsas y salvar a sus ocupantes. Sus operaciones acabaron cuando el gobierno de La Habana decidió que esos helicópteros se habían adentrado en las aguas jurisdiccionales de la isla y derribó dos de los aparatos, lo que obligó a Clinton a suspender su política de acercamiento a Cuba.

El mayor cambio en las normas migratorias consistió en la política de "pies secos o mojados", en vigor desde la Administración Clinton: quienes conseguían llegar a terreno norteamericano, se beneficiaba de las normas de la Ley de Ajuste Cubano, pero los rescatados en el mar eran devueltos a Cuba, cuyo gobierno se comprometía a no perseguirlos por su intento de fuga.

La situación ahora es mucho peor para ellos, pues la protección de que gozaban los "pies secos" ha desaparecido y están ahora en la misma situación que el resto de los que aspiran a emigrar a Estados Unidos.

Muchos pensarán que son víctimas de la política del presidente Trump, que tantas veces se ha mostrado hostil a los inmigrantes, pero sus últimos problemas empezaron mucho antes y son consecuencia del viaje "histórico" del presidente demócrata Barak Obama a Cuba, que acabó con medio siglo de enfrentamientos entre ambos países y permitió el establecimiento de relaciones diplomáticas.

Muchos lo vieron como una versión caribeña de la Ostpolitic alemana que estableció un diálogo entre las dos Alemanias, pero la normalización diplomática no ha llevado a concesiones más que por parte de EE.UU. pues Cuba no ha modificado ni su política internacional ni en el campo de los derechos humanos.

Que los inmigrantes cubanos fueran peor tratados por los presidentes demócratas que por los republicanos podría explicarse por el perfil del votante cubano, generalmente conservador y con gran influencia en los resultados electorales de Florida, un estado clave en recientes elecciones.

Pero con la llegada del republicano Trump a la Casa Blanca, la situación no mejoró para ellos sino que se ha endurecido aún más, pues les aplica su resistencia a cualquier tipo de inmigración: si tratan de cruzar la frontera mexicana, les prohíben la entrada y han de esperar a que se tramite su petición de asilo. Si consiguen sobrevivir la travesía en balsa, son deportados a Cuba o han de esperar en México.

La opinión pública norteamericana no les presta atención, en buena parte porque los medios informativos –a excepción del estado de Florida– apenas hablan de ello: a diferencia de las crónicas para generar compasión hacia los inmigrantes de México y otros países de Continente, hacinados frente a los pasos fronterizos, hay poca simpatía por los cubanos.

Los balseros cubanos parecen así atrapados en el proceso político norteamericano donde los olvidan tanto los demócratas como los conservadores, quienes tratan de evitar cualquier inmigración a toda costa.