Bilbao recuerda a Don Miguel
Controvertido y crítico, apasionado y a veces excesivo. Hoy se cumplen 150 años del nacimiento del genial ensayista y filósofo Miguel de Unamuno por lo que Bilbao se dispone a homenajear a su ciudadano más universal
EL Casco Viejo de Bilbao conserva entre sus calles el recuerdo de los paseos del niño y joven Miguel de Unamuno. Como él mismo dijo, “gustaba de escribir acerca de la vida cotidiana, de las personas que comen, beben y juegan”, lo que da una visión del Bilbao costumbrista de su infancia, que tan bien describió en su primera novela, Paz en la guerra. El Museo Vasco de Bilbao, en colaboración con Bidebarrieta Kulturgunea, presenta desde hoy una exposición en la que muestra 500 documentos visuales, entre fotografías, postales, libros, periódicos, revistas y documentos reunidos por el filósofo. La muestra nos acerca a un Unamuno familiar, viajero, intelectual, interesado en la arquitectura, en la actualidad, en los reportajes, en sus relaciones personales y profesionales, sin olvidar que también fue un bilbaino universal.
Don Miguel (Bilbao, 1864-Salamanca 1936) nació en el número 16 de la calle Ronda, en el mismo inmueble donde pasó parte de su infancia el compositor Juan Crisóstomo Arriaga, otro bilbaino ilustre. Fue el tercero de los seis hijos de Félix y su sobrina Salomé de Jugo y Unamuno.
Cuando tenía un año, la familia se trasladó al segundo piso del nº 7 de la calle La Cruz. Unamuno lo contaba así: “Nací en lo más lúgubre y sombrío del sombrío Bilbao: en la calle de la Ronda, en aquella calle amasada en humedad y sombras, donde la luz no entra, sino derritiéndose. Luego, lleváronme a la calle de la Cruz, donde he vivido unos veintiséis años, allí cerca del Portal de Zamudio, uno de los hogares de la villa, su Puerta del Sol en algún tiempo, frente a Artecalle y la Tendería, que, como dos túneles, se me abrían a los ojos de continuo”.
La situación económica de la familia fue desahogada hasta la muerte de su padre, en 1870. Éste había emigrado a México y había amasado una pequeña fortuna. La muerte de su padre condenaría a la familia a una vida austera. Miguel quedó a cargo de su abuela, Benita, de quien siempre dijo que recibió el coraje por la vida, y de su madre, de quien heredó su religiosidad. Su casa era un hogar de mujeres, que de una u otra manera influyeron en su comportamiento.
En la calle Correo asistió al colegio San Nicolás; allí estudió durante los primeros años de infancia con sus queridos maestros don Higinio y don Sandalio. A los nueve años, celebró la primera comunión en la parroquia de los Santos Juanes; entre los componentes del grupo de catequesis estaba Concha Lizárraga, que más tarde sería su mujer.
Pero el suceso que dejó más honda huella en su memoria fue el bombardeo de Bilbao, en 1874, según describiría el propio escritor en Paz en la guerra. Acababa de terminar sus estudios en el colegio y estaba a punto de ingresar en el Instituto Vizcaíno, que ocupaba lo que hoy es la Plaza de Miguel de Unamuno. Bilbao estaba sitiado por las tropas carlistas desde hacía meses. Muchos bilbainos prefirieron quedarse en la ciudad; entre ellos estaba su madre. Cuando comenzaron los bombardeos, la familia Unamuno se refugió en la confitería de unos parientes. Así lo escribió él: “Me acuerdo bien del día 21 de febrero, en que empezó el bombardeo. Habíanlo anunciado, pero muchos lo tomaban a broma. Mi hermana mayor y yo estábamos en el mirador de nuestra casa de la calle de la Cruz, esperando a lo que hubiera; y una de las primeras bombas que llegaron a la villa, creo que la primera, cayó dos o tres casas más abajo de la nuestra. Empezó la confusión, el cierre de tiendas, vinieron a buscarnos y nos bajaron a la confitería, donde nos reunimos casi todos los vecinos de la casa. Las mujeres, lloraban algunas, los hombres trataban de animarse animándolas”. Acaba su relato recordando cómo el dos de mayo, subido en un banco del Paseo del Arenal, presenció la entrada de las tropas libertadoras entre “lágrimas y vítores”. Durante su niñez, pasaba los veranos en casa de su abuela “en la anteiglesia de Deusto”, antes de su anexión a la villa en 1924. “Dulces veraneos en aquella casita que me abrieron el alma al sentimiento del campo”, escribió. Así, en la escultura de los jardines de Bidarte, Unamuno mira a sus dos rincones queridos de Bilbao: el Casco Viejo y Deusto.
Bajo el Tilo, en el Arenal, se reunía con su novia, Concha Lizárraga, hasta que ella se marchó a Gernika. Fue el gran y el único amor de su vida. El propio Unamuno lo cuenta en una carta que envió al poeta catalán Maragall: “Nos conocimos de niños casi, en Bilbao; a los doce años volvió ella a su pueblo, Guernica, y allí iba siempre que podía, a pasear con ella a la sombra del viejo roble, del árbol simbólico. Y allí me casé”.
Salamanca A los 16 años, don Miguel decidió trasladarse a Madrid para estudiar Filosofía y Letras. Tras varios intentos fallidos, ganó las oposiciones a la cátedra de Lengua Griega de la Universidad de Salamanca, donde acabaría convirtiéndose en rector. Allí vivió hasta su muerte, con los paréntesis forzados o voluntarios de sus destierros, aunque también regresó en varias ocasiones a su Bilbao natal.
Fue el 26 de agosto de 1901 cuando pronunció su polémico discurso en el Teatro Arriaga, invitado a presidir los primeros Juegos Florales. Allí fue muy crítico con el mundo del euskera. Y, sin embargo, algunos artículos de la época (como Agur, arbola bedeinkatube, aparecido en la revista Euskal-Erria en 1888) muestran que Unamuno guardaba aprecio por la lengua. Pero atacó al euskera con la misma pasión con la que luego defendió a vascos y catalanes en Salamanca ante el general Millán Astray, y con la misma admiración que escribió el cariñoso artículo a la muerte de Sabino Arana, a cuyos seguidores fustigaba. Así era don Miguel, un hombre en continua lucha.
En 1924 Unamuno fue destituido de su puesto de rector de la Universidad de Salamanca por el dictador Primo de Rivera. Fue desterrado a Fuerteventura y, más tarde, acabaría refugiándose en Hendaia. Dedicó esos años a leer, a jugar al mus y al ajedrez, y a escribir ensayos, poemas, artículos e infinidad de cartas, en las que denunciaba las tropelías del régimen y la bajeza de sus dirigentes.
En 1931 regresó a Salamanca y ocupó de nuevo el rectorado de la Universidad, donde continuó su vida de intensa intelectualidad. Durante la celebración del Día de la Raza de 1936, como así se llamaba entonces al 12 de octubre, Unamuno, que había apoyado públicamente la sublevación militar de julio de ese año, criticó con dureza la rebelión de los militares contra el Gobierno legal republicano. Acabó sus palabras contra el alzamiento con la célebre frase de “venceréis pero no convenceréis”. Algunos soldados llegaron a desenfundar sus armas, por lo que la mujer de Franco, Carmen Polo, tuvo que ayudarle a abandonar la sala. Aquel mismo año, Franco destituyó a Unamuno del puesto de rector y sufrió arresto domiciliario. Murió repentinamente en su casa, el 31 de diciembre de 1936.
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