El nuevo lenguaje de Internet

22.03.2020 | 00:24
El nuevo lenguaje de Internet

Hace unas semanas nos enterábamos que un juzgado en Vigo había tipificado como contrato una conversación de Whatsapp entre el propietario de una vivienda y la persona interesada en alquilarla. En dicha conversación, no solo se intercambiaron datos bancarios y documentos identificativos, sino que aparecían símbolos de conformidad. Esta sentencia nos debe llevar a preguntarnos sobre el lenguaje que tenemos en Internet. Básicamente porque esa conversación en Whatsapp y el código de comunicación ahí usado ha provocado que el inquilino de la casa deba abandonarla por no abonar lo que se había pactado en esa conversación intermediada por la herramienta de mensajería instantánea Whatsapp.

Un idioma no deja de ser un vehículo para expresar una cultura. Si estamos de acuerdo que la era digital y social que ha traído Internet está provocando una fuerte transformación cultural, es normal que el idioma y el lenguaje también lo hagan. En Internet, además de las palabras, tenemos los emoticonos. Ese lenguaje visual, ágil y rápido que tanto nos gusta para expresar mucha información con poco consumo de tiempo y energía. A nuestro cerebro, que es una máquina de optimizar energía, eso le gusta.

Por otro lado, tenemos empresas que han redefinido los espacios de conversación. Esos grandes monopolios tecnológicos de datos como Facebook, Twitter o Instagram, han introducido en nuestra manera de dialogar y relacionarnos elementos como el Me gusta, el retweet o la recomendación. Elementos de respaldo o rechazo social que también se han normalizado ya en nuestras conversaciones. Y, por lo tanto, que empiezan a llegar a los juzgados para la toma de decisiones en los dictámenes. Estos elementos de expresión nos obligan a preguntarnos por su significado: ¿es una carita sonriente un signo de aceptación?, ¿es un cuchillo de Whatsapp una amenaza en un contexto de órdenes de alejamiento?, ¿un retuit permite evidenciar que hay difusión de odio o enaltecimiento del terrorismo? Un estudio elaborado por la Universidad de Santa Clara en Estados Unidos describe cómo entre 2004 y 2019, los emoticonos se mencionaron en un total de 171 sentencias jurídicas. Esa larga serie de quince años esconde un dato muy elocuente: un tercio son de los últimos dos años. Esto nos lleva a concluir que la tendencia no solo va a más, sino que cada vez provocará una mayor necesidad de interpretar y entender de forma general este nuevo lenguaje compuesto de palabras y emoticonos.

La dificultad en estas sentencias ha estribado hasta la fecha en evidenciar la intención del emisor. Y esto seguro que nos resulta familiar a los que tenemos conversaciones en espacios como Instagram o Facebook. Nos cuesta a veces entender, hasta el punto que tenemos que preguntar, qué quería decir alguien a la hora de expresar un determinado objeto visual. Es normal que esto ocurra. Estamos hablando de nuevos códigos de comunicación, cuyo uso todavía no está normalizado. En muchas ocasiones, estamos dando un sentido internacional a una cultura que normalmente se producía en contextos geográficos y sociales más acotados. ¿Tiene el mismo significado una botella de champán –muy utilizada para indicar celebración o jolgorio– en Europa que en Oriente Medio?; ¿cómo interpretamos el envío de una persona bailando en países donde la expresión pública tiene ciertas limitaciones? No es fácil a este nuevo lenguaje darle un contexto global.

¿Cuál es entonces el valor legal de estas nuevas maneras de expresarnos? Difícil determinarlo a esta altura de la era digital. Creo que deberemos esperar aún. Y sobre todo, entender que debemos contextualizar las conversaciones y ponerlas en el ámbito del emisor y receptor, su relación, sus intereses, motivaciones, incentivos, etc. No olvidemos que estos emoticonos han sido creados y diseñados en contextos concretos. Por empresas y asociaciones concretas. Consumir y usar los mismos sin al menos pararnos a pensar su reflejo cultural y social me parece demasiado peligroso. Por ello, creo, debiéramos ir empezando a no solo hacer la reflexión legal, sino también cultural del lenguaje digital que usamos.

Un estudio de la Universidad de Santa Clara en Estados Unidos describe cómo entre 2004 y 2019, los emoticonos se mencionaron en un total de 171 sentencias jurídicas (un tercio en los últimos dos años)