Desde nuestra perspectiva -que valora la paz tanto como la dignidad- resulta paradójico que una figura con tanto poder en el escenario mundial utilice la ausencia de un galardón como argumento para redefinir su enfoque estratégico hacia más tensiones y menos consenso. El entusiasmo por el reconocimiento internacional no debería convertirse nunca en excusa para abandonar cualquier compromiso con la paz, ni en justificación para disputas con aliados históricos.
Podríamos bromear diciendo que si el tumbo de Trump dependiera de un jurado de pintxos bien hechos en Bilbao o de herri kirolak en Gernika, quizá él también optaría por cambiar de prioridades si no le dan la txapela. Pero bajo el humor, queda la lección clara: la paz no puede condicionarse a los caprichos de nadie ni a la firma de un premio; y menos aún debe usarse como palanca para justificar políticas que agrietan la cooperación entre pueblos.
Al fin y al cabo, Euskal Herria ha aprendido que la dignidad y la defensa de la paz no son premios que se reparten en ceremonias, sino decisiones que se toman cuando nadie está mirando.