Lo llaman The Naso (La Nariz, en inglatiano). Nombre real: Alessandro Gualtieri, perfumista famoso en su gremio por su enfoque rompedor a la hora de crear nuevas fragancias en frasquitos carísimos y casi monodosis.
Estudió oficialmente perfumería en Alemania y completó esos estudios con las lecciones recibidas de un expatriado italiano que conoció en un bar. No me parece mal, pero si yo estoy en un quirófano y se me presenta como neurocirujano autodidacta saltaría de la camilla arrollando a mi paso a quien se cruzara en mi camino. Ojo, que se hizo un sitio de honor en el gremio trabajando con primeras marcas antes de fundar su propia marca, Nasomatto. Bueno: ¿y qué gremio de rancio glamour no necesita un enfant terrible para darse aires modernos? Ya, la filatelia, pero esa es otra.
La originalidad de Gualtieri reside en que recurre a aromas tan orgánicos como el excremento de camello, el dulce olor del hachís o los efluvios sexuales tanto masculinos como femeninos. Y está bien saberlo, porque si te encuentras en un local al borde del overbooking y huele a porro sabes que es mentira porque está prohibido fumar.
Así que sal fuera a echarte un triste pitillo sin tropiezos. Y en el caso de los vapores inguinales, observa: si huele como para tumbar a un obispo a cien metros y el personal perrea sin freno, apúntate al refrote y que haya suerte (porque como haya justicia...). En caso contrario acábate la copa, vete a casa, métete en el baño y llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre. Y para el próximo sarao no te duches antes. Es más barato que el perfume.
“¿Y qué hace el Gualtieri ese en tu columna, pedante?”, bufa un tipo mal encarado que ha dejado una junta de copropietarios para venir aquí a hacer lo mismo pero con ensañamiento: tocar las pelotas. Le ignoro para responder a la misma pregunta, formulada por una atractiva mujer.
-Pues esto viene, querida, a que somos idiotas. Usted, yo y el bocazas - Mal comienzo, sí, pero cierto. Porque lo peor no es que nos hipotequemos para comprar naderías, sino que a la hora de votar lo hagamos por orates mucho más peligrosos que Gualtieri, desde el ojete del mundo a Washington. Eso sí asusta.
Y no veo solución. Aunque voy a proporcionar a mi amigo Matías mierda de vaca, esperma, flujos, alcohol y una garrafa de agua del Jordán por si puede obrar el milagro (Matías no, el Jordán). Y repartirlo en frasquitos y comprarme una celda acolchada en el culo de Islandia con una colección de camisas de fuerza de Celine. Por una de 3.600 euros no te cobran los portes. Eso es ahorrar con clase.