QUÉ culpa tengo yo de que el crío le tenga ojeriza a la Ballena. Se la presenté cuando tenía 3 años. Fue alzar su mirada inocente y de la misma le escupió un chorretazo de agua que lo empapó de pies a cabeza. Para que se hagan una idea, le hizo la misma gracia que una ducha fría a un gato dormido. El año pasado, como tratamiento de choque, volví a llevarlo. Se pasó todo el desfile haciendo el bicho bola, detrás de mis piernas. Solo asomó la nariz al terminar, para aplaudir eufórico al equipo de limpieza y su legión de maquinitas verdes, que deberían tener, por méritos propios, un desfile independiente. Qué sincronía de barredoras, qué uniformidad en el color, qué ruido hipnotizante... Estoy por colgar la propuesta en Change.org. Pena que los niños de 0 a 5 años no puedan firmar. Ayer me costó Dios y ayuda arrastrarlo de nuevo hasta la Gran Vía. Tratamiento de choque, ya saben. Que vale. “Pero con paraguas, que yo ya me he duchado esta mañana”, puso sus condiciones. Joé, qué rencor. Esquivó a Baly, flipó con las medusas y los pulpos, pero el aspersor del Txangurro lo pilló desprevenido. Otro a la lista negra.