Mesa de Redacción

Mi oficina en Cancún

17.06.2020 | 00:15

Soy un teletrabajador y me enfrento a un dilema. Todo empezó de forma relativamente normal, dentro de la anormalidad que suponía un confinamiento nunca visto en la era moderna. Al principio, trabajé en la habitación de casa donde tenemos el ordenador de mesa, pero enseguida pensé que estar encerrado entre cuatro paredes iba a acabar con mis nervios. Así que cogí el portátil y me planté en el balcón, donde podía tomar el aire y también un cafecito entre tarea y tarea, mientras contemplaba el caminar ansioso de quienes salían a hacer la compra. Pero vinieron las fases y con la desescalada comencé a plantearme la posibilidad de desescalarme del balcón e instalarme en un banco del parque, eso sí, siempre dentro de mi franja horaria. Fueron bajando los contagios y fueron subiendo las posibilidades de movilidad, por lo que pensé que no estaría mal subir tempranito al monte y trabajar a la sombra de un árbol; total, qué más da a efectos laborales estar encerrado en una habitación que estar al aire libre, mientras la banda ancha aguante. Y llegó la posibilidad de trasladarnos a otros territorios. ¡Qué gozada sería tener mi oficina en el paseo de La Concha! Y allí que me fui a sentarme en una terraza, portátil y cervecita en ristre. Con la caída del imperio de alarma, estoy vislumbrando la posibilidad de coger un billete a Cancún, porque el trabajo, la verdad, lo voy a poder hacer igual, igual. Y aquí viene el dilema: ¿está regulado todo esto en el Estatuto de los Teletrabajadores?