Colaboración

La impunidad del delito

18.08.2020 | 00:15
La impunidad del delito

ES importante empezar distinguiendo conceptos. No se debe confundir legalidad con legitimidad y menos legalidad con democracia. Todos los países, incluidos los menos democráticos, tienen leyes. La legalidad no se sustenta en la democracia per se sino en el poder coercitivo del Estado, en definitiva, en la fuerza de quien está en el poder. La legitimidad la da el pueblo soberano. La democracia es la forma de organización en la que las decisiones colectivas son tomadas por el pueblo. Tres conceptos básicos que deberían ir unidos pero que no suele ser así. No es baladí recordarlo para lo que sigue.

En la Universidad tuve un profesor de Derecho Constitucional muy circunspecto: Doctor en Derecho, Letrado-Asesor del Tribunal Constitucional, Síndico Mayor del Parlamento, eminente jurista y todas esas cosas que suelen adornar los currículos de los "ilustres juristas de reconocida competencia". A juzgar por sus méritos, era el idóneo para versar sobre la materia.

Llegamos un día al art. 56.3 de la CE (Constitución Española), aquel que asegura que el rey es irresponsable y, para más abundamiento, "sus actos deben estar siempre refrendados por el Presidente de Gobierno, del Congreso o del Ministro correspondiente, careciendo el acto de validez sin dicho refrendo". Y también llegamos al art. 64.2 que determina que "de los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden".

¿Qué quiere decir esto? Pues más de lo que parece. Veamos. Según aseguró mi ilustre profesor, esos actos de los que no es responsable el rey se refieren exclusivamente a los ejercidos como consecuencia de sus funciones constitucionales y no de sus actos particulares. La irresponsabilidad se ciñe a los actos de gobierno que por eso los tiene que refrendar y hacerse responsable alguien del mismo gobierno para que tenga validez. De lo que no puede responsabilizarse un ministro es de un delito de otro por muy rey que sea. Lo dice la Ley: la responsabilidad penal es personal e intransferible y toda falta merece un castigo. Parece obvio que la ley no ampare el delito. Llevarse un dinerillo sin pasar por la caja del fisco es delinquir. Nadie lo pondría en duda, pero parece ser que hay una excepción, lo que sería la impunidad del delito.

Llevando este absurdo al límite, podría el rey dedicarse a matar, violar o a atropellar casualmente a alguien con el coche, cargarle el muerto al presidente de gobierno de turno y mandarle a la cárcel por ser el responsable, según reza la CE. Y así hasta el infinito. No sé cómo se ha logrado llegar al consenso general y aceptar que al rey no se le puede no ya juzgar ni siquiera investigar por algo de su estricto ámbito personal. Ahora están abriendo un poco la mano y empiezan a dilucidar si podría hacerse algo a partir de la abdicación. Quizás con la intención de que llegue la prescripción. Puede que sea muy legal si así se les ocurre –porque esto no deja de ser más que una ocurrencia–, pero no es justo. Me parece la mayor aberración jurídica y no digamos democrática.

"Todos somos iguales ante la Ley", decía quien goza de semejantes privilegios. Y la inmunidad y la impunidad le duran y duran y duran de por vida y más allá, por lo visto. Me gustaría oír ahora el parecer de mi ilustre profe. Nada, simplemente por contrastar pareceres. Puede ser que aquel notable me pondría ahora un suspenso. También queda claro que si lo que firma lo tiene que refrendar otro, esta figura tan regia es un figurín y que el puesto es absolutamente prescindible.

No se trata de que nos guste más o menos la monarquía, que también, sino de que a un presunto delincuente no se le pueda juzgar por sus delitos y que, para más escarnio, representa a un Estado, por tanto, nos representa a todos y ahí es donde había que ser especialmente exigente.

Ahora el hijo legatario (no las hijas, que deberían tener los mismos derechos), en un acto para la galería, sin validez legal y hecho de tapadillo en un momento donde el personal está acojonado con el covid-19, toma la decisión de renunciar a la herencia de su testador y campechano padre. Es de manual. Del de Noam Chomsky en su Diez Técnicas de Manipulación: Primera, la distracción; se trata de desviar la atención de lo que hacemos con otro asunto que no nos compete. Cuarta, dirigirse al público como si fueran menores de edad. Quinta, utilizar el aspecto emocional mejor que la reflexión. Sexta, mantener al público en la ignorancia.

Parece que únicamente ha renunciado a esa cuenta que le han pillado en un paraíso fiscal. Una renuncia que la ley no permite realizar en vida del donante. Digo yo que la renuncia debería hacerla por la totalidad de la herencia, como también dice la ley. No se puede renunciar a parte. Esto que me gusta cojo y esto que me pesa dejo. Y en este todo está incluida la Corona porque también es hereditaria. Sería la única manera de intentar regenerar una institución. * Analista

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