Protestas en clave electoral
Lo que empezó en Minnesota con manifestaciones en contra de ICE en la ciudad de Mineápolis, se extendió el fin de semana a todo el país
Es difícil saber si las manifestaciones en todo el territorio norteamericano en contra de la policía de inmigración (ICE, Immigration Customs Enforcement) representan para el Partido Demócrata una oportunidad o un riesgo, pero lo cierto es que parece buscar –y cree haber encontrado– un atajo para recuperar la mayoría parlamentaria a finales de este año, en las elecciones parciales de noviembre.
Debería serles fácil: los legisladores republicanos en la cámara baja, es decir, la Cámara de Representantes, tan solo gozan de la mínima mayoría de un escaño, algo que fácilmente debería poderles arrebatar la oposición Demócrata, tanto por tradición electoral como por la conducta errática del presidente Trump.
Habitualmente, en las elecciones parciales que se celebran a mitad de cada ciclo presidencial, el partido que controla la Casa Blanca acostumbra a perder votos de forma que los demócratas, que ahora están en oposición en todas partes (las dos cámaras del Congreso, la presidencia y los gobiernos de los 50 estados federados) deberían ganar el control por lo menos de la cámara baja y, con un poco de suerte, también del Senado.
Pero, de momento al menos, el Partido Demócrata no parece capaz de arremolinarse en torno a un líder con gran atracción popular ni de articular propuestas de gobierno convincentes y se concentra en cuestiones que no han generado anteriormente votos para su partido.
Es un mal que arrastran desde hace cinco años por lo menos, cuando escogieron a Joe Biden como candidato presidencial a pesar de su senilidad evidente y repitieron el error en las elecciones de 2024 al poner como candidata presidencial a la vicepresidente Harris, que padecía de las mismas limitaciones que Joe Biden, excepto la senilidad.
Un ejemplo de la incapacidad de los políticos demócratas en presentar una imagen coherente y atractiva, lo tenemos en su apoyo y fomento de las manifestaciones en contra de ICE. Por muy cierto que sea que ese organismo utiliza en ocasiones una mano demasiado pesada en su empeño de arrestar a inmigrantes ilegales y obligarlos a abandonar el país, las encuestas indican que una mayoría de votantes sigue opuesto a la entrada de trabajadores indocumentados y favorece la expulsión de quienes se encuentran irregularmente en el país.
Lo que empezó en el estado de Minnesota con manifestaciones furibundas en contra de ICE en la ciudad de Mineápolis, se extendió el fin de semana a todo el país. No hay duda de que no se trataba de actos espontáneos, sino que, en esta ocasión –como en la mayoría de las manifestaciones semejantes– las marchas anti-ICE estaban organizadas por grupos contrarios a la Casa Blanca.
No está claro que las marchas vayan a tener el efecto deseado: a diferencia de las protestas de Minnesota, que tenían la ventaja de distraer la atención de las revelaciones de una amplia red de corrupción que había registrado miles de millones de dólares en proyectos sociales inexistentes, las protestas de este pasado fin de semana en diversas ciudades intentaron extender a todos la indignación de algunos grupos.
El esfuerzo puede ser contraproducente porque el deseo de controlar la inmigración ilegal está muy generalizado y porque los manifestantes de este fin de semana expresaban opiniones demasiado progresistas para la mayoría de la población, no solamente para los conservadores, sino para la gran masa de personas dispuestas a cambiar sus inclinaciones políticas.
Donde se sitúa el punto de divergencia en las políticas migratorias es acerca de quienes deberían ser expulsados: entre los millones de indocumentados, la delincuencia es menor que en el promedio del país y hacen además un trabajo necesario pues muchas veces no hay ciudadanos norteamericanos disponibles, o es muy duro, o no está bien remunerado.
En el gobierno de Trump existen personajes totalmente opuestos a la llegada –legal o ilegal– de trabajadores extranjeros pues creen que reducen los salarios y oportunidades laborales de los ciudadanos del país, pero los resultados económicos del primer año de la política de expulsiones son inquietantes: la población ha dejado prácticamente de crecer y el número de trabajadores esta igualmente estancado, cosas ambas que no favorecen la economía de un país industrial.
Trump, que ha leído las encuestas y que se adhiere principalmente al credo de sus conveniencias políticas, empieza ya a hacer declaraciones conciliatorias cuando habla de los inmigrantes que trabajan en el campo o en algunas industrias y no habría de sorprendernos si se desprende de sus colaboradores más extremos en este sentido, o simplemente les dicta una nueva política.
Porque si las acciones de la oposición demócrata son difíciles de explicar, las de Trump parecen tener una motivación muy clara: remontar el difícil momento político del Partido Republicano para mantener las mayorías parlamentarias en sus dos últimos años de presidencia. Así podrá –o intentará– llevar a la práctica sus ideas políticas y, más importante todavía, evitar el encausamiento, el “impeachment” que el Partido Demócrata le tiene preparado. l
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