La batalla del legado

La batalla del relato es la batalla del legado, de la memoria que dejamos en herencia, que configurará la tradición moral en la que se apoyarán nuestros descendientes como primera guía para afrontar los desafíos de su tiempo

29.11.2021 | 00:23
La batalla del legado

1. LA memoria social vincula al pasado con el presente y el futuro, y contribuye a la conformación del elenco de creencias que predomina en la sociedad. En ese marco, nada hay más aleccionador que la experiencia vivida. Comúnmente, se interpreta lo vivido como un conjunto de lecciones a incluir en nuestro registro de valores. Lecciones que integraremos en nuestra conciencia moral como comportamientos a emular o a evitar. En nuestro caso, hay una manifestación de la memoria social que, centrada en el sufrimiento injusto de las víctimas, interpela principalmente a los que lo causaron. Sin duda, es el requerimiento más urgente de los tiempos que vivimos.

Además, la memoria social integra un balance histórico, que contribuye también a la formación del patrimonio moral común o, como diría Renan, del capital social sobre el que se habría de asentar la idea nacional. La memoria viene a dotar a la conciencia colectiva. Arizmendiarrieta podría añadir que la auténtica naturaleza de los pueblos se reconoce en la solidez de esa condición subjetiva: "Nada diferencia tanto a los hombres y a los pueblos como su respectiva actitud en orden a las circunstancias en que viven". Tras experiencias traumáticas, las sociedades ansían recomponerse, volver a vertebrarse en torno a un eje que pueda ser compartido, una operación que habrá de realizarse sobre el examen crítico de lo que se arrastra del tremendo periodo que se deja atrás.

2. No podemos olvidar que, en el último medio siglo, los vascos hemos logrado un pujante desarrollo económico y cultural a la vez que determinados sectores de nuestra sociedad han justificado o practicado acciones violentas humanamente degradantes, de persecución, tormento o asesinato. Tras el final de ETA, esa paradoja sigue llamando la atención de cualquiera que se acerque a realizar un balance de todo el proceso histórico.

La contradicción debe resolverse críticamente si se quiere recomponer el patrimonio moral que podemos compartir, para que cada uno de los vascos y todo el conjunto pueda integrarse en una identidad en torno a sus mejores tradiciones políticas, lo que sin duda nos habrá de llevar al descarte de las experiencias injustas y dañinas. Una decantación que será imposible si no somos capaces de llevar el examen crítico hasta el mismo punto en el que se produce la ruptura entre las diferentes posiciones que, a partir de los años 60 del siglo pasado, se formulan en referencia al marco vasco y al impulso de su transformación social y política.

3. Deberíamos recordar que el empuje destructivo asociado a la violencia revolucionaria nunca logró anular el potente movimiento reconstructivo que preexistía antes del estallido de aquella. Aunque la omnipresencia de la violencia haya contribuido a sacarlo del foco de interés mediático o académico, el resurgimiento que hemos producido en tan pocas décadas no es fruto de una dinámica sin sujeto ni sentido.

Los destructores han formulado sus tesis exhaustivamente, importando y adaptando experiencias lejanas de guerra revolucionaria. Una propensión a la imitación que su impulsor inicial, Federico Krutwig, criticó unos pocos años después (1977). En este grupo, las características singulares del sujeto han hecho que sea fácilmente reconocible; es ETA y su conglomerado, la vanguardia consciente que creía saber cómo sacar a las masas de su ignorancia y arrastrarlas al combate hacia la victoria de la revolución. Como diría Mounier, el optimismo marxista es un optimismo basado en las multitudes, pero un pesimismo radical ante las posibilidades de las personas.

Como se puede entender, no han sido pocas las experiencias constructivas. Sin duda, las cooperativas y las ikastolas son las más brillantes de ellas, las que mejor caracterizan la capacidad creativa asociada a la reconstrucción vasca, pero no son las únicas. El sujeto ha sido popular, en el sentido más sano que puede adquirir esa palabra. Experiencias abiertas y pluralistas, participadas por personas de todo color y condición en disposición de comprometerse libremente. Estas forman comunidad trabajadora, no masa ni multitud en marcha triunfal. Así, se conformó el movimiento reviviscente que enraíza con el activismo comunitario característico del Auzolan. Es Arizmendiarrieta el que más y mejor escribe sobre este gran impulso social, que considera efecto de la reanimación del sentido moral en cada persona que se compromete. En el núcleo de su discurso, Arizmendiarrieta apelaba insistentemente al tradicional carácter vasco, al que definía como democrático, liberal y práctico a la vez que comunitario y dinámico.

En el volcán ideológico de los 60 y 70, esta posición de Arizmendiarrieta fue necesariamente antitética con lo que defendieron las ETAs y sus entornos. Identificó la revolución que estas querían inflamar –que es violencia y fuerza ciega, derrocha sacrificios e impone inmolaciones– con el espíritu insurreccional de las antiguas matxinadas: "Matxinadaz lortu ohi denaz herririk ez da tinkotzen". Fijémonos en el fenómeno cooperativo, su rápido éxito marcó una eficaz línea de contención ideológica ante la inflamación de este ánimo revolucionario, tal y como se lamentó Koldo Gorostiaga (1973).

4. En términos de la teoría del capital social de Putnam, los dos movimientos que caracterizan la larga época que hemos vivido muestran un alto nivel de tal capital social, ya que ambos promueven el compromiso social. La cuestión, sin embargo, es identificar de qué tipo de capital social estamos hablando, y qué compromiso está promoviendo. No es lo mismo asociarse para promover el bien común que hacerlo para establecer la hegemonía de un grupo sobre el resto de la sociedad. El Auzolan confrontaría con la Matxinada por su diferente posición ante el eje definido por dos términos en oposición: tender puentes-vincular. El capital social conformado en torno a la idea de tender puentes (Auzolan) buscaría viabilizar convergencias entre diferentes, cauce ancho de centralidad que incluso integra a muchos que se expresan a favor de la línea rival. Por el contrario, el capital social que vincula (Matxinada) se limitaría a apiñar a los iguales, atrincherándose frente a los extraños o diferentes.

La distinción, según Putnam, es muy importante, puesto que lo que aportan las convergencias y las redes que tienden puentes al entorno común del que forman parte son beneficios, mientras que las redes vinculantes muestran una gran tendencia a producir tanto internalidades como externalidades negativas. Esta realidad puede verse ilustrada a través de la larga competencia que se estableció entre estas dos líneas de actuación. Aunque ambas apelaran a un progreso social y a la resolución de unas necesidades populares, queda claro que no lo hacían con la misma significación y finalidad. De ahí que cada una de ellas, como efecto de su acción, haya dejado resultados de signo tan contrapuesto. El Auzolan, en el sentido constructivo. La Matxinada, que todavía Sortu plantea como referencia de su actuación política, en el sentido destructivo.

5. El enraizamiento en el sentido común de lo aprendido a causa de estas vivencias es una cuestión de carácter moral que afecta a cada uno de nosotros y al conjunto del colectivo social. Seguramente, las fortalezas o debilidades con las que nuestro pueblo afrontará las opciones o retos de futuro tendrán mucho que ver con la huella que ese aprendizaje registra en nuestra memoria personal y colectiva, con el legado que trasmitimos o recibirán las nuevas generaciones.

En consecuencia, la batalla del relato es la batalla del legado, de la memoria que dejamos en herencia, que configurará la tradición moral en la que se apoyarán nuestros descendientes como primera guía para afrontar los desafíos de su tiempo. Y no es una operación organizada artificialmente, sino que es la confrontación natural que acompaña a la interpretación de todo suceso o proceso que haya dejado una marca profunda en la vida social. Las ideas sociales, decía Halbwachs, se establecen y actualizan sobre los recuerdos de la sociedad. La actual controversia sobre la memoria, por lo tanto, es un debate sobre lo que aportará lo que hemos vivido al pensamiento de la sociedad vasca de hoy y de mañana. * Historiador

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