Cuentan las crónicas que cuando el Tercio de Lacar ocupó la Diputación Foral de Gipuzkoa el 12 de septiembre de 1936, los únicos heridos fueron los que se pegaron un mamporro porque no sabían cómo funcionaban las puertas giratorias de acceso al palacio. Pasaron a la historiografía franquista con el nombre de los cuarenta de Artajona, pues de aquella localidad eran los requetés que hicieron de avanzadilla de las tropas sublevadas contra los legítimos gobernantes.

Si aquellos fueron los primeros, asistimos ahora al desfile de los últimos. Marchaban el lunes 27 de septiembre por el puente de El Arenal en Bilbao. Eran 47, siete más que los de Artajona. No hacía falta ningún extraño cálculo para medir cuántos entraban por metro cuadrado, ni si las aceras estaba ocupadas, ni recurrir a ninguna página web especializada en recuentos. Eran exactamente 47 contados uno a uno. Sostenían ikurriñas con crespones negros y marchaban al grito de "Gora ETA militarra!". Se supone que estaban rememorando los últimos fusilamientos de aquel régimen que abrieron con su marcha los requetés navarros. Curiosa manera de recordar la barbarie pidiendo más barbarie.

A estas alturas casi nadie duda de que la izquierda abertzale que se ha ido dando de baja de sus filias militares, entonando ese "Yo, no" o el más actual "Ya, no" al que se refería Txema Montero hace una semana, sigue creciendo. Supongo que esta merma de efectivos, la protesta del otro día es un claro ejemplo, está también en el trasfondo de este cambio de rumbo.

No sé exactamente cuál ha sido el motivo de tan pronunciada ciaboga, si es un convencimiento de origen práctico o moral, pero la distancia empieza a ser brecha. Es una excelente noticia para todos, sobre todo para los que han tenido que soportar no sólo la amenaza de la violencia sino la convivencia con quien les amenazaba.

Cuando observé la minimarcha y su banda sonora, me pregunté quiénes eran los que aún persisten en su apoyo a ETA y, sobre todo, cómo va a acabar este cierre de persiana que cada vez veo más cerca. Entre los 47 no había caras conocidas, al menos para mí. Y desconozco si el emplazamiento que vienen haciendo los portavoces habituales de la izquierda abertzale tradicional llamando a respetar la decisión de las bases iba dirigido precisamente a esos grupos que puedan quedar descolgados. De momento, el grupúsculo que desfilaba el lunes nos recuerda lo peor de los tiempos pasados.

Los cuarenta de Artajona se chocaron en su asalto con la puerta giratoria y se llevaron, supongo que es una maliciosa caricatura, las máquinas de escribir creyendo que eran maquinas de coser. Da la impresión de que los cuarenta y siete de El Arenal se van a pegar contra la historia de su propio movimiento, sin haber comprendido que las puertas siguen girando hasta que alguien, desde el otro lado la frena con más fuerza.

Fuerza tienen los partidos firmantes de la declaración que se hizo pública la semana pasada en Gernika, pero aún no se han medido al verdadero test: que respondan quienes están emplazados directamente a abandonar la violencia. No parece una casualidad que Gara publicara al día siguiente una entrevista con dos miembros de ETA. Sin duda, estaba hecha de antemano. Sin duda, la izquierda abertzale tradicional lo sabía. Sin duda, quienes conocían esta circunstancia no evitaron que ETA se cobrara su parte de protagonismo en ese momento. Si se trata de ir ampliando la confianza entre los firmantes, la cosa no podía empezar peor.

Tal y como se están desarrollando los acontecimientos en las últimas semanas parece difícil que esta tensión pueda prolongarse. Por un lado, ETA no calla y a la vez no dice nada. Por otro, el Gobierno español calla y actúa tensando la cuerda. En medio, una izquierda abertzale ilegalizada que tiene prisa por llegar a la próxima cita electoral y que ve cómo avanza el calendario sin que termine de despejarse el panorama.

Hace una semana, Iñigo Urkullu ofrecía en el Alderdi Eguna la iniciativa Ados del PNV al resto de formaciones políticas, con especial referencia a la normalización política. Desde China, recién aterrizado, Patxi López se refería a esta propuesta como "política ficción". Pero el mismo lunes, el propio Urkullu decía en Onda Vasca que de estas cosas ya había hablado con Rodríguez Zapatero.

El asunto huele a nueva metedura de pata de López, que en lugar de hacer como mandan los cánones del toreo (parar, templar y mandar) y ha querido despachar el asunto con un bajonazo. No escarmienta. El asunto parece demasiado serio como para que López se lo tome tan a la ligera. Sobre todo cuando da la impresión de que no se entera demasiado de lo que pasa en su propio país. Sea Euskadi o España.