Mañana toca reivindicar la igualdad de género porque así lo fija el calendario. Ayer, hoy y pasado ya serán más cuestión de convicción. Y de praxis. Lo de practicar la igualdad lo recordaba días atrás el Gobierno de María Chivite en Nafarroa en su campaña por el 8-M; no apuntarnos a la comodidad de predicar si seguimos dispuestos a acaparar el trigo.

Ayer, el lehendakari, Imanol Pradales, puso un punto más al avisar y dejar escrito en el diario de sesiones del Parlamento Vasco lo que se intuye: hay quien practica una estrategia organizada y financiada contra la igualdad. Son los mismos que reprochan las políticas de género y disfrazan la crítica de demanda de libertad. Lo fácil es señalar a los Abascal, Alvise y compañía por su relato sobre la “fiesta ideológica” del 8-M y sobre el “feminismo supremacista”. Pero es más sibilino en el caso de estructuras de nombres tan sarcásticos como Hazte Oír -que aboga por silenciar aquello que les incomoda- o Plataforma por las Libertades -que demandan que los padres puedan decidir por sus hijos eliminar de la educación el conocimiento de toda forma de diversidad-.

En Valencia, el Ayuntamiento de PP-Vox había contraprogramado la manifestación del 8-M con un castillo de fuegos artificiales en el mismo lugar y a la misma hora. Era tan descarado que han tenido que pactar adelantar la movilización y retrasar los cohetes.

Pero también en el feminismo, en la izquierda, la misma larva de la división histórica sobre la propiedad de las esencias de la marca que las divide en partidos y plataformas confrontadas anida en el modo y los límites de la lucha por la igualdad. Como si la pugna fuera cuántos pisos se debe elevar el edificio de la igualdad, cuando sus pilares siguen sin estar enraizados en la anterior, en la actual y -lo más triste- en la próxima generación. Hay dinero y hay voluntad de recesión porque ese estatus es negocio político y económico. Mañana y los otros 364 días del año.