El Compromiso de Missouri

16.06.2020 | 00:24
El Compromiso de Missouri

HACE exactamente dos siglos, los Estados Unidos de América mantenían una cohesión interna prendida con alfileres. Once de los veintidós estados que conformaban la Unión eran no esclavistas y otros once, favorables a la esclavitud. Cuando se debatió la inclusión de Missouri como nuevo estado miembro, y esclavista, Henry Clay, senador por Kentucky, propuso el 2 de marzo de 1820 un nuevo empate con la creación de otro estado antiesclavista, el de Maine, que hasta entonces dependía del estado de Massachusetts. Así se consiguió el equilibrio y un reconocimiento por su astucia al senador Clay, quien pasó a la historia como el Gran Pacificador, lo cual resultó una exageración visto lo que luego ocurrió. Missouri era un estado situado al norte de la línea del paralelo 36º 30', que se establecía para el futuro como límite entre estados esclavistas y abolicionistas, así que en realidad era un estado esclavista encajado entre los abolicionistas y todo un símbolo del desvarío territorial resultante de pretender dar satisfacción a las reclamaciones de los estados sureños que necesitaban la mano de obra esclavizada para sustentar sus atrasadas economías. Alexis de Tocqueville, quien escribió La democracia en América, el mejor ensayo, con tantas apreciaciones hoy día vigentes, sobre el recién nacido país, explicaba: "La esclavitud deshonra el trabajo, introduce la ociosidad en la sociedad; y con ella la ignorancia y el orgullo, la pobreza y el lujo. Enerva las fuerzas de la inteligencia y adormece la actividad humana".

Aquella disección o corte territorial no arregló nada pues apenas cuarenta años después, en 1861, se inició la gran matanza entre norteamericanos esclavistas y antiesclavistas que pasó a la historia como la Guerra de Secesión. El Compromiso de Missouri nos recuerda que los intentos por proteger la supremacía de la mayoría blanca y segregar a los negros americanos han sido constantes desde la fundación de aquel país grande y postinero. Y que las medidas adoptadas para mantenerlo han ido desde la separación territorial decretada en El Compromiso a la segregación en las ciudades y barrios o el constante mantenimiento de medidas de vigilancia policial y castigo judicial contra los negros americanos. En definitiva, los estadounidenses han mantenido enquistado un problema que rompe la apariencia de falta de angustia en Estados Unidos y con frecuencia estalla en violencia generalizada, como ha ocurrido tras la muerte a manos de la policía de Minneapolis del joven afroamericano George Floyd o en Atlanta con otro afroamericano, Rayshard Brooks. Más de dos siglos después, la Revolución americana, con su promesa de una democracia cosmopolita, única revolución "ejemplar" de la humanidad, deja clara su incapacidad para integrar a las minorías raciales, particularmente la negra. La política estadounidense siempre ha mantenido esa herida abierta. Ni los logros del presidente Lyndon B. Johnson, quien en 1965 ¡un siglo después de la Guerra de Secesión! impulsó la Ley del Derecho al Voto que permitió que los afroamericanos estadounidenses pudieran votar; ni la irrupción en la escena americana de líderes políticos, artistas o comunicadores negros han conseguido apenas dar "visibilidad", palabra muy americana, al problema racial. El orgullo nacional de EE.UU., esa certeza de constituir un pueblo aparte surgido de una forma distinta y poseedor de un destino individual, se está transformando en una patria que ha convertido a la mitad de sus hijos en opositores.

Pero mentiríamos si redujésemos a los Estados Unidos la existencia y pervivencia de un "racismo en democracia". Previo al Compromiso de Missouri, Gran Bretaña se beneficiaba del Acuerdo de Asiento, resultado del Tratado de Utrecht-Gibraltar por el que se otorgaba a la Corona británica el derecho exclusivo a abastecer a sus colonias de ultramar de esclavos africanos, a razón de 4.800 esclavos al año durante treinta años. El reino de España, una así llamada democracia parlamentaria, fue uno de los últimos países en abolir la esclavitud. Hasta la ley de 13 de febrero de 1880 se mantuvo en territorios de ultramar y pasados 120 años sigue siendo tema tabú en la historiografía española. Después de finalizada la I Guerra Mundial, cuando parecía posible otro mundo sin guerras, escarmentados en apariencia todos de la hecatombe vivida, Gran Bretaña se opuso al trato igualitario que el presidente americano Woodrow Wilson proclamaba en sus célebres Catorce Puntos, incluido el derecho a la autodeterminación, con la pretensión de otorgar derechos iguales a las minorías nacionales. El gobierno británico advertía contra el entusiasmo de Wilson porque "empezando por Polonia se acabaran otorgando derechos similares a los negros americanos, irlandeses del sur, flamencos y catalanes". De los vascos, ni mención. Era como si existiera un orden orgánico oculto en el que los negros ocuparan un último lugar, acompañados de blancos que ponían en entredicho el orden establecido con sus reclamaciones de emancipación nacional. Por la época, el ideólogo filonazi alemán Ernst Jünger afirmaba que la realidad es compleja pero que está jerárquicamente estratificada; y la política interna e internacional no hacían otra cosa que darle la razón.

El racismo es una experiencia visceral que desencaja los cerebros, bloquea las vías respiratorias, desgarra los músculos, extrae los órganos, quiebra los huesos y rompe los dientes. Es la descripción casi forense con la que Ta-Nehisi Coates define el estado de ánimo de aquellos que ven a los desiguales como seres inferiores. Aunque los desprecien, los racistas cuentan entre los suyos a los hipócritas, aquellos que adoran de palabra (la igualdad racial) lo que odian de corazón. Son los mismos que toleran a los negros, a los judíos, a los gitanos, a los magrebíes, hasta que su tolerancia, que no era otra cosa que aceptación reprimida de una realidad apenas soportada, acaba por ser rebasada por el miedo y una vez superadas sus inhibiciones generan un estallido de vengativa maldad, brutal y con significado expiatorio.

Afrontar el racismo no es asunto de destruir estatuas (iconoclasia), ni de adorar las existentes (iconodulia). Hay algo sospechoso en ambas tendencias y personalmente no me creería las palabras del presidente Macron al respecto cuando afirmaba que todas son parte de la historia de Francia. No mientras siga viajando por aquel país sin ver alguna estatua levantada en recuerdo de Robespierre o de Petain, también historia, la otra historia de Francia. Ante el racismo se precisa un compromiso más personal; no la revisión histórica sino la mirada al presente que proponía Herta Müller, premio Nobel de Literatura: "Lo que hacen de tu persona / Lo que haces de tu persona tú. / Lo que dejas hacer de tu persona. / Lo que haces tú de otros. / Lo que hacen otros contigo".

* Abogado