bilbao - La despedida de Julio Rebato, en la parroquia de Covadonga el pasado viernes, fue una manifestación masiva de cariño que familiares, amigos, compañeros, vecinos y conocidos brindaron a la persona con la que habían compartido trayectoria o simplemente habían tenido la fortuna de cruzarse con él en algún momento de la vida. La emotiva ceremonia contó con la presencia de centenares de amigos. Compañeros de trabajo, amigos y personas relevantes del baloncesto vizcaíno desde los años 70 y 80 hasta la actualidad estuvieron presentes para testificar su aprecio por Julio. Para quien pasara por allí, la multitud que abarrotaba los aledaños del templo de Solokoetxe era el testimonio de que se estaba diciendo adiós a alguien muy querido.
Y así era. Julio, 59 años recién cumplidos, casado, había sido derrotado, como tantos otros, por una enfermedad despiadada contra la que él luchó con gallardía durante los meses transcurridos desde el fatídico diagnóstico.
Afrontar la adversidad Julio, educado en las aulas del Patronato y de Santiago Apóstol antes de su etapa universitaria, centró su especialización profesional en la informática, un ámbito en el que desarrolló toda su vida laboral con competente profesionalidad y general reconocimiento. Tuvo que superar un par de contratiempos, consecuencia de la crisis de los ochenta y de un fallido proyecto empresarial, pero su nivel profesional le permitió sortear airosamente estas dificultades. En una ocasión, el responsable de tomar la decisión de contratarle dudaba porque Julio presentaba una cualificación muy superior al perfil requerido y temía que durara poco en el puesto y pronto lo abandonara a favor de otra opción mejor. Alguien que conocía bien a Julio le hizo ver que no sería así, que la lealtad era una de sus muchas cualidades. Y así fue.
Lealtad La lealtad era uno de los muchos valores que atesoraba Julio. Se manifestó con nitidez en la relación con sus amigos. Mantenía el mismo grupo de amigos desde su adolescencia y en las relaciones que con su natural afable fue construyendo a lo largo de su vida mantuvo el mismo principio.
Su fidelidad inquebrantable al Patronato, su club de toda la vida, fue otro de sus rasgos definitorios Desde sus inicios como delegado y luego directivo a principios de los años setenta, Julio se mantuvo irreductible en la Junta y fue el nexo aglutinador de un equipo de gente a pesar de las variaciones, entradas y salidas en el núcleo directivo. Julio siempre estaba allí, discreto, constante, afable, perseverante. Su apariencia amable, ausente de agresividad, escondía un espíritu fuerte, de convicciones irrenunciables y provisto de una tenacidad a prueba de crisis.
En 1994 desapareció el Caja Bilbao, un club que el propio Patronato había ayudado a gestar y el baloncesto de Bizkaia volvió a entrar en una travesía del desierto como la vivida tras la caída del Aguilas en 1978. Como entonces, fue el Patronato quien dio un paso al frente para coger la representación vizcaína y convertirse en el primer equipo del territorio. En esos años difíciles (1994-1999), Julio asumió el reto de presidir el club como le pidieron sus compañeros de Junta y el aceptó con valentía. A una persona tan discreta y habituada a la colaboración desde el segundo plano, aportando dedicación, sensatez y cariño a su actividad en el Club, no le movía ningún afán de notoriedad. Bajo su presidencia el Patronato disputó varias temporadas en las ligas EBA y LEB en uno de los ciclos más complejos para el sexagenario club de Iturribide. Su labor fue siempre altruista, movida por sus afectos y lealtades, sin que le reportara ningún beneficio económico.
Deportista y aficionado Julio se dedicó sobre todo a facilitar el desarrollo del baloncesto en el Patronato, principalmente como directivo, pero también como delegado, colaborador federativo con selecciones de base, promotor del atletismo femenino en el club y sobre todo como discreto muñidor en la sombra de cuantas iniciativas fueran a favor del deporte de sus amores. Y también practicante, Su actividad como corredor urbano era bien conocida por sus amigos. En los últimos años era un asiduo participante en las carreras populares.
Gran ser humano Las cualidades profesionales y deportivas de Julio no deben ensombrecer su principal bagaje: el de un excelente ser humano. Su ser naturalmente bueno. Y ello no dicho como el elogio paliativo a falta de encontrar otras cualidades, sino todo lo contrario. En el caso de Julio es el calificativo global que abraza sus principales valores: afabilidad, humildad, buen carácter, honradez, lealtad, sensibilidad, profundas convicciones, muy amigo de sus amigos, como ya se ha dicho y quedó bien patente en Solokoetxe el pasado viernes.