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Erredakziotik

Sandra Atutxa

Coordinadora Multiplataforma

El que con fuego juega...

Hay imágenes que se quedan grabadas en la retina y no se borran con facilidad. Una de ellas es la de aquellos jóvenes, en la estación de esquí de Suiza durante la pasada Nochevieja, grabando con sus móviles mientras el techo del local empezaba a arder a causa de una bengala. En lugar de huir, de reaccionar, de tomar conciencia del peligro real, muchos optaron por registrar el momento con sus móviles. No hablo desde una superioridad moral. A mí también me pasa. Esa obsesión por grabarlo todo, por atraparlo todo en la pantalla del móvil, nos anestesia, nos ciega. Nos coloca detrás de un cristal que nos hace espectadores incluso de nuestra propia vida, incapaces de medir el riesgo inmediato que tenemos justo delante. Lo más inquietante es que, tras aquella tragedia, la historia se haya repetido hace apenas unos días en un local de fiesta de Madrid. De nuevo una bengala, de nuevo un incendio. Esta vez, afortunadamente, el fuego no fue a más y no hubo víctimas. Pero la pregunta sigue ahí: ¿cómo es posible que no escarmentemos? ¿Qué tiene que pasar para que entendamos que no es un juego? Resulta incomprensible que responsables de locales en los que se celebran fiestas sigan permitiendo este tipo de elementos en espacios cerrados, donde una chispa puede convertirse en una trampa mortal en cuestión de segundos. Hay verdades simples que no deberían necesitar explicación: quien juega con fuego, puede acabar quemándose. Y, lo que es peor, puede acarrear graves consecuencias a su alrededor.