“Nuestros genios están condenados a una cierta resistencia al reconocimiento”
Jesús Jáuregui expone, hasta el 11 de febrero, su muestra ‘Caras vemos’ en la galería Juan Manuel Lumbreras de Bilbao, compuesta por dos óleos y cincuenta grabados
Bilbao - El artista bilbaino Jesús Jáuregui (Bilbao, 1957) cuenta con una larga trayectoria profesional en la que incluso ha trabajo con Nestor Basterretxea y Jorge Oteiza. Ahora expone en la galería de Juan Manuel Lumbreras un trabajo en el que se percibe la influencia ejercida por los 18 años en los que vivió y trabajó en México.
Es la primera vez que expone en la galería de Juan Manuel Lumbreras.
-Me ilusionaba, al ser de Bilbao, poder realizar una presentación de todo este trabajo que me ha llevado bastante tiempo y ha exigido mucho esfuerzo. La primera persona a la que le solicité exponer esta muestra fue a Lumbreras, un galerista al que admiro tremendamente. Es muy buen profesional y tiene una ética extraordinaria. Es una suerte poder exponer en este lugar un trabajo tan desafiante.
Su carrera está marcada por sus años de trabajo en México, ¿qué elementos ha asumido de su cultura?
-Me he formado muchísimo allí, por lo que mi relación con México ha sido intensa y de una andadura bastante larga, ya que además he vivido allí durante 18 años. Ahora vivo en Bilbao, pero mi vinculación con México es muy estrecha. De hecho, a partir de marzo estaré de nuevo allí para hacer una nueva exposición. Sobre todo, he tenido relación con la antropología mexicana y con toda la estética del México antiguo y precolombino, que es muy impactante. Para mí ha sido muy reveladora toda esa iconografía antigua que de alguna manera todavía pervive. No es algo del pasado, son pueblos que tienen una artesanía vital viva que se está regenerando, con lo cual el pueblo se expresa a través de una poética viva. En Europa, en cambio, estamos totalmente desvinculados de nuestra historia estética.
¿Es Europa un escenario tan diferente?
-Hay un arte contemporáneo que no se sabe dónde empieza y dónde acaba. En América Latina, esos lazos para un artista pueden ser una fuente de inspiración viva y muy vital. En Caras vemos hay motivos como el gran muro de las calaveras aztecas, que estéticamente me parece muy profundo. También se encuentra presente la cabeza o el retrato, algo que manejo en la exposición. Esos elementos tienen el interés de revelar y de esconder. Es el juego de cómo se sugiere el rostro para indagar en aspectos psicológicos del ser humano.
También ha influido en sus trabajos la relación de amistad y trabajo que mantuvo con Oteiza y Basterretxea, ¿qué recuerda de ellos?
-De Oteiza recuerdo que era un hombre extraordinario y de gran humanidad. Lo que más me caló fue su gran sabiduría y su potencia espiritual, una potencia volcánica. También su gran seguridad a pesar de las dificultades que se encontró por el camino. Si Oteiza hubiese nacido en EE.UU., lo tendríamos hasta en la sopa, pero normalmente nuestros genios están condenados a una cierta resistencia al reconocimiento, sobre todo si son artistas incómodos. Sin embargo, Oteiza triunfa a pesar de todo y es uno de los grandes artistas del siglo XX. Basterretxea, por su parte, es otro de los grandes, aunque es un artista más equilibrado. Tampoco creo que haya sido suficientemente reconocido, aunque sí lo fue en los últimos años, pero justo antes de morir. Mi estrecha relación con ellos ha sido de gran amistad y de colaboración. Para mí fue una suerte estar con dos grandes del arte contemporáneo vasco.
¿Cómo ve el panorama de arte actual vasco?
-Hay una pulsión importante por parte de las instituciones, pero no entiendo por cuales orientaciones apuestan los aparatos críticos. Es un poco llamativo que siempre sean los mismos quienes estén en los espacios de adquisición y colección. Ahora se apuesta por una serie de autores muy concretos y se repite en exceso esa apuesta. Hay creaciones muy interesantes pero también es un momento de mucha confusión. Están por pasar muchísimas cosas, pero creo que aquí la institución es muy conservadora.
¿Cómo lleva las críticas?
-Hay un aparato crítico que forma parte del mercado. Es decir, más que crítica lo que se está haciendo es formar parte de la obra. Se dan una serie de creaciones que necesitan unos comentarios literarios que de alguna manera completen la pieza. Así el discurso está llamado a completar la obra, lo cual me parece una aberración. La obra tiene que tener un título y que ese título hable por sí mismo. El aparato crítico debería dar un discurso mediador entre la obra y el público, pero la crítica también tiene la estrategia de defender una serie de orientaciones muy bien marcadas para el mercado.
A su nueva exposición la ha llamado ‘Caras vemos’, ¿fue difícil encontrar un título?
-A veces se tienen dudas entre un título y otro. Entiendo que es muy importante, y de hecho no comprendo que una obra no tenga uno. Un Sin título es como ver un poema en blanco. El rotulo apoya, cierra y encabeza lo que sientes. No ponerlo es una oportunidad desperdiciada.
Participó en la construcción de un monumento al pastor vasco en Nevada, ¿cómo fue la experiencia?
-Hace años hicimos un monumento al pastor vasco que se colocó en Reno de la mano de Basterretxea. En aquel momento no había ninguna fundición capaz de hacerlo en el Estado, de manera que, por nuestra amistad y como yo estaba en México, me ocupé de llevarlo a cabo.
¿Cómo se recibe al otro lado del charco el arte vasco?
-Aquí en Europa hay una tendencia a que los escenarios de arte sean muy uniformes y cerrados. En América Latina hay escenarios que son igual que aquí, pero también hay otros más libres y marginales que tienen una posibilidad de existencia que aquí es mucho mas relativa. Aquí si no perteneces al mercado y cuentas con una institución pública o alguien que te bendice, parece que no puedes sobrevivir. Allí sí. Esos países son la gran salvaguarda de la creatividad porque todo está mucho más vivo y el artista es mucho menos burgués.
Aun pensando en el mercado, ¿el artista debe dejarse llevar?
-El arte es una elección de libertad. Estamos asistiendo también a muchísima prostitución, es decir, hay gente que trabaja en proyectos de mucho dinero, y que la primera razón de hacerlo es el dinero y el negocio. Es muy difícil sobrevivir en este momento si no estás favorecido de algo o de alguien y entiendo que la gente haga lo que sea y que no todos tenemos suerte. También es verdad que el mercado de la calle ha perdido mucho en las últimas décadas, y parece que los coleccionistas más comunes han desaparecido para pasar el mercado a las instituciones públicas. Es ahí donde me parece que hay algo que ha fallado en los segmentos mediadores entre artista y público. El público ya no es inversor, no cree en ello y eso ha agravado el mercado del arte. Si dependemos de una institución pública y un museo, estamos perdidos, no hay un mercado real, porque uno trabaja para los demás.