Hay euniones que empiezan siendo una comida y terminan convirtiéndose en una terapia colectiva. En Euskadi las llamamos barbacoas, comidas en el txoko o simplemente quedar a comer. Este fin de semana me ha tocado una de esas. De las buenas. Curiosamente, todos vivimos en el mismo pueblo, pero tuvo que ser un viaje hasta Boise, a miles de kilómetros de casa, con motivo de la Euskal Jaia, el que nos uniera. Hay cosas que solo pueden pasar así. Cruzas medio mundo para descubrir que tienes amigos a la vuelta de la esquina. Nos volvimos a juntar el domingo. Buena conversación, risas, una paella de matrícula de honor firmada por Koldo y Jose Mari, unos cuantos traguitos y esa sensación de que nadie tenía ninguna prisa por levantarse de la mesa. Siempre he pensado que hay encuentros que sirven para recargar las pilas. Y, cómo no, entre conversación y conversación apareció la pregunta inevitable: “¿Y cuál va a ser la siguiente?”. Porque cuando uno se junta con gente con ganas de vivir, los proyectos surgen solos. Esta vez la respuesta fue tan rápida como tentadora: Caribe, mojitos, playa y arena fina. Hecho. Mientras llega ese viaje, me quedo con la mejor parte: comprobar que todavía existen esas mesas alrededor de las que el tiempo se detiene. Donde nadie mira el reloj, las conversaciones fluyen y las risas hacen que todo parezca más sencillo. Las vacaciones no empiecen cuando subimos a un avión. Empiezan en una sobremesa o cuando alguien levanta la copa y dice: “¿Y si nos vamos...?”.