Músico

'El Drogas': "Visto ahora, que me echaran de Barricada es la patada en el culo que mejor me ha sentado"

21.09.2020 | 01:13
Enrique Villarreal, 'El Drogas'.

Zinemaldia presentó ayer la película documental sobre Enrique Villarreal 'El Drogas' dirigida por el también navarro Natxo Leuza, que se estrena el viernes 25 y ofrece un repaso a la vida del músico de La Txantrea

Zinemaldia presentó ayer El Drogas, la película documental sobre el exlíder de Barricada que llegará a los cines el viernes 25. Y lo hizo en la sección Zinemira y con aspiraciones a alzarse con el premio Irizar al Cine Vasco. Su director, el navarro Natxo Leuza, ofrece un repaso sincero, honesto, descarnado y nada complaciente sobre la vida artística y personal del veterano músico, que nos adentra en su casa y su familia, con el apoyo de testimonios de músicos como Rosendo, Fito, Christina Rosenvinge, Carlos Tarque, Kutxi Romero o Gorka Urbizu. "Visto ahora, que me echaran de Barricada es la patada que mejor me ha sentado", asegura El Drogas en esta entrevista.



 

Una de las primeras imágenes del documental es usted con su 'socia' en la cama. Se confiesa y deja meter la cámara en casa, con sus hijos y nietos. Es sorprendente, ¿cómo le convencieron?

—No lo sé, no tengo claro por qué le dije que sí a Natxo, pero me alegro por el resultado, ya que todo lo que sale, tanto en mi vida del oficio como en la privada, ya lo he hablado antes en entrevistas. Es como un recopilatorio con imágenes, y muy bien hilado.

¿Hay mucho curro detrás? Es que además de las entrevistas aparece mucho material de archivo.

—Ni idea, no me he metido en ello. La película no es mía, sino el punto de vista de Natxo sobre un personaje que él hilvana con la época que le toca vivir. Yo lo veo desde fuera.

Pero no lo siente ajeno ¿no?

—No, claro, pero no es mío. En ese caso, podría durar cinco días (risas). Natxo tiene el don de entender el lenguaje cinematográfico, como prueban sus cortos y documentales, que hilan muy bien mensaje e imagen. Además, sabe crear situaciones simbólicas y su obra entra muy bien por los ojos y orejas, para llegar al centro.

Él dice que es como "una especie de bajada a los infiernos". No sé si tanto, pero no es nada complaciente con el personaje.

—En una canción digo que mis infiernos son mi propio cielo, que necesito a ambos. Y mis defectos son mis virtudes porque el defecto es una virtud exagerada. Creo que mi visión es la de cualquier persona que haya vivido mi época, no me siento especial. Un ejemplo es la enfermedad del Alhzeimer de mi madre, que afecta a muchos, o lo de probar todas las sustancias en los 80. Era un alto porcentaje de ignorancia, pero no hace que me arrepienta de haber vivido esos años y de esa manera, como pensando que cada noche fuera la última.

El documental ofrece un repaso cronológico de su vida, desde el nacimiento, en 1959, que coincidió con la revolución de Castro, el nacimiento de ETA, la inauguración del Valle de los Caídos...

—No tuve la culpa de nada de lo que hablas, era demasiado pequeño (risas). Nunca me hubiese planteado mi biografía así, ha sido una sorpresa muy grata. Natxo lo usa como excusa del contexto y luego voy coincidiendo, más o menos, a través de las consecuencias de esos hechos. Yo lo comparo con el mote de El Drogas, que lo tengo antes de probar cualquier tipo de sustancias (risas). Y sigo con él aunque lleve más de 10 años sin probar nada, ni siquiera el alcohol, porque sigo con ese activismo a favor de legalización.

Sobre su etapa infantil se habla de usted como un tipo que camina torcido. ¿De ahí esa mirada especial sobre el mundo?

—Es que a los 7 años me pude operar de un problema en un ojo que no tenía el nervio desarrollado. Podía quedarme tuerto y, ante el dilema creado, mi madre optó por que siguiera medio bizco. Y así camino torcido, pero da la impresión de que es por una humildad excesiva. No es tal, sino que para ver la vida equilibrada tengo que ir torcido.

Se relata con emoción su vida juvenil en La Txantrea, el "barrio conflictivo". Se llega a oír que es su patria.

—Patria en contraposición al esperpento de lo que se entiende por ella. Patria es donde uno pisa; voy más allá, es la piel de la gente que me rodea y más quiero. Mi padre me enseñó a ser un apátrida porque venía de la inclusa y no conoció a sus padres biológicos. Su patria era su familia y vivió en el barrio. Allí descubrí que la vida tiene muchos momentos mágicos. En ese sentido La Txantrea es mi patria, mi txoko, donde puedo establecer relación con mi propia intimidad.

Su 'socia' recuerda su estética de "chico malote" por el pelo largo, el apodo€ En realidad, todo el que le conoce defiende que es la imagen de la honestidad y la bondad.

—Como otros tantos. La mayoría de gente del rock es buena gente y lucha por lo que cree. Las pintas las eliges porque te encuentras cómodo. Yo, con 14 años, cuando entré en la Formación Profesional, los pósters eran de bandas de glam rock, gente con pelo largo, psicodelia, trajes y camisas floreadas€ Y nunca me sentí tan guapo como el primer día que me puse una chupa vaquera. La estética cuenta, sin ser lo más importante.

Entre lo esencial estaría la aparición de Motörhead y Sex Pistols.

—Antes de eso yo llevaba tacones de 10 centímetros, gabardina de cuero hasta la rodilla, pantalones de campana€ Pero sí, en 1980, tanto el punk como Motörhead, me llamaron mucho la atención. Pero todo empezó con Leño, me marcó mogollón.

Se advierte mucha ternura en el documental al centrarse en la génesis de Barricada. Hay un cariño especial hacia Boni y su primer batería, Mikel Astrain.

—Es que fue muy importante para mí el concepto de banda. Venía ya con el nombre de la mili, de la que llegué con tuberculosis. Me vi estudiando€ no sé, Económicas, porque tenía que llevar una vida sana, pero me gustaba tocar, llegar de madrugada de concierto y descargar el material en cadeneta€ Era ya una forma de vida aunque no supiera si podría vivir de la música. Decidí cuidarme, pero sin olvidar la historia, y conocí a Boni. Él sumó a su gusto por Rory Gallagher a mis Leño, Pistols y Motörhead, y nos presentamos en el Rastro, al mediodía. Y luego llegó Mikel. Al principio, ni yo ni Boni nos creíamos capaces de cantar. Nos fuimos repartiendo el micrófono (con Sergio Osés en el debut) aunque escuchando a Leño se nos quitaron muchos complejos.

Una época muy salvaje.

—Ya en el tercer disco, en No hay tregua, tuvimos problemas con las cuerdas vocales. Boni se operó, yo no porque estaba cagado (risas). Eran tiempos de ensayos diarios y no se miraba el equipo de voces. La voz iba a saco para que se oyera, ni la controlábamos. Era todo muy visceral.

La película contrapone el éxito del músico ante miles de personas con el hombre que no ve el crecimiento de sus hijos. Se oye que hacía feliz a la gente tocando, pero no en casa. Eso es demoledor.

—Esa parte es jodida. Vendes muchos discos, llenas pabellones y había mucho histerismo a nuestro alrededor, incluido el mayor número de sustancias psicotrópicas de mi vida. Pasaba todo a mucha velocidad y no me sentía cómodo. Y con esa locura llegabas tras tocar ante 30.000 personas a casa, de bajón y resaca. La socia te cogía la cuerda del globo y te ataba al suelo, lo que me venía muy bien. Me costaba poco llevar al crío a ikastola, cambiar pañales, preparar desayunos€ Pero en un mes fuera de casa te perdías muchas cosas, sí.

Y tras el éxito, llegó su expulsión de Barricada, el grupo que había creado.

—Fue durísimo, me encontré en la soledad absoluta y, además, coincidió con el Alzheimer de mi madre. Fue una bola que no podía tragar. Ahí agradecí sentir al lado a la socia, a la familia y a mi grupo de músicos actual: Brigi, Flaco y Txus. Visto ahora, es la patada en el culo que mejor me ha sentado.

Eso sí, Barricada dijo agur con su mejor disco, un álbum especial.

—En los 80 fuimos escalón a escalón, pero en los 90 surgieron otros gustos musicales y costaba sorprender. Sorprendíamos, pero para mal. En el 2000 nos decían que sonábamos muy bien, pero no se sabían nuestras canciones, lo que me sentaba como un puto tiro. Tenía una soga en la garganta hasta La tierra está sorda, fruto de un curro solitario durante cuatro años trabajando en canciones sobre la memoria histórica. Fue sorpresivo, y para bien. La gira fue impresionante, fuimos a institutos con acústicas a cantar a los jóvenes€ Pero llegó el Cristo de la expulsión.

El mal rollo final de Barricada se abre a la luz con la reconciliación con Boni tras años sin hablarse y a raíz de su enfermedad. Sus palabras sobre él conmueven.

—Es que el trío del principio con Boni y Mikel€ éramos como hermanos, estábamos juntos siempre ensayando. Y luego, Mikel y yo íbamos de poteo, y dormía en casa a menudo. De allí le llevamos al hospital con el derrame cerebral que lo mató. Esa conexión fue alucinante y te marca para siempre. No digo que los demás que han ido pasando no sean importantes, pero hay una gran diferencia entre alguien que es y alguien que está.

Resulta vital el rescate de un directo de 'Barrio conflictivo', con usted y el público compartiendo "no nos vamos a dejar". Ilustrativo de su vida, junto a su lucha por la memoria o el feminismo ¿no?

—Sí, porque me siento alumno de la vida. Me gusta observar a la gente y el por qué de las cosas. El paso del tiempo me ha hecho aprender a escuchar más que a hablar y, aunque hablo mucho, me pregunto por qué si tenemos dos orejas y una boca gastamos más tiempo en hablar que en escuchar. Los hombres debemos rebelarnos contra ese machismo implícito en el ADN de las sociedades. Hay que sacar nuestro lado femenino y olvidar que lo importante sea ser el número uno. Tenemos que desaprender. Si me siento feminista es porque ahí estoy en un segundo plano y escuchando a las muchas mujeres que tengo a mi alrededor, que no todas piensan igual.

El documental concluye con una reflexión sobre la vida. Pasados los 60, ¿entiende mejor de qué va esto o sigue torciendo el morro, no solo el cuerpo?

—¡Ufff, cada vez soy más punki de espíritu! Sobre todo cuando se me revuelve el estómago oyendo a tanto y tanta imbécil hablando de feminismo, inmigración, racismo€ Me saca de mis casillas y cada vez guardo menos las formas. Soy partidario de llevar la mano abierta por si hay que dar un tortazo a alguien; y se lo merecen muchos. Esta última semana hemos oído cosas sobre la memoria histórica que parecen de hace medio siglo o más, pero estoy contento porque desde Madrid han llamado a Paco Etxebarria, toda una autoridad en exhumaciones, un científico humanista. ¡La de hostias que se va a llevar!

"Patria en contraposición a lo que se entiende por ella. La Txantrea es mi patria, donde puedo establecer relación con mi propia intimidad"

"!Ufff, cada vez soy más punki de espíritu! Sobre todo cuando oigo a tanto y tanta imbécil hablando de feminismo, inmigración, racismo€"

"Me gusta observar a la gente y el por qué de las cosas. El paso del tiempo me ha hecho aprender a escuchar más que a hablar"