En el punto álgido de afluencia, entre las tres y media y la cuatro y media de la tarde, los autobuses van tan llenos que solo falta un empujador como en el metro de Tokio. Cuando la chavalería -a veces se desliza algun talludito moderno- consigue montarse, lleva más de 40 minutos esperando y no está el horno para bollos.

En colas kilométricas esperan pacientes góticos, jevis clásicos, death metaleros y mucho guiri de nombre impronunciable y melena rubia. Entre tanto friki, encontramos a tres jóvenes que destacan por su austeridad. Sin acompañamiento espirituoso, sin equipaje, nos topamos con Jon, un navarro de Ujue, Paula Bolaño y César Prieto que vienen de Las Palmas de Gran Canaria. Amigos y conocidos por internet se estrenan hoy en el festival. Viajan a manos limpias “porque yo estoy en el camping y ya subí el miércoles para montar la tienda”, dice el navarro, “y nosotros nos alojamos en un hostal del Casco Viejo”, aclaran los otros. La logística del transporte la tenían clara. “Como la lanzadera nos viene con el tique nos merece la pena subir así. Ya sabemos que hay unas cuantas curvas, pero eso es pan comido para un canario”, matiza César.

La línea de autobús gratuito que circula ininterrumpidamente de miércoles al domingo desde las próximidades de San Mamés está a tope. “En el BEC habrá menos cola pero esto está más céntrico”, dicen. “¿Hora punta? Es que luego cortan los accesos al tráfico y hay que andar algo más”, especifican. Hace ya rato que se ha colgado el cartel de hasta la bandera. “Esto es una pasada. Hay muchísima gente. Ayer eran solo los del camping, pero hoy ya acceden todos al recinto porque empiezan los primeros conciertos”, declara sobrepasada Melanie Monedero, encargada de que todo el mundo lleve la pulsera y de que suban en orden. Tampoco dan a abasto Lucía Moto o David, otros de los colocadores. “Controlamos que no haya malos rollos, que no se produzcan disputas y sobre todo intentamos aligerar las subidas y bajadas”.

También dan instrucciones a los chóferes cuando las unidades están llenas y les señalan la parada. Andoni, uno de los conductores, resopla. “Esperábamos afluencia, pero esto es alucinante”. Admite que no dan guerra aunque la Samsonite se clave en el culo del pasajero de al lado y las botellas vayan encajadas en las axilas. “Los autobuses funcionan de lujo, pero si la gente se quiere dejar el dinero en taxis, ellos mismos. ¿Que hay colas? Pues sí, claro, como en cualquier festival... Vamos que es lo más normal del mundo”, revalida Noelia, que acaba de lograr secarse la cerveza.