rincones perdidos en la memoria

Tierra de piedras y sentimientos

La iglesia de los Santos Juanes y el conocido como Museo Vasco albergan la tierra de ‘pastoreo’ del Mikeldi , un ídolo que esconde una historia a sus espaldas y un propósito, se cree que religioso, ligado con el sol y la luna

09.02.2020 | 04:47
Original del Mikeldi, aposentado en el claustro del Museo Vasco, con su enigmática figura.

LÉASE con reposo la placa que reza a sus pies:

"El Ídolo de Mikeldi se expone en este Museo desde 1921 como depósito de los industriales durangueses José Patricio Ortueta Sagastagoya y Justo Larrañaga Aguirre tras las gestiones del escritor euskaldun Federico Belausteguigoitia Landaluce. En nombre del Museo, gracias a todos ellos en nombre de Bizkaia".

Es, hasta la fecha, el último round en el duelo que hace unos años enzarzó al Ayuntamiento de Durango, deseoso del regreso "a casa" de la talla zoomorfa, con el Museo Vasco, donde hoy pasta el animal de piedra como eje del centro, como foco sobre que alumbra este paseo por una tierra de piedras y sentimientos. Comenzaremos contando los orígenes de la talla. El ídolo de Mikeldi es una escultura zoomorfa de piedra arenisca hallada, como dije, en Durango. ¿Cuándo? He ahí una primera pregunta sin respuesta concreta. No en vano, En 1634 Gonzalo de Otalora y Guitssas en su libro Micrología de la Merindad de Durango habla ya de la existencia de este ídolo, describiéndolo e indicando la existencia de caracteres "notables y no entendidos", así como su antigüedad. En 1864 Juan Ernesto Delmas redescubre el ídolo y lo quiere reubicar de una forma digna pero la propietaria de los terrenos obliga a que vuelva a ser enterrado. En 1896 se coloca junto a la casa que hay al lado de la ermita de San Vicente, la operación la realiza la dueña de la casa, Saturdina de Isusi.

Sigamos revolviéndonos en las páginas de historia. En 1920 el director del museo arqueológico de Bilbao, Jesús Larrea, obtiene el permiso del dueño de los terrenos para trasladar el ídolo al museo, dejando en Durango una réplica del mismo. La pieza va en calidad de depósito y realizado por los industriales durangueses José Patricio Ortueta Sagastagoya y Justo Larrañaga Aguirre tras las gestiones del escritor Federico Belausteguigoitia Landaluce, quedando expuesta al público en el centro del claustro del museo desde 1921.

Digamos que la talla representa a un cerdo o a un toroque incorpora entre su patas un disco. Su datación es incierta (algunas teorías apuntan a la Segunda Edad del Hierro entre los siglos IV y II a. C.) y toma el nombre de la ermita junto a la cual fue hallado, San Vicente de Miqueldi.

Se trata de la representación de un cuadrúpedo, toro o verraco de 1560 kg y un volumen de 0,625 m?3;, realizada en piedra arenisca de Gallanda, zona cercana al hallazgo, que tiene un disco entre las patas. No queda rastro de inscripciones aunque hay testimonio de que las tuvo, testimonios ratificados por un estudio un estudio tridimensional, mediante láser y escaneo realizado en mayo de 2013. Se cree que tuvo finalidad funeraria. Es una pieza única en el País Vasco, siendo bastante habitual en la meseta castellana. Es similar a los verracos de piedra de los vetones; la principal diferencia con estas esculturas es el disco solar (o lunar) que sostiene bajo su cuerpo.

El Museo Vasco de Bilbao se encuentra enclavado en pleno Casco Viejo de la Villa de Bilbao, ocupando el edificio del siglo XVII del que fuera Iglesia y Colegio San Andrés de la Compañía de Jesús. Este Colegio y su Iglesia (actual Parroquia de los Santos Juanes) constituyen la primera fundación de los Jesuitas en la Villa, realizada en merced a la voluntad del bilbaino Domingo de Gorgolla, Mayordomo del Cardenal de Toledo. A este legado se añadirá en 1630, el realizado por Antonia de Zamudio Martiartu. La construcción de este conjunto monumental se prolonga hasta bien entrado el siglo XVII, si bien parece que la mayor parte de la obra fue ejecutada entre 1610 y 1630. Dejando de lado la Iglesia, las dependencias del Colegio se articulaban en torno al Claustro, elemento sobrio y austero formado por cuatro crujías, dos de cinco tramos y dos de seis, con arcos de medio punto sostenidos por pilares y tres alturas, destinadas a las instalaciones propias de un centro de enseñanza.

En el año 1767, a raíz de la Orden de Carlos III, se produce la expulsión de los Jesuitas de España, que quedan además desposeídos de todos sus bienes, los cuales pasan a disposición de la Corona. Por Real Orden de 1769, y a petición del Ayuntamiento de Bilbao en tanto patrono de las iglesias parroquiales de la Villa, se autoriza el traslado de la Parroquia de los Santos Juanes, entonces sita en Atxuri y en estado ruinoso, a la Iglesia del Colegio, hecho que se produce a finales del año 1770. Previamente a la ocupación fue, sin embargo, necesario separarla de las dependencias del Colegio, mediante un muro divisorio que cerró las comunicaciones entre ambos edificios y que privó a la Iglesia del Claustro.

Durante un centenar de años el edificio del actual Museo y sus terrenos y jardines situados en la parte posterior, fueron ocupados por la Santa Casa de Misericordia, dando asilo y refugio a pobres, enfermos, impedidos y huérfanos, a quienes se ocupaba e instruía en el aprendizaje de ciertos oficios ( panadería, manufacturas de hilado de lana y tejidos de cáñamo...), entre los que destacó la alfarería, que dio lugar a la creación de una fábrica de loza ordinaria y fina, de cuya producción conserva hoy el Museo algunos destacados ejemplares.

La Iglesia parroquial de los Santos Juanes, del siglo XVII, ocupa, junto con el Museo Vasco, lo que, como les dije, en su día fue una fundación jesuítica extramuros del casco histórico: el conjunto de la Iglesia y el Colegio de San Andrés. Sometida a sucesivas transformaciones, esta iglesia de estilo barroco con elementos renacentistas, dispone de un altar dedicado al Sagrado Corazón, único en el mundo. Tras las inundaciones de 1983, fue restaurada bajo la dirección del arquitecto Miguel Ángel Corcuera. Es un modelo de iglesia jesuítica, con planta de cruz latina inscrita en un rectángulo y nave central con capillas a los lados.

Digamos que desde la entrada del Museo Vasco para ver el atrio donde reposa el Mikeldi hay unas vistas a la plaza Unamuno. Y la casa con el reloj, justo encima de la actual boca de metro, que marca el lugar desde el que salían los muertos que no tenían recursos hacia el cementerio. Una vez que se construyó la estación de Lezama, era el tren el que transportaba los cadáveres hasta Derio. Incluso, llegaron a viajar muertos y vivos en vagones diferentes del mismo tren. ¡El acabose!

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