Ser padre o madre es, en el fondo, aprender a preparar a tus hijos para que un día puedan ir solos. Al principio es algo tan sencillo -y tan difícil a la vez- como dejarles caminar solos hasta el colegio. Más adelante, será dejarles enfrentarse a la vida.
Por mucho que intentemos hacerlo bien, siempre habrá cosas que salgan mal. Siempre habrá tropiezos. Es inevitable. Y con el tiempo uno se da cuenta de que, aunque duela verlo, muchas veces se aprende más de los errores que de los aciertos.
Reconozco que los primeros días cuestan. Mucho. Surgen miedos, dudas y esa necesidad constante de querer protegerlos de todo. Pero también es verdad que darles independencia no es abandonarlos, sino permitirles crecer. Aprenden a asumir responsabilidades, a tomar decisiones y, poco a poco, a sentirse capaces y seguros de sí mismos.
Como padres, también aprendemos en ese proceso. A confiar más en ellos y en la educación que les hemos dado, y a aceptar que no siempre podremos estar ahí para evitar cada caída.
Y al final, tampoco están tan solos como creemos. Siempre aparece ese pequeño grupo de amigos que se junta casi sin planearlo, que acompaña y hace el camino un poco más llevadero.
Educar no es evitar que se equivoquen, sino estar preparados para acompañar cuando se caen y dejarles levantarse por sí mismos.