Gulliver en Liliput

El gigantesco Van Aert derrite cualquier oposición en una etapa repleta de conformismo y prudencia que erige un monumento a la nada a la espera de otro encuentro con la montaña

03.09.2020 | 01:10
Wout van Aert celebra su victoria en la quinta etapa del Tour de Francia. Foto: Afp

Bilbao – De tan sencillo que resultó todo para Wout van Aert, la victoria del belga tuvo ese deje de las carreras de pueblo en las que un exprofesional se mide a los amigos de la infancia, a los que se quedaron con el bollycao y el maillot les desfigura, para ganarse los aplausos y los vítores de los paisanos. Algo así como un Bienvenido Mister Marshall que finaliza con un brindis por el muchacho en la tasca de la plaza del pueblo entre elogios, batallitas y bebidas espirituosas. "Quizás haya sido la etapa más fácil que haya hecho en una carrera ciclista", resumió el belga. Una frase cargada de dinamita y crítica. El Tour no es el Tour, aunque el festejo del belga encolase con el de Roglic en el macrofestival del Jumbo. "El equipo va como un tiro", reflejó el ganador. La victoria de Van Aert ante Cees Bol, al que no le alcanzó ni con el golpe de riñón, la extrema unción del velocista, fue un mero divertimento para el prodigioso belga, capaz de dominar la Strade Bianche, tumbar la Milán-San Remo, doblar a un pelotón del Tour subiendo a más de 30 kilómetros por hora en Ocières-Merlette y una tarde después abrir los brazos para celebrar un triunfo al esprint sin más rival que él mismo. De tan evidente y notorio, Van Aert resulta indescifrable.

El portento belga, un cañón, dispone de un arsenal inagotable. Gigantesco. Van Aert es un ciclista matrioska. Conviven varios arquetipos en sí mismo. Clasicómano, esprinter, contrarrelojista, montañero€ Nada se le resiste a Van Aert, que evidenció su poder en el mano a mano con Bol. "Con Bol estuvo muy apretado, por media rueda", dijo Van Aert como desviando la atención. Para ser belga, es la mejor de las navajas suizas. En Privas, donde salió la etapa que Luis Otaño venció décadas atrás, privó a todos los esprinters de soñar con arrancarle la victoria cuando cortó la circulación de su manillar. El hercúleo belga destrozó a sus rivales con su fuerza descomunal. Es un bisonte en estampida. Una manada al galope. Van Aert es sobrenatural. Más si cabe en días de nada y en vísperas del reencuentro con la montaña, donde se espera algo de ruido.

Suena Gap en el Tour y los ojos, irremediablemente, se cierran en un acto reflejo para no ver a Joseba Beloki retorcido, un amasijo de huesos, ovillado sobre sí mismo en el asfalto. Una curva maldita le esperó en el descenso del Col de Manse. Se oye Gap y los ojos, asombrados, observan ojipláticos a Lance Armstrong sorteando la fatalidad por un descampado que le posa nuevamente en la carretera tras hacer campo a través. La gloria y el drama en una curva. Quiere huir el Tour de ese recuerdo, el del campeón que no reconocerá jamás y el de la imagen del dolor, pero nadie parece querer escaparse del todo en un día en el que ni siquiera se pacta la libertad condicional. En la Provenza se han rapado los campos de lavanda porque es septiembre y no julio. El aroma de un Tour reprimido. Sin esa esencia fresca de los rebeldes y los viajeros a la nada, huele a la naftalina del encierro. Tampoco cantan las cigarras, en retirada de un verano que se va plegando hacia el ocaso. Es tiempo de vendimia. La esperanza está en los viñedos que sangran el Côte du Rhône y los mejores rosados del hexágono, un país al que le entusiasma el vino y el Pastis, el anisado licor de esas tierras. A Pablo Picasso le gustaba ese sabor en el paladar y la charla al atardecer. También al pelotón le entusiasma la cháchara y el parloteo, aunque no imaginen el cubismo.

El costumbrismo de las conversaciones de ascensor, que como mucho llevan al tiempo y al quinto piso, fue el discurso de una etapa sin relieve, ajena a la competición, disputada en el museo de cera. Los jerarcas se cuidan pensando en el futuro, en los Campos Elíseos, y los parias, los que han de vociferar su desesperación largándose sin más motivo, prefirieron no incordiar. No hay quién entienda a los descamisados que encogen los hombros mientras la carrera quema otro día sin llama y se quejan después de las estratificación del ciclismo y de las diferencias de presupuesto entre los pudientes y los que no lo son tanto. El aspecto funcionarial de los que han de reivindicarse asusta. "No recuerdo una etapa sin escapada", reforzó Valverde. Todos los equipos de los favoritos mojaban el dedo y lo elevaban al cielo, pendientes del viento, pero no se movió ni una hoja. No al menos lo suficiente para montar un abanico. Todo era un por si acaso, un y si€ En realidad nadie estaba dispuesto a desordenar la mesa ni alterar el biorritmo de la pachanga.

Yates, nuevo líder Entre lo que podía ser y no fue, el Ineos trató de rajar al resto con un abanico a menos de diez kilómetros. Castroviejo fue el mascarón de proa del giro de timón. Bernal, capitán de la nave británica, también se paseó por cubierta. La tormenta que pretendían apenas fue el chasquido de un aspersor. A medida que crecía la velocidad para montar el mecano del esprint, el Jumbo se personó en cabeza para retar al Ineos. Los favoritos escalaron los peldaños para protegerse de las bajas pasiones. Salvo Alaphilippe, que de tanta nada, se despistó y se quedó sin el amarillo por una sanción de 20 segundos por avituallamiento indebido –cogió un bidón dentro de los últimos 20 kilómetros, algo prohibido...–. Adam Yates es ahora el líder. Colbrelli remolcó a Landa entre el bosque de piernas. No estaría en el peritaje de la velocidad. En el vis a vis, Van Aert ejecutó a Bol en una esprint embrutecido, en el que ni Ewan, ni Bennett, ni Sagan pudieron presionar. Van Aert, pletórico y derrochón, pudo con todos. Gulliver en Liliput.

La actualidad

El mundial se correrá en imola

Entre los próximos días 24 y 27. Los campeonatos del mundo de ciclismo en ruta de este año se disputarán en Imola, en la región italiana de Emilia-Romagna, del 24 al 27 de este mes y solo en la categoría elite, anunció ayer la Unión Ciclista Internacional (UCI). La asignación de esta sede se produce después de la cancelación de los Mundiales que se iban a disputar en Aigle-Martigny (Suiza) por la pandemia de coronavirus. La UCI explica que la mayoría de los ciclistas de elite mundial se encuentran en Europa, a diferencia de los júnior y sub-23, que en la mayoría de los casos tendrían dificultades para desplazarse hasta Italia debido a las restricciones de tráfico aéreo por la pandemia.