hablan por sí solas. Sin ayuda. Sin nada que las acompañe. No les hace falta. Hablan por sí solas porque no son sólo imágenes. Son también palabras. Relatos. Historias. Son confesiones. No están escritas en forma de textos, pero cuentan más de lo que muchas veces éstos pueden contar. No tienen letras, pero cuentan lo que vieron. Lo que en ellas aparece. Y cuentan que, hace siete décadas, miles de vidas fueron robadas o aniquiladas en la muga entre Gipuzkoa y Bizkaia. En Saturraran. En su playa. En su cárcel.
Entonces, entre 1939 y 1944, el penal mutrikuarra, una de las prisiones de mujeres más importantes del franquismo, acogió a cerca de 4.000 reclusas de todo el Estado. Mujeres que sufrieron el desprecio de quienes las custodiaban -salvo excepciones- y que, en muchos casos, no salieron con vida. Tal y como recuerda la placa levantada junto a los únicos restos que quedan en pie, 120 presas y 57 niños (hijos de las internas) murieron en la prisión. Con el tiempo ésta se cerró pero, muy lejos de cicatrizar, las heridas siguieron abiertas. No se borraron.
Por eso, aunque hayan pasado los años, las víctimas siguen llorando su tragedia. Quizás no lo hagan ya de forma literal, o quizás sí, pero lo hacen. Lloran en silencio, con lágrimas en sus pupilas o, como en las fotografías de este reportaje (realizadas por la donostiarra Haizea Cacho), sobre el soporte de un papel.