Un bombero de Kiev
Su abuelo se comió el frente durante años. Cuando volvió, a finales de verano del 45, besó a su mujer, enterró fusil y munición, se dio un baño hasta que el desagüe se tragó toda la mugre de trinchera, y durmió veinte horas de las largas. En cosa de un mes ya era bombero en Kiev y, por desgracia, vivió un tiempo en que nunca le faltó un fuego. Le quedó aversión al polvo y una mueca perdida. Nunca volvió a hablar del tema, ni supieron de qué lado luchó. Murió siendo una buena persona. Su hijo continuó en el oficio y su nieto Andrei es bombero veterano en el mismo distrito. Una profesión en la que la jubilación es un concepto relativo. Ha dormido cuatro horas en los últimos tres días. Oye en la radio que van a mandarles armas. Y él solo piensa en mangueras y extintores. Y en dormir. El resto es muy confuso para él. Y recuerda que, en una de esas contadas ocasiones en que el viejo se desataba un botón con dos copas y violaba su propio muro, dijo algo que él escuchó cuando tenía la edad para entenderlo: "En cuanto se apaguen las llamas, repartid libros. En todos los idiomas".