Tal día como hoy, un 26 de abril, Luis Iriondo había estrenado pantalones largos. Era el año 1937 y tenía 14 años. "Los pantalones largos significaban que dejabas de ser un niño. Mi madre me dijo que solo me los podía poner los domingos, pero ese día me dejó por ser jornada de mercado". No supo entonces que, ese lunes, del que hoy se cumplen 74 años, Gernika fue bombardeada por la Legión Cóndor. El humo cubrió el cielo, su pueblo quedó echo cenizas, él dejó de ser un niño y no volvió a llevar pantalones cortos. Recuperando estos recuerdos, Iriondo, superviviente de los bombardeos, ha escrito a sus 88 años El chico de Gernika (Ttarttalo), una obra que trasciende de la faceta dramática para contar el ataque desde el punto de vista de un adolescente que nada entiende de guerras o política.
El libro nació de la mano de la insistencia: "Un periodista japonés, corresponsal de uno de los periódicos más importantes de Japón, vino a Gernika. Estuve con él y con su traductora un día o dos hablando sobre el tema. Al poco tiempo, la traductora me llamó para que le solucionara unas dudas. Volvió a hacerlo días después hasta que decidí escribirle todo y mandárselo". Aquellos apuntes sirvieron a otros periodistas, así que Iriondo decidió echar la vista atrás por completo y escribir un relato en el que ha cambiado "nombres y situaciones", pero en el que plasma desde la experiencia lo acontecido en la villa foral. Entonces, hace 74 años, Gernika era una pequeña localidad de calles estrechas y casas con esqueleto de madera y paredes de ladrillo. Era sabido que la guerra no iba bien para los vascos. "Las tropas de Franco atacaron por Navarra, tomaron San Sebastián y cerraron la frontera con Francia", señala. De este modo, aislaron por tierra a toda la parte norte leal al Gobierno republicano, lo que hizo que llegaran numerosos refugiados a Gernika, una localidad que contaba con unos 5.000 habitantes, pero aún eran más los lunes, día de mercado. La plaza a la que llamaban El Paseo era escenario de encuentros y el lugar donde realizar compras.
Aquel lunes 26, a primera hora de la tarde, Luis salió con sus pantalones largos recién estrenados para dirigirse al Banco de Bilbao, donde había comenzado a trabajar haciendo los recados. Atravesando la zona, comenzaron a sonar las campanas, que indicaban un ataque. Se escucharon las primeras explosiones y le empujaron al interior de un refugio. "Los primeros que se construyeron eran un desastre. Se hacían en cualquier sitio, pero con el bombardeo de Durango, un mes antes, vimos que era más serio que todo eso", recuerda: "Me metieron en uno en el que había mucha gente. Era de poca altura y no tenía ni ventilación ni luz. A los pocos minutos no podíamos respirar". El aire no le llegaba a los pulmones, sentía que ahogaba, hasta que les mandaron echarse al suelo. Sin embargo, Luis se mantuvo de cuclillas, incómodo, intentando no mancharse sus pantalones largos. "Me preocupaban la bronca que me iba a echar mi ama si los estropeaba, en vez de pensar que podíamos morir allí enterrados vivos", señala irónicamente. Al rato salieron y respiraron aire puro, pero sonaron nuevamente las campanas. "Las explosiones se hicieron más fuertes". Corrió tras unos sacos de arena y esperó. "Cuando salí al exterior me detuve aterrado". Recuerda cómo todo el pueblo estaba en llamas y una nube de humo invadió el cielo. Aquella estremecedora imagen cambió a Gernika y a sus habitantes para siempre.
Víctimas "Gernika estaba a menos de 20 kilómetros del frente, pero aquí había unos objetivos militares. Había una fábrica de pistolas y podían haber bombardeado esta sin tocar el pueblo. Sin embargo, ni una fábrica salió dañada y redujeron a cenizas el pueblo", afirma Iriondo. "Sobre esto se dicen muchas cosas. Por una parte, que fue un acto terrorista para vencer al Ejército vasco, y, por otra, que los alemanes ensayaron métodos de guerra. La verdad es que después, en Londres, actuaron de la misma forma: primero bombas rompedoras y luego incendiarias", explica. "En Durango fue distinto. Fue un bombardeo, digamos, clásico: echaron bombas, rompieron casas y murió mucha gente, posiblemente más que en Gernika", atestigua. "Algunos han exagerado el número de víctimas. Tras el bombardeo fui a Francia. En un periódico vi que habían sido 3.000 víctimas, una exageración en una población de 5.000 habitantes". Iriondo añade que fueron 125 cadáveres los que se enterraron oficialmente, aunque "sin duda murieron bastantes más. A muchos se les llevó a hospitales y otros a sus casas. Yo creo que no llegaran a 300 víctimas". A pesar de que un mes antes Durango había sido atacado, nadie esperaba que ocurriese lo mismo en la villa foral. "Pensábamos que Gernika era la ciudad sagrada de los vascos". Y es que cuando sonaron las campanas ni siquiera pensó en ir al refugio. "Al principio nos asustábamos y corríamos a protegernos, pero veíamos que no pasaba nada, así que al final no hacíamos ni caso".
"Tras el bombardeo se pasaron muchos años reconstruyendo y viviendo entre ruinas. La gente vivía en los alrededores o donde tenia parientes", señala. "He intentado contar esto con ironía. No se trata de dramatizar más". Al contrario, ofrece un relato en el que mantiene la esperanza de que nunca más se repita una guerra, recordando que a partir de aquel lunes, "Gernika no tuvo vida en mucho tiempo".