El virus

Ya no se trata de unos miles de personas que sueñan con vivir mejor en el futuro; son millones que no quieren morir hoy. El hambre atiende a razones cuando te dan un bocadillo, pero el miedo es sordo y ciego

08.02.2020 | 09:23
El virus.

El viento del desierto hace días que abrasa la zona neutra de la frontera. Hemos tenido que hacernos con bidones de agua suplementarios. Con los que suministra Intendencia no nos alcanza. Si la situación sigue así pronto surgirá el mercado negro de agua potable. Subidos en las torres de vigilancia, embutidos en los malditos trajes NBQ, nos asamos como longanizas en una parrilla. El acero de la estructura quema desde el mediodía hasta bien entrada la noche. Pero, cuando toca el relevo, no existe alternativa: órdenes son órdenes.

Son cuatro horas pegados a los visores y los prismáticos. Cada brizna de hierba, cada cabra que salta, cada sombra sobre el pedregal de la zona neutra, al otro lado de la valla, nos enerva. Algunos compañeros disparan a las cabras para evitar las falsas alarmas que producen sus movimientos. El olor a putrefacción atraviesa los filtros de la mascarilla. Aunque, a decir verdad, ya ni lo notamos. No es eso lo que nos preocupa.

La epidemia surgió en una ciudad china. ¿Zhu Jiang? Quizá. No lo recuerdo. Es lo de menos. Trataron de ocultarla hasta que resultó imposible. Una variante de la gripe. Contagio por aerosoles. Primero aseguraron que el índice de mortalidad era del 5% entre las personas afectadas. Después, del 9%. Por fin admitieron que rondaba el 25%. Colapso cardiorrespiratorio. Así de fácil.

Tardaron tres semanas en poner en cuarentena las ciudades con la epidemia declarada. Las personas aisladas en un primer momento fueron 15 millones. Pronto se alcanzaron los cien millones. Y ya nadie sabe la cantidad exacta. Ni cree nada acerca del virus. China estableció normas rigurosas en los trenes, los aviones, las carreteras y los ferris para impedir la propagación de la enfermedad. Se vaciaron las calles, las tiendas y las fábricas. Levantaron decenas de nuevos hospitales con capacidad para decenas de miles de camas y los laboratorios trabajaron a marchas forzadas para obtener una vacuna o, al menos, una solución terapéutica. Aún la estamos esperando.

Suenan tiros. Los francotiradores apostados en la cúpula de esta torre abren fuego. Cuando llevas unos años en el ejército aprendes a distinguir la voz de cada arma. Por tu propio bien. Ese es el pop-pop de uno de nuestros rifles de precisión. Seguro. A lo mejor un pequeño rebaño de ovejas extraviadas ha entrado en zona neutra.

En Europa, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Israel, los Emiratos Árabes y Rusia se establecieron inmediatamente sistemas de alerta supervisados por la OMS. Chupatintas sentados en bonitos despachos que ocupan las plantas altas de rascacielos de cristal, con vistas al parque, decidieron que el mundo era seguro. Termómetros y mascarillas en todas partes. Exámenes exhaustivos en los aviones y autobuses. Campañas informativas sobre síntomas inequívocos. ¿Inequívocos? Ellos son los primeros que saben que un virus puede mutar levemente de un día para otro. Conocen como nadie que no afecta de la misma manera a unas personas que otras.

Se internaba rápidamente a cualquiera que presentara tos y fiebre. Se aplicaba el protocolo de cuarentena y detección. Ningún problema. Todo controlado. Eso repetían. Un muerto; había viajado a la zona cero en China. Una infectada; acudió a una convención de cierta multinacional china. Casos contados. Tranquilidad total. Sistemas sanitarios poderosos y fiables. Facultativos con máster. Tecnologías avanzadas. Estructuras infalibles. Calma. Que no cunda el pánico.

¿Más disparos? Esta vez es un rebaño grande. Desde aquí ni siquiera se distinguen nubes de polvo. Preguntaremos al oficial de enlace por radio. Sin novedad.

Como siempre, nadie se acordó de África. Un minero que estornuda en una explotación a cielo abierto de propiedad china en Tanzania. Una mujer que desfallece a causa de la fiebre en un atestado mercado de Senegal. Los niños de una humilde escuela mauritana que se encuentran enfermos de repente. ¿Le importaron a alguien? Podía tratarse del zika. O una forma virulenta de malaria. Incluso una variante del chikungunya. Hasta dengue. El minero, la mujer que vendía fruta o los niños, quizá se encontraran débiles por cualquier razón de las miles posibles. Estas cosas suceden cada jornada. Queda solo el dolor y llanto de una familia. Otro funeral en un pequeño pueblo o en la periferia de una gran ciudad.

El virus se extendió por el continente como un incendio en la sabana seca. Nada lo detuvo. Mandaron médicos y cascos azules. Pero era tarde. El pánico llenó veredas y trochas de gente que quería sobrevivir y que sobrevivieran también sus hijos. Protegidos por viejas oraciones y mascarillas precarias se subieron a camionetas desvencijadas y automóviles agonizantes y partieron hacia el norte. La política de centros sanitarios de campaña en los territorios fronterizos únicamente retrasó la avalancha. Ya no se trata de unos miles que sueñan con vivir mejor en el futuro; son millones que no quieren morir hoy. El hambre atiende a razones cuando te dan un bocadillo, pero el miedo es sordo y ciego.

En Honduras y Guatemala se detectaron los primeros contagios masivos no hace mucho. Las consecuencias han sido idénticas. Las frontera de Mongolia con Rusia ya se ha convertido en un frente de batalla extraño entre tropas y civiles que huyen del virus. Lo mismo que sucede en los límites de la India.

La voz del oficial de enlace suena metálica en el talkie. Tirar a matar. Una polvareda difusa amarillea el horizonte. Órdenes son órdenes. Nadie debe pisar la zona neutra más acá de la valla.

Hace calor y el pánico infecta los dos lados de la valla. Dejo de pensar y retiro el seguro.