Patria

08.09.2020 | 01:16
Patria

Cada uno tenemos la nuestra. La patria de cada cual es distinta a la de los demás. Cada uno, en estos largos días del covid, ha escrito su historia. Los recuerdos son traviesos como el pensamiento; saltan años y vuelven atrás porque olvidan los calendarios. Y siento que mi patria está en unas líneas de 'Desiderata'

ENTRE las primeras noticias –ajenas al coronavirus–, leo que se va a estrenar Patria, basada en la novela que hizo famoso a Fernando Aramburu. La veré, como leí el libro, aunque entre líneas había demasiado rencor y ausencia de perdón. Cada uno de nosotros tiene su patria, que no coincide con las otras patrias de los demás.

Por la ventana veo tejados y al fondo adivino el mar. He estrenado despacho nuevo y con el despacho una nueva vida que me resulta extraña, como si no fuera mía. Parece que se me ha olvidado escribir y las teclas perezosas se mueven despacio y sin obedecer a mi cabeza; es porque mi cabeza está llena de huecos que no he sabido llenar en tantos años. No es tarde. Quiero pasar página pero mis dedos se enredan incapaces de dar el giro necesario. Alguien decía: si no puedes pasar página, empieza otro libro. No sé qué libro elegir. La intuición me dice que he de reescribir el libro antiguo, releerlo y luego dejarlo olvidado en una balda de la biblioteca. Mi Patria. Quiero hacerlo, pero me cuesta. Esta es la séptima versión que hago de la misma historia. Ya no la voy a continuar.

Es un día cualquiera de septiembre, sin premoniciones, ni recuerdos. Es nuevo y, aunque está amaneciendo, cada segundo es eternamente distinto al anterior. Un día de este extraño 2020.

Tiempo del recuerdo. Escucho la Sinfonía del Nuevo Mundo, el primer concierto al que asistí en mi vida. Un recuerdo musical que se queda vagando en mi pensamiento; estaba quieto, acurrucado como un niño pequeño, asustado. Lo he despertado para que me acompañe con un olor intenso a pachuli que llenaba mi cabeza de revolución feliz. Haz el amor y no la guerra. Era un tiempo de sueño.

Aquí mi cabeza hace un primer parón. Un descanso largo que se derrite en el aburrimiento de estos largos días, donde el mundo entero guardamos silencio. Los astrólogos dicen que Saturno y Júpiter se han encontrado en el cielo. Un dios solitario y melancólico con un jovial y expansivo; una contradicción donde Cronos devora a sus hijos. La gran conjunción del cielo nos ha dejado a los habitantes de la tierra solos con nuestros recuerdos para sobrellevar este extraño presente que no pudimos presagiar ni en la más amarga pesadilla. Dicen los mismos astrólogos que la gran conjunción de estos planetas tendrá lugar el 21 de diciembre. ¿Qué más nos puede pasar? Nunca pasa nada; y si pasa, ¿qué?

Cada uno, en estos largos días, ha escrito su historia. La ha contado a los que le acompañan. Y los que están más solos la han escrito.

Algunos de mis compañeros de profesión han hecho un diario del covid. No sentí esa necesidad porque cada día no pasaba nada. Amanecía con un recuerdo, lo acariciaba o lo rechazaba, hilvanaba y deshilvanaba el pasado como una Penélope que teje y desteje un tapiz. Así, sin darme cuenta, he ido bordando mi pasado, sabiendo que a pocos interesará una época de la historia en que no llevábamos mascarilla, pero había quien llevaba pasamontañas para tapar su rostro.

La chica del tambor ¿Cuándo fui mayor? Aún no lo sé, porque no he crecido. Soy como el chico del tambor de hojalata de Günter Grass, que no crece aunque pasen los años. Y los años pasaron sin yo ser consciente de que pasaban y con ellos se fue mi absurda e inconsciente seguridad de niña mujer en la que había crecido.

Quizás tendría que comprarme un anillo para celebrar que me queda poco por la lógica del tiempo. En mi despacho sigue Desiderata, un poema enmarcado que me ha acompañado siempre: "Vive plácidamente entre el ruido y la prisa y recuerda la paz que puede haber en el silencio. En cuanto te sea posible y sin rendirte, mantén buenas relaciones con todas las personas. Enuncia tu verdad de una manera serena y clara, y escucha a los demás, incluso al torpe e ignorante, también ellos tienen su propia historia". Desde ese silencio escribo recuerdos, mis recuerdos. Usted puede escribir los suyos porque siempre habrá alguien que un día sin tiempo quizás abra el cuaderno y encuentre, en lugar de versos, líneas no siempre derechas –que hasta me ha dado pereza pasar al ordenador– escritas con pluma en un cuaderno sin rayas, en un papel satinado. Los recuerdos son traviesos como el pensamiento. Saltan años y vuelven atrás porque olvidan los calendarios. A quién le importa este calendario de 2020 que quizás empezamos con una copa de champán en la mano, ignorantes de que el tiempo se iba a quedar parado en marzo por un bicho caprichoso. Un virus que nos dejó solos en casa, rumiando pensamientos y mirando fijamente a los ojos de nuestros compañeros de viaje. Solo los ojos se han salvado de este bucle inesperado que nos ha dejado el rostro tapado.

Una casa llena de flores Me gusta tener flores en casa. Una rosa, solo un rosa, es suficiente, mirar una rosa te quita las penas. Yo me he regalado muchas veces flores, quizás porque no me regalaron las que yo hubiera querido.

Mi novela Leonora estaba rodeada de música y colores. Creo que la pintura de Gustav Klimt me llenó los ojos, porque las mujeres estaban rodeadas de flores. Siempre soñé con ser una mujer envuelta de miles de flores. A mis hijas, y luego a mis nietas, les hice coronas de flores para la comunión y luego me gustaba ponérmelas a mí porque aquellas coronas tenían muchas gotas del rocío de mis sueños.

Sigo leyendo Desiderata, el poema de la búsqueda de la felicidad, y siento que mi Patria está en esas líneas escritas en un pergamino de la Edad Media: "Acata dócilmente el consejo de los años, abandonando con donaire los consejos de la juventud. Cultiva la firmeza del espíritu para que te proteja de las adversidades repentinas, más no te agotes con pensamientos oscuros, muchos temores nacen de la fatiga y la soledad. Más allá de una sana disciplina, sé benigno contigo mismo. Tú eres una criatura del universo, no menos que los árboles y las estrellas; tú tienes derecho a estar aquí. Y esté claro o no para ti, el universo se está desenvolviendo como debe. Por lo tanto está en paz con Dios, no importa cómo lo concibas a Él y no importa cuales sean tus labores y aspiraciones en la ruidosa confusión de la vida, mantente en paz con tu alma. Con toda su farsa, faena y sueños rotos, aún así, es un mundo hermoso. Ten cuidado. Lucha por ser feliz".

* Periodista y escritora

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