El 18 de julio se cumplirán 90 años del Golpe de Estado que militares españoles dieron contra la legítima Segunda República. La efeméride invita a recuperar las voces de quienes vivieron aquellas horas desde el compromiso con la legalidad democrática. Una de ellas fue la de José María Lasarte Arana, el diputado más joven de las Cortes republicanas. Tenía 24 años.

Él era una de las figuras emergentes del nacionalismo vasco. Nacido en Donostia en 1912, abogado de profesión, había militado desde muy joven en el PNV y en el sindicato ELA-STV, del que fue asesor jurídico. Presidió las Juventudes Vascas de la capital guipuzcoana y comenzó a adquirir notoriedad al defender en los tribunales a los alcaldes nacionalistas procesados tras enfrentarse al Gobierno de la CEDA en 1933. Aquella intensa actividad política y jurídica lo convirtió, sin llegar a cumplir los 25 años, en candidato del PNV por Gipuzkoa en las elecciones generales de febrero de 1936.

Su testimonio, recogido meses después por el etnógrafo José Miguel de Barandiaran en ‘La Guerra Civil en Euzkadi’. 136 testimonios inéditos, constituye una de las narraciones más valiosas sobre cómo vivieron las primeras horas del golpe quienes permanecieron fieles a la legalidad republicana. Lasarte comienza su declaración recordando el clima político previo a la guerra. Había sido candidato por Gipuzkoa en unas elecciones extremadamente tensas. Describe incidentes violentos en colegios electorales de Donostia, disparos, urnas rotas y enfrentamientos entre militantes nacionalistas y del Frente Popular.

Sin embargo, lejos de responsabilizar a la izquierda del deterioro democrático, sitúa el origen de la radicalización en una sociedad profundamente polarizada, donde las derechas utilizaron el miedo, la religión y la amenaza económica como instrumentos electorales. Incluso recuerda que los nacionalistas llegaron a apoyar al candidato republicano Ansó para impedir la elección de un diputado comunista, reflejo de la complejidad política de la época. Su relato demuestra que el Euskadi de 1936 estaba muy lejos de la imagen simplificada de dos bloques perfectamente alineados. “Nada sabíamos del movimiento militar”, mecanografía.

Uno de los pasajes más significativos de su declaración desmonta una de las leyendas difundidas durante décadas por la propaganda franquista: que el nacionalismo vasco conocía de antemano la conspiración militar. Lasarte es tajante. Explica que “únicamente circulaban rumores”. Incluso evoca una conversación mantenida con el presidente del Gobierno, Santiago Casares Quiroga, a quien trasladaron las noticias que corrían por Donostia sobre una posible detención del general enemigo Mola. La respuesta, afirma, “fue de absoluta incredulidad; Casares llegó a bromear diciendo que terminarían deteniéndolos a ellos por difundir bulos”.

Aseguraba que aquella anécdota reflejaba hasta qué punto el Gobierno republicano subestimó la inminencia del golpe. Narra casi hora por hora cómo vivió aquellas jornadas decisivas. Había regresado de Madrid a Donostia cuando comprobó que la ciudad era un hervidero de rumores. Durante la noche fue llamado a la sede del PNV, la histórica Eusko Etxea, donde coincidió con dirigentes nacionalistas como Manuel de Irujo y Telesforo Monzón para intentar comprender qué estaba ocurriendo. Las noticias llegaban de manera confusa y contradictoria. Corrían informaciones sobre la situación en Nafarroa, sobre el desarrollo de la sublevación en Burgos y sobre posibles movimientos de tropas en el entonces denominado cuartel de Loyola, pero “nadie disponía de datos fiables”. Incertidumbre. ¿La sublevación militar acabaría extendiéndose también a Gipuzkoa? Uno de los episodios más reveladores se produce cuando Irujo, Monzón, el propio Lasarte y otros nacionalistas acudieron al Gobierno Civil de Gipuzkoa para entrevistarse con el gobernador. “Nosotros manifestamos nuestro rechazo a la sublevación militar, aunque dejaron claro que no estaban autorizados para hablar oficialmente en nombre del PNV".

Posteriormente, explica, el gobernador declaró a la prensa que el PNV se había adherido al Gobierno republicano con una reunión mantenida en Durango y se había puesto a su disposición contra el movimiento militar. Lasarte, Irujo y Monzón realizaron además una alocución radiofónica en defensa de la legalidad republicana y, en las semanas siguientes, el joven diputado participó activamente en la organización de la resistencia vasca. Colaboró en la creación del Eusko Gudarostea, el Ejército vasco, en la comandancia de Loyola y fue uno de los impulsores del nombramiento de Cándido Saseta como comandante de las fuerzas vascas.

Algunos militantes del Frente Popular patrullaban armados tras recibir pistolas de sus organizaciones. En agosto de 1936 fue nombrado responsable del servicio de información del recién constituido Gobierno de Euzkadi y, durante la guerra, desempeñó diversas misiones políticas y diplomáticas. En 1937 intervino como representante vasco ante los mandos italianos del Corpo Truppe Volontarie durante las negociaciones que desembocaron en el pacto de Santoña.

La declaración en la que reconstruye los acontecimientos de julio de 1936 está fechada en Endara (Angelu) el 21 de agosto de 1937, apenas un mes después de la caída de Bilbao y cuando el desenlace de la guerra en Euskadi era ya irreversible. Poco después, como miles de vascos, emprendió el camino del exilio.

Instalado en París, organizó el Servicio Secreto Vasco en contacto con los servicios franceses, visitó las comunidades vascas de Nueva York y Montevideo y participó en la firma del pacto Galeusca en 1944. Intervino en las Cortes de la República en el exilio en representación de la minoría vasca y, entre 1946 y 1952, fue consejero de Gobernación del Gobierno de Euzkadi en el exilio. Durante ese periodo impulsó la Oficina de Prensa de Euskadi y estrechó las relaciones del nacionalismo vasco con la Internacional Demócrata Cristiana.

Tras dimitir de su cargo se trasladó a Caracas, donde ejerció la abogacía hasta su regreso. De vuelta a Euskadi dedicó sus últimos años a reorganizar el PNV, promover la cultura vasca y fortalecer los vínculos entre el nacionalismo vasco y el catalán. Falleció en Donostia el 20 de diciembre de 1974, casi un año antes de la muerte del sanguinario Franco y sin llegar a conocer el final de la dictadura ni la restauración de la nueva democracia, esta vez, bajo régimen monárquico y rojigualda.